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50 ABC ESPAÑA EN VACACIONES MIÉRCOLES 8- 7- 87 Crónicas del verano pPan y vino andan camino Por las Alpujarras Para entrar en las Alpujarras por su extremo oriental vuelvo a Gádor desde Mojácar, pasando por Sorbas y Tabernas. Los pinos, los pacientes, tenaces y ascéticos pinos, sombrean a trechos la lisa y cómoda carretera. Desde Gádor, sobre el ancho y fértil cauce del Andarax, cuajado de naranjos y limoneros, hay que encaramarse, literalmente, a la montaña, entre vides de cultivo aéreo sostenidas por estacas en una sabia utilización escalonada de las laderas. ALMUERZO EN NERJA Un almuerzo tardío en Nerja tras siete horas y media de enredarnos por los caminos de Las Alpujarras. Quizá hubiera sido más razonable hacer un alto en el camino y buscar reparo para el estómago en alguno de los pueblos de la sierra, pero eso hubiera significado ponerse al volante recién comido y seguir en sartando curvas en medro del sopor digestivo inevitable en quien se ha levantado a las seis y media Be la mañana. Conformarse con un bocadillo y un café con leche no hubiera procurado ningún conocimiento de la gastronomía alpujarreña, que me consta que es materia interesante porque mantiene ciertas fórmulas de herencia árabe dignas de todo respeto. En la duda, el cronista decide dejar para otro viaje el contacto directo con las antiguas recetas moriscas y llega, un tanto desfallecido, al delicioso amparo del Parador de Nerja donde, aunque se trabaje en su renovación y mejora, hay abierta y cálida hospitalidad. Los turistas extranjeros- ingleses sobre todo- se tienden aún en torno a la piscina. Otros habrán bajado- e n ascensor, que es lo agradable- a la playa donde el agua será fresca y estimulante. Nosotros- u n poco avergonzados por llegar tan tarde- nos vamos directamente al comedor. Tienen la buena costumbre en los Paradores de ofrecer al cliente- antes de preguntarle ná como dice un amigo mío- una copa de vino y unas tapitas. Luego, tras coincidir en el ajo blanco -que para eso estamos en tierras de Málaga, donde nació el invento- disentimos en el pescado elegido. Mi acompañante se inclina por el lenguado al champagne que alcanza elogiosos comentarios: Yo prefiero la cazuela de rosada con almejas mezcla sabrosa que hasta el momento desconocía. Este es uno de esos peces poco conocidos por encima de Despeñaperros, como la acedía, o la urta, o la corvina. La rosada tiene una carne firme- detalle que amo- particularmente- y las almejas, eternas benefactoras, humildes y desprendidas criaturas que dan sus jugos vitales lo mismo a un arroz que a unas alubias, cumplen también en este caso su enriquecedora y filantrópica misión. En resumen, que el guiso estaba estupendo. Como entre los postres posibles se anunciaba el tocino de cielo, ya pueden ustedes suponer, si acostumbran a leer estos comentarios, que lo pedí sin vacilación. Resultó muy rico, con gran alegría por mi parte. En. el particular concurso que yo celebro cada año, este tocinillo se clasificó favorablemente con vistas a la gran final. C. L. T. Pasamos los pueblos: Alhama de Almería, Huécija, Ragol, y ese otro de sorprendente nombren Instinción. A mí me gusta imaginar la causa, el origen del bautismo de las poblaciones. En algunos casos puede deducirse de su planteamiento- de sus cultivos, de su adcripción histórica- l a Iglesia, las órdenes militares, el señor feudal- o de la voz romana o árabe como fueron llamados. Pero esto de Instinción me ha dejado absolutamente perplejo. Tras de la vides vienen los olivos. Unos olivos grandes, grises, solemnes. Más tarde, por Laujar de Andarax, hay una especie de altiplano que nos hace olvidar que andamos por las sierras, hasta que vemos en las cumbres unos restos de nieve que resisten aún al sol de este principio de verano. Se nos ha perdido la vegetación y apenas unos almendros desmienten de cuando en cuando la total mineralización del paisaje. En Alcolea recobramos los árboles para volverlos a perder al poco rato. Se ven los pueblecitos a lo lejos, agarrados a las faldas del monte y a uno le gustaría ir poniéndole su nombre a cada uno, con la ayuda del mapa. En Cherin entramos ya en la Alpujarra granadina. En Picena, un poco más allá, se nos advierte de la estrechez y peligrosidad del camino, al tiempo que el paisaje se suaviza con un verde jugoso. No hay ni que decir que hace muchos minutos olvidamos la noción de la línea recta y subimos y bajamos en retorcidas curvas. De pronto, en uno de esos virajes, nos deslumhra como una explosión el espectáculo de un haz de castaños totalmente cubiertos de grandes flores amarillas. Pasan mulos y borricos cargados. La bestia de labor aún está vigente en estos términos. Y las calle de los pueblos son estrechas y empinadas. A veces, queriendo recorrerlas, nos encontramos sin salida, cogidos en una trampa. Salimos marcha atrás, haciendo alardes de vistuosismo. Valor, patria de Aben Humeya- como nos recuerda el cartel- tiene una estampa alegre y ajardinada. ¡Qué aventura la de este pariente de Boabdil, descendiente de los Abderrahmanes, de la estirpe de los Omníades, caballero Veinticuatro de- Granada, Rey de Granada y de Córdoba en la proclamación de los moriscos sublevados! Estos pueblos apacibles que cruzamos ahora vivieron una guerra de terrible crueldad hace cuatrocientos diecinueve años. La intolerancia de ciertos religiosos y gobernantes dieron motivo a la sublevación. No se cumplían, al parecer, los pactos establecidos en la rendición de Granada. Y el descontento, hábilmente explotado, estalla inconteniblemente anticipándose a la fecha del 1 de enero de 1569, acordada secretamente para la rebelión. Las víctimas son, en primer lugar, los sacerdotes y las gentes de Iglesia. Se les asesina con feroz ensañamiento. En Pitres, por ejemplo, atan al Beneficiado Jerónimo de Mesa a una cuerda que pende de una garrucha instalada en la torre. Lo suben siete veces para dejarlo caer de golpe sobre e suelo. La madre muere sobre el cadáver del hijo. Al cura de Alcútar, un lugar cercano a Bérchules, le sacan el ojo derecho con un puñal antes de asesinarlo a cuchilladas. Las familias cristianas sufrían la misma suerte, repetida en casi todos los pueblos de las Alpujarras. Desalojadas por el fuego de la torre en que se refugiaban o creyendo las promesas de paz que se les hacían, caen en manos de la turba morisca que las sacrifica sin piedad. Ni los niños se salvan. Antes se les invita a renegar de la fe de Cristo. Pero nadie lo hace. En Valor, en Juviles, en Yegen, en Yátor, en Pitres, en Mecina- Bombarón, la historia es la misma. En Ugíjár los muertos son doscientos cuarenta. El marqués de Mondéjar combate el alzamiento. Siempre fue hombre tolerante y benévolo. No tanto el marqués de los Vélez que, por iniciativa propia, irrumpe con sus huestes por el lado oriental, tal vez como censura a la moderación de Mondéjar. Felipe II manda a Don Juan de Austria para unificar el mando y deshacer la rivalidad. Los moriscos no dan batalla abierta. Luchan en emboscadas y sorpresas sobre un terreno difícil que conocen muy bien. La guerra se prolonga. Una mujer, una viuda cuyo nombre es Zahara, causa la perdición de Aben Humeya. Diego Alguacil, amante de la mora, se la presenta al caudillo de la insurrección. Este se la apropia. Diego Alguacil, despechado y celoso, trama con Aben- Boo la muerte del mujeriego monarca. Falsifican mensajes que irritan a los aliados turcos y, apoyados en éstos, irrumpen de noche en la residencia de Aben Humeya, en Laújar de Andarax. Lo juzgan, lo. condenan y lo estrangulan con una cuerda de cuyos extremos tiran ambos. Se reparten sus ropas, sus mujeres y su dinero y echan su cadáver en un muladar. Antes de morir, Aben Humeya vuelve a ser Don Fernando de Valor y asegura que muere como cristiano. Don Juan de Austria rescatará más tarde su cuerpo para darle sepultura en Guadix. Aben- Boo tendrá peor final. Vencido y refugiado en la cuevas de Bérchüles encuentra la traición que nunca falta en estos casos. Un hombre de su confianza, Gonzalo el Xeniz- o Senix- pacta con los cristianos su indulto a cambio del cadáver de AbenBoo. Gonzalo y su sobrino lo asesinan a golpes y llenan de sal su cuerpo para que llegue a Granada sin putrefacción. Entran en la ciudad con gran espectáculo, el cadáver enhiesto y entablado debajo de los vestidos de manera que parecía ir vivo Luego lo arrastran y decapitan. La cabeza se expone sobre el arco de la Puerta del Rastro con esta leyenda: Esta es la cabeza del traidor Abenabó. Nadie la quite, so pena de muerte. Cayetano LUCA DE TENA