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18 A B C OPINIÓN MERCÓLES 8- 7- 87 CUALQUIER DÍA DE ESTOS L A furgoneta- Comisaría, genial invento, ha puesto á la Policía cerca del delincuente, allí donde hay más rateros, navajeros, carteristas: en la Puerta del Sol, por ejemplo. A Paquita Ruiz le gusta la unidad móvil, es como un selfservice para denuncias; te roban y ahí mismo tienes una oficina en la que ejercer tu deber de colaborar pon la autoridad. Además, te ahorras ese calvario de puscar la Comisaría, esperar horas y horas a que te hagan caso, ver cómo entran y en seguida salen los delincuentes y oír al policía que se te queja, encima, porque tu denuncia es una birria. Hay cola, cinco mujeres y un viejecito. Una de las mujeres está llorando y otra se mueve, inquieta, con las piernas apretadas una contra Otra. Se oye el tecleo de la máquina de escribir. Paquita Ruiz reconoce a una de las que hacen cola. La saluda. -Pues mira, que me han abierto el bolso ahí mismo, me han sacado la cartera con siete mil pesetas, y lo que más siento es el carné de identidad, el de conducir, las tarjetas de crédito... La de las rodillas apretadas se acerca al vehículo y pregunta si- tienen un lavabo. No, no lo tienen. Vuelve a la cola y dice a la amiga de Paquita: -Y a no puedo aguantar más, voy a un bar, estos señores no se dan cuenta de que en las Comisarías tiene que haber unos servicios, o sea, un tocador, ¿usted me guarda la vez, por favor? Llegan en diez minutos tres víctimas recientes, dos chicas y un hombre. Una de las chicas va de histérica, quiere saltarse la cola y aporrea la furgoneta policial. ¡Más valdría que estuviesen ustedes fuera cazando a esos golfos! ¡Eso, eso! -dice el anciano- ¿Para esto ponen una Comisaría en la calle? La chica sigue aporreando el vehículo. Sale un policía e intenta calmarla. Otro, desde el interior, habla por un walkie- talkie: Llega el coche patrulla, bajan dos policías, hablan con la chica y le dan a elegir: -O te pones en la cola, o te vas a una Comisaría, o te llevamos detenida, tú veras. ¡Pues me voy a una Comisaría! ¡A denunciaros a todos, a los de la furgoneta por flojos Riegan a la cola dos señoras con sus bolsos saqueados) y a vosotros por estar dándome marcha a mí mientras los chorizos les robaban la bolsa a esas dos delante de vuestras narices! -Esto está muy animado- dice Paquita Ruiz a su amiga- pero me estoy asando. Deberían poner otra furgoneta para la cola. Bueno, me voy... ¡Vaya por Dios, me han abierto el bolso mientras hablaba contigo! Paquita Ruiz se pone al final de la cola y a su suegra le vacían el bolso en la esquina de Montera. Llevan tres años sin hablarse y ahora van a coincidir unidas por la desgracia. Dios escribe derecho con los renglones torcidos del ministro del Interior y sus ingeniosos colaboradores. Ángel PALOMINO Planetario DE LA CERVEZA AL SIDA En aquellos tiempos en que mi gran amigo Perico Chicote llevaba siempre. tortillas de patatas y pollitos asados para todos los amigos que íbamos hacia Europa en avión con el Real Madrid, se contó la siguiente historia: Un cura provinciano, ahogado de calar uno de estos días de julio, con el cuello de la sotana desabrochado- entonces los curas aún llevaban sotana- entró, sin saber dónde entraba, en elbár de Chicote, en la Gran Vía. Sin mirar a las garridas mozas que abundaban se fue a la barra: Un vaso de leche muy fría, por favor. No se sirve leche aquí dice un camarerito novato. Pero el gran barman que casualmente está allí, rectifica con su popular sonrisa: ¿Cómo que no? y, tras hacer brillar en al aire la plata de una coctelera sirve al humilde sacerdote un blanquísimo, espumeante, apetitoso ginfizz El sediento provinciano se lo tira al coleto de un trago, se relame los labios. ¡Cono, qué vaca! exclama. El cuentecillo trae a la mente otro, irreverente, de la misma época. El curita al que el médico diagnostica una enfermedad de las llamadas, entonces, secretas y que niega haber tenido oportunidad para contraerla. Como no sea- reflexiona- el día que bebí una cerveza en Chicote... Pues en lo sucesivo- aconseja el médico- cuando tome cerveza utilice un profiláctico. Toda esta agua pasada remonta ahora el curso de los años al leer que los mosquitos, aunque porten el temible virus VIH 2, no lo transmiten con sus picaduras. No hay que echar la culpa a los mosquitos, del mismo modo que es inútil ponerse profilácticos para beber cerveza. La moderna peste, en la que algunos creen ver un castigo bíblico y otros solamente una calamidad más del progreso, E tiene sus caminos para transmitirse. Esos son los que, sin hacer literatura, tiene que conocer y prevenir, aquí, naturalmente, la sanidad española. El ministro del ramo, señor García Vargas, en uno de los ratos qué le deja libres la obsesionante tarea de acabar con los médicos, esos contestatarios, ha dicho que ya hay 508 casos de SIDA registrados en nuestro país. Dada la calidad de la estadística oficial, es de suponer que los no registrados serán muchos más, atribuibles púdicamente á la cerveza o a los mosquitos. Leo que algunos africanos se inyectan sangre de mono para aumentar su actividad sexual y que por ahí, por esa curiosa terapia, es por donde habrá venido al hombre blanco, a cierto tipo de hombre blanco, la mortal amenaza del SIDA. Los científicos, no todos, opinan que es necesaria una gran campaña informativa. Nadie se atreve a decir que hace falta una campaña correctora. Eso sería calificado de opresivo. La salud general no puede ser asegurada a costa del derecho de algunos a beber sangre de mono verde, o practicar otros métodos de actividad sexual antes considerados heterodoxos, por lo menos, y hoy tema de slogan para ciertas manifestaciones de orgullo, qué de cuando en cuando asustan y desorientan al provinciano que pide leche fresca en la barra de Chicote. Podría averiguar García Vargas si la alianza entre él y el señor Ledesma resultaría más eficaz que la sola literatura para ponerle freno a ese mal que desde el lejano mono verde puede llegar a los aliviaderos de las piscinas y a las barras- s i n otros servicios higiénicos- de los chiringuitos. Seguramente carecerá de tiempo para intentarlo. Lorenzo LÓPEZ SANCHO