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4 julio- 1987 -ABC ÚíiVciYlO -ÁBC XY: La última palabra Otoñal Prepotente y bigotudo, Noel bajó del Maseratti rojo, lo contorneó arrastrando el pie gotoso, se ajustó el monóculo y abrió la otra portezuela para que se apease Nanette. Noel estaba estupendo, clavadito a como tantas veces le hemos visto en las revistas Chisme ¡Pompa! y Tronío Vestía blusa calada de fantasía, blazer marengo con escudo dorado y pantalones hueso, calzaba mocasines blancos y llevaba al cuello un negligente foulard rojo, que en el bochorno de agosto le hacía pasar un calor de aupa, pero le camuflaba la papada y confería aire de tribuno. Remataba, el conjunto un flamante canotier. Frente a ellos, presidiendo el desolado paseo de la Infanzona, se elevaba la mole del balneario Roxy, antaño lujosa y hogaño decrépita. Pero Noel se proponía hacer refulgir Burgo Aldeorra con su presencia y la de Nanette. La cual le precedía, subiendo la escalinata del Roxy con mórbido contoneo. Ay, mujeres. Noel se deleitaba en recordar la última entrevista a que le sometió Chisme -A mis setenta abriles, me desentiendo de mis negocios y me retiro (esta vez. va en serio) de las carreras de automóviles) Hay que cuidarse, amigos. Ahora me dedico a tomar el sol y ver la tele Eso sí, aún cultivo mis dos filias. ¿Cuáles, cuáles? -b a b e ó el reportero, ávido de secreteo. -Bueno... una, las jovenetes- gutñó Noel, v v- ¿L a otra, la otra? i- ¡L a s maduritas! ¡Qué ocurrente estuvo ahí, sí señor! Chisme tituló el reportaje- q u e quedó muy simpático- así: ¡Está gotoso y atocinado! Pero al inefable matusalén Noel de Huelga aún le pica Un conserje tan vetusto como el Roxy les abrió la puerta del balneario. Aplicado a la gimnasia de las grandes ocasiones, Noel hundió tripón, sacó pecho y exhibió sonrisa de triunfador a la espera de fogonazos de magnesio, de micrófonos, del asedio sobón de los periodistas, que suphcaríañ por algún dato nuevo sobre su vida rutilante. Y vaya si Noel les traía noticias frescas. Para empezar, ahí estaba Nanette, carne de portada. Pero si la que él pensaba calificar de mi nuevo, y esta vez definitivo amor no bastase para considerar noticia bomba sus vacaciones en el Roxy. bueno, siempre le quedaba el enigma del canotier. (Veinte años atrás, en un crepúsculo de Cadaqués, la fugaz visión de Salvador Dalí desafiando la: tramontana tocado con barretina de terciopelo le deslumbró. ¿Dónde radica- p e n s ó entonces N o e l- el carisma que eleva a ese pintor pompier sobre los infelices a los que jamás inmortalizará ¡Pompa! ¿En el bastón? ¿En el bigote? ¿En la capa de piel de tigre y armiño apolilladp? Descartando esas prendas, Noel conjeturó: El truco está en la barretina. Y, émulo, mas no servil plagiario, adquirió un sombrero tirolés rabiosamente verde, del que durante los siguientes cuatro lustros sólo se desprendió, y a regañadientes, para ducharse. Dalí nunca más le pisó una portada. Y ahora, coronado con el canotier que la víspera comprara en El Corte Inglés, el esclerótico cerebro le hervía de excitación imaginando una rueda de Prensa. ¿P o r qué ha trocado su famoso tirolés por ese trasto de paja? -inquirirían los ignaros chicos de la Prensa. -E s un canotier, amigos. Y me alegro de que me hagan esa pregunta, porque el sombrero tiene su anécdota, su intríngulis y su pedigrí. ¡Como que me lo regaló Maurice Chevalier! ¡El chansonnier de París! ¡El bon vivant par excellence! Eramos uña y carne, camisa y culo... Chevalier Por Ignacio VIDAL- FOLCH me descubrió el París secreto y clochardiano, al que sólo la canalla más embrutecida tiene acceso; el París de la taberna abyecta donde los apaches, todo callos en el alma y sangre en los ojos, estrujan el acordeón y beben ajenjo hasta el delirio... y también la ciudad luz, la mundana, la del champagne, las ostras y el caviar en las soirées elegantes de Tour dargent y Maxim s, donde las duquesas y las cocottes bla, bla, bla. Y seguiría perorando, festivo y exaltado, hasta narrar el luctuoso episodio de La Muerte de Mi Amigo Maurice -E n que supe que estiró la pata, ahogué la pena en viuda (Clicquot) e interrumpí mis vacaciones de invierno, que a la sazón disfrutaba en Saint Moritz, acompañado (y muy bien acompañado, disculpa, Nanette) por Brenda von Sturmunddrang, para acudir al funeral en Nótre Dame. No podía faltar: el todo París jamás me lo hubiera perdonado. En fin, Chevalier tuvo el exquisito detalle de legarme su canotier. Todo esto, y otras anécdotas- -ésta hilarante, aquélla conmovedora, estotra picantilla y cuál condenada a levantar ampollas en la memoria de más de un duque- to cuento en las memorias que acabo de escribir y por cuya publicación barajo ofertas de las editoriales más prestigiosas del orbe... ¿El título de esas memorias, don Noel? ¡Confesiones de un vividor! ¡Le cuadra! Noel cayó de un batacazo al planeta Tierra, o sea, al tenebroso vestíbulo del Roxy, desierto como el castillo de Nosferatu a mediodía. ¡Ni un periodista! ¡Ni un mal fotógrafo free lance! Sobreponiéndose al desconcierto, a la desilusión y a un pinchazo de la úlcera, se acercó a recepción. Soy Noel de Huelga, -susurró a conserje- Estoy aquí de riguroso incógnito. -M e parece espléndido- replicó el conserje- Yo soy Perico Ralea y aquí se afora al llegar y a tocateja. Desde que el príncipe ruso se volvió a la tundra dejándonos un cheque sin fondos, ni dios tiene crédito en et Roxy. Un minuto más tarde, Noel y Nanette resollaban por las escaleras hacia el sexto piso, seguidos de un botones pe-