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MIÉRCOLES 1- 7- 87 ESPECTÁCULOS En la muerte de un poeta del piano A B C 85 Las estructuras poéticas Lo conocí junto a mi entrañable amigo Manuel Valls, en los años 1 radiantes de nuestra primera juventud, cuando todo parecía recién estrenado. Entonces, los árboles del barcelonés paseo de Gracia dilataban generosamente las sombras de su paraíso y las muchachas eran en efecto adorables. Al cruzar las calles nos llegaban acidas e inesperadas ráfagas six morgeau en forme de poire de Erik Satie, pero el edificio de la Universidad, en su estilo histórico sombrío nos recordaba, en todo momento, la severidad de nuestros estudios. Manuel Valls los dulcificaba a base de sosegadas conversaciones con el gran amigo de Stravinsky, con el padre Donostia (o padre José Antonio de San Sebastián) a quien iba a visitar por las tardes a su convento de Pompeya, en la Diagonal. Mompou era, para nosotros, la figura consagrada ¡ntemacionalmente, desgajada de los componentes de su generación (Gerhard en Londres, Blancafort retirado provisionalmente de su actividad musical) cuya música había merecido, por parte de Ricardo Viñes, la aseveración de que, pese a su carácter independiente, tenía una acusada inclinación a la soledad y a la misantropía. Xavier Montsalvatge, que era como un hermano mayor para Nani Valls, aportaba otro texto de Viñes para la Revista Musical de Montevideo: Impresionista, brillante, magnífico, creador de paraísos artificiales, recuerda a Debussy, a quien, sin embargo, en nada se parece. Este músico sin embajadores ni plenipotenciarios en escuela artística alguna se yergue en el panorama musical español con exterior adustez e interior cordialidad. El es la escuela y él es su alumno. En verdad, la línea melódica de Mompou aparecía entonces transparente, líquida a veces, alada y pura, con una especial tendencia a los sentimientos y afectos, ya. fueran éstos los que se desprenden de una escena infantil o bucólica del cancionero o de los celajes terrosos y abruptos de un paisaje de un Francesco Guardi o de un Salvatore Rosa. De ahí, de esta posición preferente, fácil era declarar por lo bajo su romanticismo. No sé si nos lo presentó su hermano, el pintor José Mompou, a quien yo conocía por mis críticas en Alerta o Ariel no recuerdo, asistido siempre por su mujer, de una aristocrática y serena belleza. Federico Mompou apareció con aires de un altísimo y delicado pájaro silencioso; era extremadamente tímido, así como cordial, afectuoso y educado. Si no conocía a sus interlocutores, era difícil hacerle hablar. Vivía en un mundo de estructuras poéticas, de cuyos andamiajes era fácil precipitarse y de cuyo peligro sólo le protegía la pianista Carmen Bravo, con quien luego se casaría. Mompou era de una depuración exquisita. Algunas veces decía: Toma un cuadro abstracto. Has llegado ya a un espacio blanco con un punto negro. ¿Qué más? Quitamos el punto negro, después ¿qué? Empezar de nuevo a descubrir la belleza. La obra de Mompou era- -y e s- de signo marcadamente pianístico y solía añadir que aspiraba a una música del corazón para el corazón, y no una música de la cabeza para la cabeza. Es decir, ofrecía una música casera. Juan PERUCHO MOMPOU Diríais- tantos lo han dicho- que tiene algo de pájaro. El perfil, sin duda; quiza la actitud, los gestos; incluso, con frecuencia, el modo de vestirse, que, con una inveterada tendencia a la nocturnidad, recorta esta figura alta y delgada como una sombra chinesca sobre el papel de lija oscuro del cielo de la noche. No habla mucho; o, para ser exactos, habla, más que con las palabras, con unos cuantos gestos mínimos de la mano, con una sonrisa, con una mirada rápida y precisa de soslayo a la vez enormemente concreta y del todo como fuera del mundo. Pero, aún más que con todo esto, habla con las pausas, el silencio, la lejanía atenta y frágil. Habla escuchando y callando. Música callada, ciertamente; y las distinciones y los premios, ahora, no le quitan esta suprema cualidad. Le pertenece el silencio y, bajo la claridad excesivamente cruda y excesivamente poco contrastada de la notoriedad pública- que la obra, como tal, merece, pero que, por su misma esencia, elude y no reclamasabe que debe tener paciencia y volver luego, poco a poco, al silencio. En el silencio se puede oir una nota, después otra; huidizas, diríais que casi no están, pero han creado su ámbito propio, han poblado un tiempo que ya no es nuestro, un tiempo en el cual somos distintos a como eramos. Nada, sin embargo, quebradizo: tan aéreo, tan escurridizo como queráis, pero fuertemente cargado con su rigurosa necesidad interna de existir como sonido, mínimo- diréis- de existencia y máximo de expresividad. Como aquel gesto que hace ahora con la mano, o aquella palabra que dice a medias, sólo a medias: o- más aúncomo aquello que con él, envolviéndolo, Federico Mompou, por Villasenor surge y se desplaza, un aire un poco diferente en la estancia, como cuando, sin que nos demos cuenta, el aire fresco de la noche ha abierto una ventana y toda la habitación, a oscuras, vive con la respiración de la noche. Precisamente así- habían dado ya las doce- sin encender apenas ninguna luz, hace unos cuantos años, nos tocaba una noche las variaciones sobre un tema de Chopin. En la penumbra, ni él era del todo visible, y con frecuencia parecía incierta la frontera entre el puro silencio nocturno, propuesto al oído, y aquellos sones que el piano insertaba en él. Ni los sonidos ni el músico estaban ahí del todo ni dejaban de estar; a punto de no ser, o quizá antes de ser, en la frágil región donde vive la poesía ño cercada por la palabra ni por el concepto. Pere GIMFERRER de la Real Academia Española Nacionalismo musical español Un poeta exquisito e intimista Con la muerte de Federico Mompou perdemos un gran artista, un gran compositor, un músico que todavía vivía el nacionalismo musical español, tratando los temas catalanes con esa sabiduría tan refinada con que supo plasmar la savia popular de la música catalana llevándola a ese pianismo culto y universal que trazó desde su obra de compositor. En el terreno afectivo tuve la inmensa suerte de ser amigo de Federico y de disfrutar de ese sentido entrañable del compañerismo que tenía, de la bondad qué emanaba como persona; conseguía transmitir siempre la sensación de que se le conocía de toda la vida. A sus noventa y cuatro años su espíritu permanecía siempre joven. En cuanto a su música, deja un lenguaje muy personal, muy culto, con un gran sentido de la comunicación. Sus creaciones se interpretan en todo el mundo por lo que tiene de lenguaje comunicativo y afectivo. Su obra está ya por derecho propio en la historia de la música de España y del mundo. Antón GARCÍA ABRIL Mompou era un extraordinario poeta. Toda su música es una poesía intimista, de un refinamiento exquisito y una sensibilidad enorme. Con su muerte perdemos uno de los pocos músicos universales que teníamos en Cataluña. Su genio, que muchas veces se inspiró en canciones y danzas populares catalanas, ha sido reconocido en todo el mundo. Nuestra amistad se remonta a principios de los años cuarenta; una amistad que, a medida que pasaba el tiempo, fue aumentando. María CANALS Fidelidad al intimismo Ha muerto una de las figuras esenciales de la historia de la música catalana y universal. Su obra ha llenado toda una época de esta historia. Siempre admiré en Mompou el rigor con el que trabajaba; su genio personalísimo a pesar de las fuertes influencias que había recibido de la música francesa. Joan BROSSA