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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 4 DE JULIO DE 1987 ABC CON ANDRÉS SEGOVIA contar otra historia relativa a Juan Ramón: José María Franco, el músico, director de la Orquesta de Cámara de Madrid, estaba casado con una mujer cuya hermana se enamoró de Juan Ramón. Este no la hizo caso, y la chica, que era muy joven, marchó un día a Torrelodones, donde un tío suyo tenía un chalé, y allí se pegó un tiro. Se trataba de Margo Gil Roesset indico. Y Segovia: Sí, eso es, Margot. No (rectifico) Margo, y era escultora. Esculpió la cabeza de Zenobia que se reprodujo en la primera edición de Canción. El suicidio ocurrió en 1935 y he sido de los pocos que leyeron las cartas de despedida que escribió al matrimonio Jiménez. A Zenobia le decía que trató de quitarle a Juan Ramón, pero que no lo había conseguido. Segovia sigue hablando del poeta y dice que donde quiera que fuese a vivir tenían que acolchar la habitación en que trabajaba. Vacilo en concretar lo que ocurrió, cuándo ocurrió, pero me parece preferible dejar al maestro que siga hablando. Cuenta otra historia que me hace pensar en las que contaba Vázquez Díaz con la misma gracia, al referir lo que no pasa de ser una invención de no sé quién. Un día fuimos a visitarles y Zenobia nos dijo señalando el despacho de su marido: Chiist... Juan Ramón está teniendo un poema. Más tarde hablamos de Jorge Guillen, tan lúcido a sus ochenta y ocho años. La misma edad que yo. Cuando Gonzalo me pregunta quiénes son ios dos poetas españoles de este siglo que considero más importantes y yo le contesto que Juan Ramón y Guillen, Segovia interviene: Sí, pero Guillen dice poco y sugiere mucho, mientras Juan Ramón dice mucho y sugiere poco. (Lo primero es cierto, pero lo segundo me parece que sólo es un modo de dar simetría a la frase. A Unamuno le trató bastante en la temporada del exilio en París: Vivíamos cerca: él en el hotel La Peruosse, rué de La Perousse, y yo en el hotel Balzac (o Barzac; no he oído bien) rué Bergerac. Le invitaba a veces para que no acudiera al café, donde no le respetaban como se merecía. George le. pregunta si Unamuno tenía sensibilidad para la música, y responde sin vacilar: Ninguna. De los escritores que he conocido, el más sensible a la música, el que de verdad la sentía, era Gabriel Miró. Con una variación súbita añade: De Eugenio d Ors me dijo Unamuno: Habla con acento extranjero todos los idiomas, incluso el suyo. De Unamu- io pasa a Ortega y parece que va a decir algo sobre éste y la música, pero se interfiere el recuerdo de lo que le dijo REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA las seis de la tarde (28 de marzo 1981) es la reunión en casa de Ana María y Juan Vázquez en la que encontraremos a Andrés Segovia. George Haley y yo llegamos a las seis y unos minutos, y poco después María Antonia y Gonzalo Puente. Allí están ya María Elena y James Maharg, con Ana María, y muy luego llega Segovia con Juan, que ha ido a buscarle al Hotel Drake. Segovia se ayuda con un bastón fuerte, de contera de goma y puño de plata; camina despacio, pero firme. Se sienta en una butaca, de espaldas al gran ventanal sobre Lake Shore Drive, y los demás le rodeamos. El grupo no es muy numeroso y es posible mantener la conversación unificada y oír bien al maestro. Le noto algo tardo de oído; a veces no capta bien el nombre de alguien. George le ha hecho una pregunta sobre Vicente Espinel y Segovia ha creído que se refería a Vicente Escudero. Su pelo, no abundante ya, es blanco; los ojos claros, la voz segura. Pide una copa de jerez, que no llega a beber por completo, y un vaso de agua del que sorbe un poquito. Las manos son grandes, no ya proporcionadas a su estatura y a su volumen, sino todavía mayores, sólidas, vigorosas. El acento andaluz se le nota muy poco, apenas en alguna ocasional vacilación entre la c y la s. Explica sus planes inmediatos como lo hana un muchacho: un viaje inminente a Carolina del. Norte, su regreso a España, para en seguida volver a Estados Unidos. Esto todavía no lo sabe mi mujer y añade: Yo hago vida sedentaria, a mil kilómetros por hora. Una breve pausa: Vivo en los aviones. Habla de su hijo, de once años, que ahora vendrá a Estados Unidos con su madre, para acompañarle a Carolina: Ha de ser en fechas que coincidan con sus vacaciones, para que no pierda clases. Le pregunto cuándo conoció a Juan Ramón Jiménez y responde que vivieron algún tiempo en la misma pensión, en Madrid. Era la época en que había publicado Laberinto, libro en que incluía un poema dedicado a Georgina Hübner, muchacha peruana con quien mantuvo correspondencia, enamorándose de ella. Le pidió que le enviara un retrato y le contestó diciendo que estaba enferma en un sanatorio y que se lo enviaría cuando saliera y se repusiera. Juan Ramón parecía dispuesto a viajar al Perú, mas le llego un telegrama anunciándole la muerte de la chica. Años más tarde, hallándome sn París almorzando con varios amigos, uno de ellos ex ministro peruano de Asuntos Exteriores, al dejar éste la reunión otro de los presentes me dijo: Este es Georgina Hübner. ¿Don Pepe Gálvez? le digo. Eso es contestó rápidamente. Y pasó a A Bergson en París cuando el filósofo estaba ya muy viejo. Imitando la voz cascada y un tanto vacilante que atribuye a Bergson, repite lo que le dijo de Ortega: No es un filósofo, es un ensayista genial. Mi poeta preferido es Antonio Machado. Lo entiendo mejor, me parece más humano y más profundo. Entre los contemporáneos nadie me conmueve tanto como él. Nunca le conoció: Estuve dieciséis años fuera de España indica a modo de explicación. Tampoco conoció a Manuel Machado. Ahora imita a don Eugenio d Ors, y con el acento de éste refiere un par de anécdotas, que no sé si son genuinas o apócrifas: Estaba dando una conferencia y alguien del público dijo más alto Esto bastó para que Ors, inmediatamente, bajara más la voz. Una breve pausa, y como si lo que acaba de decir le trajera el recuerdo de otro gesto de don Eugenio, añade: Hallándose en Buenos Aires fue a dar una conferencia. Su presentador, llamado Ordóñez, se extendía hablando no sólo del presentado, sino del tema del que éste iba a tratar, y no calló durante casi una hora. Cuando Ors pudo hablar, al fin, se limitó a añadir: Agradezco mucho su intervención al señor Ordóñez que ha dado a ustedes la conferencia que yo habría tenido que darles, así que muchas gracias, y nada tengo que añadir Ors- añade- me dedicó una glosa muy buena. Pero todavía está en racha de conferencias y conferenciantes y, por analogía o metonimia, pasa a tratar de aquel tipo tan hablador que no dejaba que nadie le interrumpiera y que si se detenía para beber agua hacía con la mano gestos enérgicos para que los oyentes esperasen... Y mientras cuenta la historia, acciona y representa la escena adelantando su gran mano y moviéndola imperativa como el tipo hiciera, para imponer silencio a los eventuales competidores. George le pregunta sobre música y músicos. Habla el maestro de los grandes y de los menos grandes. Hay acompañantes a los que les falta así (y marca con los dedos un pequeño espacio en el aire) para ser geniales. Por mucho que se esfuercen no llegarán más allá, porque eso que les falta es el toque que no se aprende. Elogia a Falla y su gran sentido de la música y aludiendo a su capacidad de mejorar observa: Aprendió mucho de Paul Dukas. Vuelve George: ¿Quién le parece el mejor músico español contemporáneo? Responde sin vacilar: Rodrigo. Rodrigo es un gran músico, aunque a veces haga cosas imposibles. El Concierto de Aranjuez, yo le dije, no se puede tocar, y no lo he tocado nunca. Ricardo GULLON