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AgC Pág- 28 TRIBUNA ABIERTA SÁBADO 4- 7- 87 H ACE veinte días que no como. No sé por qué los personajes de mis cuentos tienen que aparecer siempre en circunstancias extremas. Pero tengo hambre. Por ejemplo, si yo fuese un ganadero maloliente me preocuparía por el excedente de leche comunitaria y dónde la meto, o retinaría el pis de las vacas para una casa de bronceadores, pero exactamente me ocurre lo contrario: contra toda previsibilidad y razón estoy en huelga de hambre desde hace veinte días porque quiero, porque me da la gana. Bueno, en el fondo hay una razón para la desazón que me conduce a esta situación, anómala- y o no repito así las agudas en circunstancias normales- el otro día pasaba por el Obradoiro, como siempre, como todos los días, con el viento peinándome la raya al medio, que no me gusta nada, y por querer remediarlo giré bruscamente la cabeza hacia el Nordeste y qué veo: la bandera gallega de Raxoi hecha polvo. Está bien, está bien; aquí hay que rectificar, o al menos aclarar ciertas cuestiones, ciertas cuestiones. Primero, no quiero que parezca que soy un personaje de esos artículos de los que iba yo y... segundo, aunque lo parezca, como en el caso del huelguista de hambre que soy, no quiero que se entienda que me importa mucho la inclusión en un género u otro, cuento a rayas o artículo de iba yo. Ahora estoy con otro asunto. La verdad es que la indigencia genera cierta lucidez, cierta lucidez (aunque los conselleiros hablen de visiones) que no te permite molestarte por cosas vanas; más bien te vuelves heroico y te preocupan las cosas que tienen su sentido, su cara del significado, su plano del contenido. Por eso que, en este momento me marea tanto la imagen de un perrito caliente (es con lo que sueñan todos los que no comen) como el recuerdo que cuento de mi única que me conoce a fondo, la única que sabe cómo soy de sensible, estaba allí más o menos, gravitando y Por Luisa CASTRO pasando calamidades, hermosa bandera negada de azul, ondeando orientada dulcemente hacia la costa, hacia la a duras penas, trapejeando como se puede, casa de mis padres, donde la sardina nos en la cuasi- cuasicúspide del capitel de Raxoi, hace universitarios, hacia allí miraba, pobrecimaltratada por vientos contrarios, luchando ta, pidiendo disculpas. denodadamente, denodada, por aferrarse al Justo ahora que podía cogerle el hilo a la mástil o por echar a volar como los pajaritos historia iba yo y me tropiezo con un dibujo en libres que no son de nadie. Ésto el folio, de esos que hago cuanno es poco: equiparar mis necedo no estoy en huelga de hamsidades de mamífero a mis pebre y no me salen así las cosas. nas patrias no es poco. Suficiente para desconcentrarAsí que llevo veinte días dánme, suficiente para que el débil dole vueltas en la cabeza a todo nudo que me ata ya a este munesto: los vómitos empiezan a ha- do se afloje y me haga rodar a lo cerse notar en público y soy moprofundo, a lo inefable, hacia ese lesto en las reuniones de vecisitio a donde van a parar todos nos. El principal problema de la los huelguistas de hambre cuanvecindad y mi familia es que yo do nadie remedia su mal. Porque coma, y mi principal problema, sólo los huelguistas de hambre ahí está, es cómo voy a seguir se quejan de cosas que nadie adelante con mi relato si ya he entiende, bueno, de las más radicho todo lo que debía de reserras. varme para el climax, preferibleEn solidaridad con mi bandera mente hacia el final de la histome limito a dejar que todo ocurra ria. No vale de nada lamentarse, Luisa Castro sobre mí, como un colchón de querida, decía un poema mío del Poetisa estudiante. Si tuviese vida, si tuInsti. Ahora que tengo hambre y viese vida, que lo dudo, me sinlo veo todo claro, tridimensional, sé más qué dicaría y tal, pero, al borde del averno, ¿qué nunca que sólo vale lamentarse, querida, puedo hacer más que esperar aquí sentada, echar a llorar por las esquinas, vomitarles en contra la pared de ver la tele, a que lleguen los estatutos, hurgar en sus basuras de la los periodistas con sus carteras llenas de cocena para tener argumentos, escribir un monsas innecesarias y mentiras, a que me satón de cuentos con protagonista al borde de quen fotos extremadamente delgada, confunla muerte, artículos de iba yo y el hambre diéndome con la cal, con éstos ojos hundidos que estoy pasando, lo mal que lo pasa mi de Carpanta que no ve un bocadillo desde bandera. hace veinte días, con estos ojos de cráneo Hay que decir que la bandera del Estado de Van Gogh gritando (últimas declaraciones) español, la de las Naciones Unidas y la de que me cubran, que me cubran en el tránsito Compostela ondeaban con espíritu de gimna- final con lo que quede de la bandera, lo que sio. Y la mía, la única que me comprende, la sea, no importa. HAMBRE TEVEN Spielberg, ese genio del cine, ha recogido en un volumen los guiones de una serie de televisión que él realizara, muchos de los cuales debíanse a. su pluma, y Steven Bauer les ha dado con acierto forma literaria, bajo el título de Historias asombrosas de Steven Spielberg (Planeta) El único de estos guiones que el joven director llevó adelante sin ayuda ajena fue Vanesa en el jardín que en el libro conviértese en un relato delicioso, tocado, cómo no, por lo mágico. En él, Byron Sullivan, excelente pintor impresionista, pierde a su musa, su amante y su esposa, Vanesa, en un accidenté. Derrotado, entregado a la bebida, incapaz de superar el trance, Byron advierte, en su casa solitaria, la presencia luminosa de la mujer que ama y cómo, a través de la pintura, logra su proximidad, su compañía. Vuelve, pues, a pintar febrilmente, con Vanesa como motivo- e n un jardín de rosas, bajo un roble, en su estudio, en el lecho... y su anunciada exposición en Nueva York culmina con un gran éxito. Blanca García- Valdecasas, en su primera y espléndida novela, Por donde sale el sol (Pía- s DOS SOMBRAS DE MUJER Por Carlos za Janes) ha erigido como protagonista a un pintor español que, al mismo tiempo, es el narrador de cuanto en ella acaece, y que pierde a su mujer, Violeta, en un accidente. La familia- e l matrimonio y siete hijos- está a punto de viajar a Santiago de Chile cuando esto ocurre, y el trauma de esa muerte no hace cambiar su decisión. Golpeado por lo irreparable, lejos de sus raíces, desambientado, el pintor no se encuentra. Y de pronto, como un estallido, su obra resurge. Los lienzos que van naciendo de sus manos tienen a Violeta como figura obligada: en la playa, en un paisaje de álamos altos, en el marco de una puerta, al fondo de un camino de araucarias... La presencia de Violeta, que sólo él detecta, le devuelve, pleno, a su arte, y su anunciada exposición en Caracas alcanza el reconocimiento más entusiasta. Claro que la historia MURCIANO de S p i e l b e r g no va más allá, en tanto que la de Blanca aún colma otras doscientas páginas. Pero no deja de ser curiosa la coincidencia, que se prolonga en la pareja amiga y confidente de ambos pintores- Teddy y Eva, en el caso del americano; Gerardo y Elsa, en- el del español- cuyas obras experimentan un giro decisivo a partir de la muerte de los seres que la alentaban, y que, desaparecidos, continúan haciéndolo así, fantasmales y fidelísimos. Dos sombras de mujer, pues, con las puntas de esas uves clavadas como dardos en sus nombres- Vanesa, Violeta- cruzan por las páginas de estos dos escritores tan distantes como distintos, tirando del lector delicada, pero firmemente. A veces- e s c r i b e Blanca GarcíaValdecasas al comienzo de su novela- me sucede que no sé distinguir entre las cosas ciertas y las que se mueven en un país de sueños, entre lo que murió y lo que vive todavía. Spielberg podría firmar estas palabras. Quien esto escribe, también.