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18 ABC OPINIÓN MIÉRCOLES 24- 6- 87 Panorama TRATA HOMENAJE 7 A UN TAL A LECCIÓN DE JOSÉ ALTABELLA E L pasado día 4 asistimos a la última lección del curso de Historia del Periodismo, en la Facultad de Ciencias de la Información, que dictó el profesor Altabella, catedrático de dicha asignatura. El acto fue precedido de una convocatoria especial del decano, don Ángel Benito, invitando a acompañar al ilustre maestro en su última lección como catedrático de la Universidad, a la vista de su inminente jubilación. No hablaremos hoy de esa desatinada disposición legal que envía a casa a los profesores universitarios en los años más granados de su carrera investigadora y docente. Ya se ha dicho cuanto había que decir al respecto. Ahora corresponde a las autoridades del Gobierno responder a la protesta general e indignada que ha provocado el anticipo de la jubilación de los profesores universitarios. Si no hubiera respuesta adecuada al asunto habría de ser considerado nuevamente por la sociedad y, muy en particular, por los propios alumnos, que son los directarriente afectados por el insensato empobrecimiento de. la Universidad española que ha producido la referida medida. En el salón de actos de la Facultad se hallaban numerosos profesores de los claustros universitarios madrileños, importantes personajes del periodismo y alumnos de la Facultad. El profesor Altabella, con voz reposada y emoción contenida, pronunció su anunciada lección sobre el Entorno histórico de la formación profesional del periodista La lección fue breve y explicada con el rigor del historiador y el interés humano que denotaba su condición de periodista de raza. Una bella lección en la que latía la pasión enamorada del maestro por la historia del periodismo y la satisfacción de haber contribuido con su talento e insobornable vocación universitaria a convertir en cátedra de la Facultad de Ciencias de la Información el tema que ha ocupado su vida. La Universidad perderá otra gran cabeza, si sus rectores no lo remedian. Pero este gran periodista que es el catedrático don José Altabella, continuará, jubilado o no de la cátedra, con sus gustosas aficiones de siempre, de las que brotan biografías de periódicos, semblanzas de periodistas y empresarios olvidados, apostillas y correcciones a saberes mat establecidos, tareas en las que se crece su afán de establecer las relaciones de los fenómenos modernos periodísticos con sus antecedentes perdidos entre el polvo y la incuria de los archivos. A este profesor de entusiasmos no hay quien le jubile. Lo dijo bien claro el admirado Altabella, recordando a Guido Da Verona, al terminar su lección, bien afirmada su noble cabeza sobre el robusto tronco arrellanado en el asiento del estrado, esa espléndida cabeza de tribuno que cogió la cola de la bohemia literaria, y que es ya la de un clásico de las tertulias y las viejas redacciones de los periódicos de Madrid: La vida empieza mañana. Pedro CRESPO DE LARA POLICÍAS Y LADRONES E N Berlín, hace ya casi medio siglo- ¡qué barbaridad, cómo pasa el tiempo! -vi cómo una patrulla alemana, sorprendida por la súbita fuga de un españolito de la División Azul al que llevaba arrestado por faltas de uniformidad, se paraba sin que sonara el ¡halt! preceptivo, redoble de tambor cesante, y estallaba en una carcajada unánime y plenamente teutona. Era tan inusual, tan imprevisible el caso, que aquellos soldados alemanes sólo podían verle el aspecto cómico, hilarante. Hoy, aquí, lo usual, lo normal, lo cotidiano, es que, no el soldadito descuidado, sino el delincuente placeado, se tome e piro como sea, en la primera esquina que le parezca favorable. Los policías que lo escoltan no pueden tomarse la fuga a risa. Pero ¡ay de ellos si al perseguir al fugitivo se les dispara la pistola! Un juez reconstruía el lunes el trance en que el disparo de un policía mató a un preso que se escapaba. También ese día, otro policía manifestaba que al perseguir a Otro delincuente, se cayó, la pistola que esgrimía se disparó y el respetable fugitivo resultó herido en una pierna. En Albacete, el otro día, un forajido quinceañero, cien veces detenido y otras tantas liberado porque le faltan meses para cumplir la edad penal, violaba con ¡nconcebilbe brutalidad a una niña de nueve años y, poco después, se jactaba de su hazaña, que prometía repetir, ante atónitos agentes de la autoridad. Hace algún tiempo, no mucho, me vi amenazadoramente encañonado al salir de una casa de Carbonero y Sol El policía, desgreñado, descamisado, no me amenazaba a mí, sino a un joven atracador al que en desenfrenado galope venía persiguiendo desde la vecina plaza de la República Argentina. Si se le hubiera disparado el arma y le hubiera dado, ya que no a mí, al delincuente fugitivo, ¿qué habría sido de ese inspector de Policía? Hoy se la juegan mucho más los guardias y los polis que los atracadores, que los sirleros que los espadistas que los tironeros y los violadores. Todos estos seres, por el hecho de estar fichados y haber sido muchas veces detenidos, son sagrados. La bofia no. La bofia casi, casi carece del derecho de presunción de inocencia. Si saca el arma reglamentaria, se la juega. Si no, también. Parece que la partida concede, aquí, desde hace algún tiempo, muchas más ventajas al criminal que al agente de la Ley. El otro día los jueces absolvían en Nueva York al joven que la emprendió a tiros en el Metro con cuatro negros que, amenazadoramente, le pedían cinco dólares. De haber sido guardia y haber hecho algo parecido en el Metro de Madrid, un agente del Cuerpo que fuera, ni la Santísima Caridad le sacaba del aprieto. En la muy norteamericana serie televisiva de la Balada triste dé Hill Street veíamos a los agentes de Policía liarse a tiros con peligrosos maleantes; pactar con jefes de bandas de la peculiar movida urbana, soportar habilidades leguleyas de protectores del delito. Un panorama complejo muy distinto del actual cara y cruz de aquí en el que la cara es la de los delincuentes y la cruz la de los polis ¿Cuál es el punto medio? Como andamos siempre a la zaga, resulta que el crimen pasado de moda en otros meridianos, hasta la abrumadora Patricia Higshmith dedica en su novela El hechizo de Elsie doscientas páginas a malas costumbres y sólo diez al inevitable asesinato, está de moda en el nuestro. Si Ledesma no se va... Lorenzo LÓPEZ SANCHO