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50 ABC ESPAÑA EN VACACIONES MIÉRCOLES 1- 7- 87 Crónicas del verano pPan y vino andan camino EMPEZAMOS BIEN El cronista se detiene para su primer almuerzo de este viaje en una venta o mesón de carretera. Dicen que debe uno buscar en estos casos aquellos establecimientos ante los cuales hay muchos camiones detenidos. Este de hoy cumplía el requisito y el ancho comedor estaba casi lleno de conductores y de gentes del campo, identificares por las gorras que mantenían sobre sus cabezas. Hemos pedido queso frito para empezar, que es una deliciosa especialidad manchega, especialmente recomendable. Mi acompañante- ¡cómo no! -se ha dedicado a las chuletillas de cordero mientras el que suscribe elegía un revuelto de la casa sabrosa mezcla que incluía gambas, espárragos y considerables trocitos de jamón. El lugar se llama Lorenzo. El precio era razonable, y el servicio, correcto. Nos llevamos una buena impresión. A la noche, en el bien cuidado Parador de Albacete, repleto de turistas, renunciamos al abundante y variado self service para pedir una sopitá de cebolla y un pescado: merluza en salsa verde. No me extraña la bondad de la sopa. Lo que me sorprende favorable: mente es la frescura del pescado en estas latitudes. No acaba uno de meterse en la cabeza que el transporte actual puede situar en cualquier rincón de la Península un pescado en buena condición. Cuando se piensa en el que se acarreaba a lomos de caballería a través de montañas en él siglo pasado, se llega a la conclusión de que ni los Reyes ni los grandes señores de aquel tiempo disfrutaban de las delicias del Cantábrico o el Atlántico como el más modesto de los hombres de hoy. Se termina la cena con unas excelentes tartas caseras. El desayuno nos reserva un inesperado placer: churros. Churros ligeros, crujientes, sabrosos. Con lamentable frecuencia la masa de esta adorable, celestial fritura, no adquiere el deseado punto de levedad, la finura aérea que debe exigírsele. De ahí la fama de manjar indigesto que algunos atribuyen al churro, calentito tejeringo tallo porra o cohombro Pero de un churro bien elaborado puede uno consumir, como dice un amigo mío, un par de metros lineales en el desayuno sin que se alteren mínimamente las más sensibles visceras digestivas. Paso por alto otras excelencias de este desayuno: los huevos fritos, por ejemplo, sobre rodajas de tierno pan que absorben el exceso de aceite. O los bollos, tortitas y pastas típicas de la zona. ¿Puede algo superar al maravilloso churro, que soporta con alegría ser espolvoreado de azúcar? Yo salía muy satisfecho del Parador de Albacete por su limpieza, su comodidad y el agrado con que se recibe al viajero. El detalle de los churros colma de gratitud mi corazón. C. L. T. Donde nace un río Los redactores de ABC se despliegan durante el verano por todo el litoral español para que ustedes, los lectores, estén bien informados. Julio, agosto y parte de septiembre son activos elementos descentralizadores, meses autonómicos y federalistas que borran el inevitable y tradicional protagonismo de Madrid. La noticia se desplaza a la periferia. Es el descanso del político, o el festival de música o la presencia del gran magnate del petróleo árabe. Este cronista recorre, en cambio, los caminos interiores, las sierras donde se refugia un turismo más- sosegado, los rincones que no están de moda desde que nos decidimos a practicar el culto del Sol y la carne tostada. Es curioso comprobar cómo ha cambiado en este asunto la mentalidad de la gente. No hace ni medio siglo que las familias que podían permitirse el lujo de veranear- que no eran muchas- elegían las playas del Norte y hacían de San Sebastián y de Santander verdaderos símbolos de veraneo civilizado y elegante. El Mediterráneo y el Sur, con su implacable, casi despiadada luminosidad, no estaban a la page como se decía entonces. Y no era de buen tono estar demasiado moreno. Se obedecía, sin saberlo, aquella consigna de siglos anteriores que cifraba en la blancura de la piel femenina e! máximo grado de la belleza. Un rostro tostado descalificaba socialmente a su poseedora, relegándola al mundo de las labores campesinas. La aristocrática palidez se buscaba hasta por peligrosos medios antinaturales, como la ingestión de vinagre. Hoy nos alegra el corazón la gente morena y los rostros pálidos nos parecen faltos de salud. Y los veraneantes caen en masa sobre las playas que garantizan el tueste integral. Es posible que esta revolución estética la hayan determinado los turistas más o menos nórdicos, siempre hambrientos de sol, cuando pudieron situarse a poco precio en nuestro más ardiente litoral. Las mujeres, sobre todo. Porque para las rubias suecas, danesas o alemanas, regresar a sus países convertidas en otras mujeres diferentes, en latinas y apasionadas hembras de oscura piel, tiene que ser una aventura deslumbrante. En fin, entre los extranjeros y los indígenas hemos transformado en poco tierrípo grandes zonas costeras, antes casi ignoradas. Las sierras son aún lugares tranquilos. Como esta de Alcaraz que ahora recorremos despacio, moderando la velocidad para disfrutar mejor del espectáculo. Queríamos sorprenderla en las primeras horas de la mañana, y hemos dormido en ese cortijo labriego que es el parador de Albacete, fresca y confortable posada de luminosas galerías, de ancho patio florido donde canta la fuente de piedra. Nosotros nos echamos al camino muy temprano. La carretera local que lleva a Pozohondo tiene una doble escolta de pinos que le da superior categoría. Las tierras que cruzamos se ondulan sin violencia. El trigo amarillea de cuando en cuando las lomas y la cebada las encanece, lírica, delicada, femenina. El ruido del motor no consigue borrar las voces de los pájaros. En Ayna se quiebra el paisaje. Es como una frontera entre el ocre y el verde, entre lo seco y io jugoso. El río Mundo riega los huertos que vemos desde arriba, desde el mirador asomado al profundo corte vertical. Buscamos el nacimiento de este agua cerca de Riopar, en un rincón serrano de apretada arboleda y altas peñas grises. Antes de ver el agua se la oye cantar. Cae desde la altura del manadero en dos chorroV- próximos e iguales, fundidos después en cascadas y torrentes de rápido descenso. Hay grupos. de excursionistas, familias con cestos y neveras portátiles, niños que trepan gritando los senderos que suben hasta el agua. recién nacida. E) lugar es verdaderamente muy bonito y los árboles llegan a ser majestuosos. En el camino que nos trajo hasta aquí hay desniveles considerables, curvas y curvas entre pinos y amplios panoramas de sierras bravias. De pronto, los pinos se mudan en almendros o en grandes, frondosos, plateados olivos. Otras veces la transformación es aún más violenta y entramos en unas tierras estériles, duras, casi minerales, pobladas apenas de ásperos matojos. En Riopar nos asombró una doble hilera de gigantescos plátanos. Un poco más allá los chopos levantaban su ele- gancia indescriptible. Peralejo, Crucetillas y El Barrancazo se llaman los tres puertos que nos han traído hasta Alcaraz. En su plaza mayor, tras la fachada gótica de la Trinidad, la Virgen de Cortes, siempre viajera entre la villa y el retiro de su santuario. Alcaraz tiene un aire noble y sosegado y hermosos caserones antiguos. Las torres del Tardón y de la Trinidad le ponen airoso remate. Bajamos a Montiel por un paisaje que perdió dramatismo, y donde el olivar empieza a apoderarse de las tierras. En ese castillo dio un gran vuelco la Historia de España. Pedro 1, El Cruel sitiado tras sus muros, cae en la trampa que le tiende su medio hermano. En una pelea sucia, a golpe de puñal, gana la Corona una nueva dinastía. Pedro encuentra la muerte que siempre anduvo buscando. Aquí, en Montiel, a los treinta y cinco años, se cierra el capítulo más tormentoso, violento y demencial de nuestro pasado. Detrás de todos los crímenes, de toda la sangre de una guerra civil sin piedad, la sombra de doña María de Padilla, muy fermosa e de buen entendimiento e pequeña de cuerpo De Villanueva de los Infantes decía Víctor de la Serna que era la Santillana. del Mar de la Mancha. Como en la villa cántabra, escudos de nobleza enriquecen los muros ilustres. Conventos, iglesias, palacios, arcos solemnes, ampulosos balcones, enrejadas ventanas. Como no da tiempo a verlo todo, lo mejor es perderse sin rumbo, empaparse en la armósfera del conjunto sin intentar ponerle nombres a las cosas. Esta visión global se queda en el recuerdo para siempre. El cronista no podrá decir cómo se llama aquel templo o aquel gran caserón renacentista. Pero guardará una estampa imborrable de su paso. Cayetano LUCA DE TENA