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82 A B C ESPECTÁCULOS- En la muerte de un poeta del piano- MIÉRCOLES 1- 7- 87 Evocación de Federico Mompou Hace tiempo, que al escuchar las obras de Federico Mompou, hechas de silencios, pausas, delectaciones sonoras, sutilezas armónicas y climas de ensueño, de un pudor que teme exteriorizar sentimientos muy hondos e íntimos, pensábamos en el hombre, apenas con materia física, la voz puro susurro, la mirada puesta en el refugio seguro de Carmen, su esposa y ángel tutelar, quien mejor supo comprender las confidencias de su Música callada la gran impulsora de los únicos gestos en los que había sido avaro el artista: los de regalarla en sus propias versiones. Recordé cuando el 16 de abril de 1983 cumplió los noventa años, la impresión que me produjo su conocimiento de los inmediatos a la conclusión de nuestra guerra, en su Barcelona, de ia mano de dos entrañables músicos amigos: Eduardo Toldrá y Manuel Blancafort, que le precedieron en el camino hacia esa eternidad que él emprende ahora. Era un hombre de aventajada estatura- escribí- sin asomo de despliegues físicos- u n poco Gandhi por la estampa- de una cabeza escueta y afilada, como de pajarito, voz siempre. recogida, cierto parpadeo que podía ser careta de su timidez, elegancia innata, señorío y distinción circunstanciales. En un concurso celebrado en aquella época de los cuarenta en el Coliseum descubrió a Carmen Bravo, muy joven y excelente pianista que, si no conquistó el premio, sí el interés inmediato de Federico, captado por su calidad artística y su encanto. Había de discurrir aún muy largo plazo hasta que, el 22 de septiembre de 1957, se celebró la boda. Fue a partir de entonces cuando Carmen luchó más, no ya por ser la fiel intérprete de las páginas pianísticas de Mompou- predilectas siempre- sino porque él mismo las recrease, vencida la consustancial timidez. Pasó el tiempo. Mompou se había convertido en el decano de los compositores españoles con no sólo el respeto, sino la estimación encariñada y la admiración, de las más jóvenes y más avanzadas generaciones creadoras, hecho por completo infrecuente. Lejos de concepciones vanguardistas, y revolucionarias, testigo en su larguísimo trecho vital de cómo proliferaban escuelas y nuevas fórmulas técnicas, las suyas, inalterables, pudieron haber sufrido incomprensión y desinterés. Muy al contrario, por su misma autenticidad, por la fuerza de una calidad de entraña que a nadie se le escapaba, Mompou vio reconocida su actitud de artista sincero, inconmovible, por ello, ante efímeras consignas de modos y modas. Pianista exquisito, no fue, porque nunca buscó serlo, el monstruo del teclado, el conquistador, por el alarde virtuosista espectacular, de multitudes. Fue mucho más. El pianista ideal para su obra de compositor, en la que el mejor vence al más; la delectación sonora al exhibicionismo poderoso; el fraseo en la justa medida expresiva al desbordado temperamento. ¡Qué significativos, a este respecto, los textos autógrafos que recoge Clara Janes en su biografía sobre la expresión, la sonoridad, el sentimiento, la pureza, los tiempos, retardos, accelerandos el valor de cada nota, en la interpretación pianística! Para Mompou, hijo de padre español y madre francesa, con buena parte de su formación decisiva adquirida en París- -aunque cabe contabilizar estancias anteriores a la primera guerra y alguna concluida la segunda- es, al cumplir el deseo de retorno en 1920, cuando se cubrirá la etapa más larga en la que se relaciona con el Grupo de los Seis, recoge la impagable herencia de Claudio Debussy, procura la mayor relación posible con Maurice Ravel y merece de un crítico de la talla de Emile Vuillermoz, que acuñó la expresión Debussy español todos los elogios. El se centra, busca y se hace conocer, con la ayuda de Ricardo Viñes, como él catalán, empeñado siempre en servir lo nuevo. Es en el forzoso regreso por causa de la segunda guerra mundial cuando comienzan los reconocimientos en España: premios nacionales, títulos académicos, medallas de oro, encargos, la posterior docencia, desde el nacimiento de la prueba, que se ejerce en Música en Compostela Y es, para muchos, el descubrimiento de un Mompou al que, so pretexto de su casi exclusiva dedicación al piano y la voz humana, tanto como por su peculiar huida de las grandes formas, se minimiza en extremo. Sí, vendrán las Variaciones sobre un tema de Chopin feliz incursión en la orquesta; los tan profundos y hermosos Improperios para coro y orquesta, por impulso de Antonio Iglesias, entonces director de las Semanas de Música Religiosa en Cuenca; el ballet de especial triunfo londinense La casa de los pájaros Pero al Mompou más representativo lo encontraremos en las canciones; en las páginas pianísticas al estilo de las que, en el homenaje que patrocinó la Fundación Banco Exterior en la primavera del 87, mimaron con su grandísima calidad de artistas y su corazón de amigas, Victoria de los Angeles y Alicia de Larrocha; en las deliciosas muestras con las que un mágico atardecer engalanó el inolvidable Gonzalo Soriano e! Patio de los Arrayanes, dentro del Festival de Granada; en las que el propio Federico Mompou recogía la mejor lección pianística para sus encandilados alumnos del curso compostelano. Las referencias sobre el impresionismo francés y el popularismo catalán sé han utilizado mucho al hablar de Mompou. Cierto que su arte es más afín al debussyano y al de Ravel, que a los de ambos Ricardos, Wagner y Strauss, titanes del germanismo, y que la mediterraneidad, el eco ancestral de lo catalán, está muy presente, más por el clima y el perfume que por la utilización textual de lo popular. Pero es un acento personal, sui géneris el dominante. Hecho de Charmes -valga el empleo de uno de sus títulos- estados de encantamiento producidos por un agente mágico en el instante en el que Mompou busca, sin prisas, el trino, el acento, el diseño, la armonía, el plano, el juego sutil de un pedal; sin prisas, con meses, años de sequía, con horas y horas de meditación y duda sobre el hallazgo; sin el menor deseo de crear para la masa, ni aun de inmortalidad- n o se puede rehusar la perdurabilidad, pero buscarla... sin pensar en descriptivismos ni realidades; sí, en cambio, vetarse todo exceso, énfasis, Actitudes permanentes, aplicables a las canciones de arranque: L hora grissa de 1915, sobre textos de Bécquer del 70; el trascendido Dammunt de tu només les flors el Combat del somni de su amigo Janes; a la poética: la encendida melodía galaica Aureana do Sil que me dedicó, honrándome; ese momento de la Canco de la fira en el que el poeta se evade, olvida lo real y ruidoso que le circunda y dirige su mirada al cielo, constelado de estrellas... Actitud paralela en el piano, donde si ya las Impresiones íntimas son representativas, la Música callada es, desde el título al contenido, una confesión de principios. De más directo entronque catalán son las Canciones y danzas los Suburbios Y con esas obras, los Pesebres Cants magies Fetes lontaines Charmes Scénes d enfants Nunca un músico, un hombre, fue mejor reflejado en una obra. Tendremos que refugiar en ella recuerdos y nostalgias, evocaciones y homenajes. Federico Mompou no es figura que los suscite circunstanciales, con tanta fuerza inmediata como limitada vigencia temporal. Ahora, en el adiós, es el momento mejor de afirmar la fe- l a convicción y seguridad- en su irrepetible condición artística, por la que impulsos de estricto sentido justiciero, compatibles con el dolor de la pérdida, le reservan puesto preeminente en la historia de la música española de nuestro siglo. Antonio FERNANDEZ- CID Obra selectaPiano Impresiones íntimas, 1911- 14; Pessebres, 1914- 17; Suburbis, 1916- 17; Scénes D enfants, 1915- 18; Cants magies, 1917- 19; Fétes lointaines, 1920; Charmes, 1920- 21; 3 variations, 1921; Dialogues l- ll, 1923, III- IV, 1941- 4; Cancons i dansas I- IV, 1921- 8, V- XII, 1942- 62; Préludes I- VI, 1927- 30, Vll- X, 1943- 51; Souvenirs de L exposition, 1937; La canción que más amaba, 1944; Canción de cuna, 1951; Variaciones sobre un tema di Chopin, 1938- 57; Paisajes, 1942- 60; Música callada, 1959- 67. Otras piezas Canciones. L hora gris (Blancafor) 1915; Canconeta incerta (Carnér) 1926; 4 méiodies (Mompou) 1926- 8; Le huage (Pomés) 1928; Comptines l- lll (1931) IV- VI, 1943; Llueve sobre el río, Pastoral (J. R. Jiménez) 1945; Combat del Somni (J. Janes) 1942- 8; Canco de la fira (Garcés) 1949; Aureana do sil (Cabanillas) 1951; Cantar del alma (San Juan de la Cruz) 1961; Sant Marti (Ribot) 1962; Primeros pasos (C. Janes) 1964. Para coro. Improperios, 1963; Cantar del alma (San Juan de la Cruz) 1962- 6. Para guitarra. Suite compostelana, 1962.