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GENTE No se lo van a creer en Keeper Richi el bello L O primero que hizo al abrir los ojos fue oprimir la perilla que pendía de su cama metálica. Su resaca era terrible, pero al menos recordaba que era Richi el Bello, el pijo más cachondo y vacilón del barrio de Salamanca. Sus ideas parecían despeñarse por un profundo abismo, y le extrañó sobremanera que no acudiera Matilde, la vieja criada, con su cuerno y su achicoria como todos los días. Richi se incorporó penosamente y se miró al espejo. Apenas pudo reconocerse, su aspecto era mucho más avejentado de lo normal. Procedió a aplicarse la brillantina para adoptar su clásico peinado al estilo de José Antonio Primo de Rivera, y tras ponerse sus impecables pantalones de terlenka y su polo, calzó sus zapatos de Castellanos. Sólo entonces se sintió un poco mejor y reunió las fuerzas necesarias para salir al salón del inmenso piso de la calle Goya semiesquina Serrano. Todo estaba desolado, los ajados cortinones pendían de los elevadísimos techos hechos jirones, y el polvo cubría el vetusto mobiliario. Pero, ¿dónde estaba su padre el coronel? ¿dónde se habría metido su madre? ¿qué habría sido del servicio? Richi comenzó a alarmarse. El viejo reloj de péndulo tocó las doce campanadas del mediodía, lo cual tranquilizó a nuestro desconcertado señorito. Bueno- s e dijo intentando recuperar la sangre fría- es la hora del aperitivo. Papá y mamá habrán marchado sin duda a la finca de los criados. Bajaré a la cervecería el Águila a tomar mi vermú y lo veré todo más claro cuando charle con mis camaradas de las Juventudes Hitlerianas. Después de todo soy Richi el Bello, el más cachondo del barrio Pero una vez en la calle el desconcierto dejó paso a la alarma. ¿Qué significaban aquellos extravagantes automóviles jamás vistos? ¿a qué venían esos atrevidos modelitos que lucían los transeúntes con la mayor desvergüenza? ¿dónde habrían ido a parar sus camaradas de las Juventudes Hitlerianas? Richi miró un ejemplar de ABC y se sintió reconfortado. ¡Por lo menos algo continuaba inalterado! Sólo al fijarse en la fecha del periódico un profundo escalofrío recorrió su espinazo una y otra vez. Tenía que tratarse de una errata; seguramente el tipógrafo había equivocado los números y en lugar de 1958 había puesto ¡1987! Javier BARQUÍN Las listas más votadas E N México les dicen fresas, y en España los llamaron peras. Son críaturas frutales, pilínguis, que gastan gomina, tafilete y Lacoste allí donde las demás, con cabeza, tórax y abdomen, parece que van defendidas. A simple vista, podrían constituir un capricho de la naturaleza, y como tales, todas sus manifestaciones parecen inspiradas en la fatuidad, lo que les abre expectativas sin límites en el mundo de la política. Y sin embargo, por afectación o por refinamiento, uno, por culpa del cine, acaba queriéndolas. Primero fue Joseph L Mankiewicz, al retratar, con el encanto contagioso de las citas de Emmerson, S mundo de George ¿ptey, aquel vecino de Beacon Street- e l Serrano de Boston- que no yeta en el calor una justificación a que la gente fuera en mangas de camisa; después de todo, él era el único bostoniano vivo que había visto un pájaro carpintero de pecho amarillo a finales de noviembre. Luego, entre los nuestros, ¿quién no se acuerda de aquella inmensa Huella de luz con que Rafael Gif iluminó en el balneario de Montoso la miserable vida de un Antonio Casal capa? de arrebatarle a Jacobito- fabuloso ejemplar de macuco madrileño- los reojos de la sin par Isabel dePomés? A ningún aficionado al artículo femenino le resulta fácil ponerse en relaciones con cualquiera de esas criaturas educadas para hacer valer su chic indiscutible, cara a hacer buenas migas únicamente con fallos peras y chicos chanchuyos Son muchachas de fama frágil, amaestradas por una abuela veterana de Deauviile para repeler las agresiones de los piernas rastacueros y los tenorios pelanas. En cuanto a conocimientos, hay que admitir que exhiben una erudición tan vasta sobre los precios de fas tiendas de moda que para sí hubieran querido los artífices de la ley Hipotecaria. En asuntos de política siempre le conceden la razón al novio, pero en las cosas del amor alguna vez han soñado con un tripulante áUNbil Claro que, para probarlo a uno, vienen mejor que el sastre, y además no se empeñan, como las otras, en querer repasarte la ropa cada vez que te descubren un siete en la camisa. Eso sí, un día, ayunas de lo que es vivir y ahitas de lo que lo parece, se fugarán en una moto con el primer ñiño bitongo que las rapte con sus pijadas, y te dejan solo. No se lo van a creer en Keeper, pero los Rodríguez de principios, como Sahagún, acaso se lo consintamos porque, en el fondo, no dejan de ser las listas más votadas. Qué detalle, oyes. Ignacio RUIZ QUINTANO No es Richi el Bello, pero, con ese peinado a lo foca que no disimula el sombrero, el valeroso vaquero Sam Shepard es el genuino representante del espíritu píjo de los aguerridos pioneros. Nuestros fluidos corporales ¿Quemar a los pyos? D ESDE don Gil de las calzas verdes hasta el sublime D Annunzio, pasando por Byron o por Osear Wilde, el dandi ha provocado siempre una ambigua fascinación. El elegante cinismo de su vida, su distancia respecto al pretencioso vértigo ciudadano, esa cierta forma de reír, han hecho de él un modelo odiado a la vez que admirado. En un pasaje de En busca del tiempo perdido se dibuja un personaje cuya actitud muestra el estilo vital del dandi: llueve a cántaros, y un joven, calado hasta los huesos y chorreando ostensiblemente, llama a la puerta de una casa amiga; abre la señora de la mansión y, al ver al joven, pregunta con tonta inquietud: ¿Llueve mucho? el ¡oven, impertérrito, le contesta algo así: Mi querida señora, vivo tan alejado de las contingencias materiales que mis sentidos ni siquiera se molestan en transmitírmelas. Sublime impertinencia del dandi francés. Dandi es, en el fondo, toda actitud posaristocrática, es decir, toda superioridad que ya no está integrada en un marco social. Cuando las sociedades destierran la superioridad, condenándola como un mal moral, los individuos superiores (o que lo quieren ser) suelen refugiarse en el dandismo. Dandis fueron Beardsley, Valle- lnclán, Shaw, Valéry... También actitudes dandis fueron las de D Annunzio y Curzio Malaparte, cuando resolvían sus pleitos personales en amistosos combates de esgrima; dandi fue Mishima hasta que cumplió su supremo desafío, y dandi es el aristocratismo egocéntrico de Gabriel Matzneff. SÁBADO 4- 7- 87 06 A B C