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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 24 DE JUNIO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA L libro se titulaba ABC memorioso, trabajador y dueño de tal cantidad de conocimientos que no se concibe cómo una inteligencia humana puede abarcar tanto se ocupaba del patriotismo y del catolicismo del sabio. Bajo el epígrafe Patriotismo se lee que el inmenso tesoro de saberes de Menéndez Pelayo fue puesto por él al servicio de España, para defenderla de los ataques de las naciones extranjeras: El construyó, para siempre, la historia espiritual de nuestro pueblo. A propósito de La ciencia española y su catálogo formidable de científicos se decía: Este espíritu tradicional es el único que puede servir de base a nuestra regeneración. La frase aparecía en cursiva de didáctico realce. Seguidamente, bajo el título La unidad católica escribía el tratadista: Para Menéndez Pelayo, la grandeza de España radica, políticamente, en la unidad, y espiritualmente en el catolicismo. Cuando nuestra Patria se aparta de estos dos fundamentos sobreviene la decadencia. He aquí sus palabras magníficas: España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio... esa es nuestra grandeza y nuestra unidad: no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectones, o de los Reyes de Taifas. Así se expresa Menéndez Pelayo precisamente al terminar su gran obra Historia de los heterodoxos españoles, en la que estudia a los disidentes de la gran unidad católica. ¡Notable modo de inspirar a un adolescente (en 1943 o en 1953) el respeto y el entusiasmo debidos a un gran historiador! Es verdad que por ese tiempo la dictadura de Franco disfrutaba de su más rigurosa vigencia. También es cierto que entre los manualistas de literatura de entonces, Guillermo Díaz- Plaja era uno de los más cultivados y de los menos rendidos a un servil triunfalismo. Sin embargo, leyendo aquellos párrafos, ¿qué imagen de Menéndez Pelayo podíamos alcanzar Tos bachilleres de aquellas calendas sino la de un inquisidor empedernido? Al testimonio alegado sería muy fácil añadir otros. Las obras completas de Menéndez Pelayo, en edición nacional inundaban librerías privadas y bibliotecas públicas. Instituciones o sectores institucionales ostentaban el nombre del ciclópeo humanista. La gigantesca erudición de éste funcionaba como dechado de nuevas falanges de eruditos. No se aducía su nombre sin rodearlo de superlativos. Si, por ejemplo, en 1941 y 1943 se editaban unos textos escogidos de Clarín, era arrimándolos a su correspondencia epistolar con don Marcelino (venerado condiscípulo de aquel crítico menos apostólico) para comparar la obra positiva de Leopoldo Alas con la ingente y gloriosa de Menéndez Pelayo a quien se enaltecía como la figura más gloriosa y representativa de la nueva España Escritores de renombre dedicaban al inconmensurable cántabro artículos, ensayos, libros, homenajes directos e indirectos. Y todo cansa, todo fatiga. Ninguna persona culta dejará de reconocer lo mucho que hizo Menéndez Pelayo con diligencia incesante por ilustrar la historia de España en la vertiente REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID comprendía dos breves tornos: el primero, Síntesis de la literatura universal el segundo, Síntesis de la literatura española publicados por Ediciones La Espiga, Barcelona, 1943. Eran obra de Guillermo Díaz- Plaja, catedrático numerario def Instituto Jaime Balmes y ya entonces fecundo crítico y ensayista. Algunos de los que estudiábamos el Bachillerato por los años cuarenta conservamos todavía un recuerdo más bien agradable de aquel manual. Así, al frente de su noble novela última (El testimonio de Yarfoz, 1986) Rafael Sánchez Ferlosio ha declarado que cuando leyó en el texto de Díaz- Plaja una frase acerca de don Juan Manuel, según la cual este escritor tenía el rostro pálido, gastado del estudio, mas no roto y recosido de encuentros de lanza comprendió cuál era su verdadera vocación. (La frase, por cierto, no se refería a don Juan Manuel, sino a Juan de Mena, y Díaz- Plaja la tomaba de Menéndez Pelayo, quien la había exhumado de un contemporáneo de Mena. Otro novelista español, José María Vaz de Soto, que, diez o doce años más joven que el autor de El Jarama, cursaría el Bachillerato por los años cincuenta, habría de recordar en sus Diálogos de la vida y la muerte- novelas dialogadas entre Sabas Llórente y Fabián Azúa- el efecto de bienhechor alivio que en estos futuros interlocutores causó la lectura colegial del mencionado texto. Fabián, doble fictivo del novelista, se evadía del inhóspito ambiente de las aulas releyendo absorto estas palabras: Con Tolstoy comparte la gloria literaria Fedor Dostoievski, artista genial que proyecta en su obra el dolor, la pobreza y la desventura de su vida. Sus figuras, sus ambientes están dotados de un trágico desequilibrio. También en quien suscribe esta nota, miembro de la misma promoción de Rafael Sánchez Ferlosio, perdura el recuerdo de aquel libro de texto, y el recuerdo ha cobrado presencia al leer en el ABC del 20 de mayo el artículo ¡Silencio! de Julio Caro Baraja, y dos editoriales (del 20 y del 22 del mismo mes) relativos a la débil respuesta de los españoles ante el LXXV aniversario de la muerte de don Marcelino Menéndez Pelayo. La lectura de tales artículos, por caso de cerebración inconsciente, me ha llevado al manual de Díaz- Plaja, que en Madrid conservo entre otros viejos libros. Al frente de cada uno de los dos tomitos el muchacho que uno era en 1943 puso su nombre y sus dos apellidos encima de una floreada rúbrica que apenas logro ahora reconocer como propia. He repasado lo que Díaz- Plaja decía sobre algunas épocas y ciertos autores en el sucinto espacio de su manual. Llevado de aficiones de entonces y de hoy, he vuelto a leer, por ejemplo, las nueve líneas acerca de Leopoldo Alas, según las cuales La Regenta era obra de ataque y sátira contra los vicios de la sociedad provinciana mientras sus cuentos tienen un contenido más idealista y sentimental; recuérdese ¡Adiós, Cordera! He releído igualmente las cinco páginas sobre Galdos, con aquello de que su estilo era pobre e inhábil y, con especial atención, el capítulo titulado Menéndez Pelayo Dentro de él, tres páginas iban consagradas al polígrafo; página y media a Ángel Ganivet y Joaquín Costa. La mitad del capítulo sobre Menéndez Pelayo (a quien se presenta como un hombre Curso general de literatura, y MENÉNDEZ PELAYO, EN UN LIBRO DE TEXTO de las ideas (religiosas, filosóficas, científicas, estéticas) y en la vertiente literaria (el humanismo, la tradición horaciana, la poesía desde sus comienzos hasta Boscán, los orígenes de la novela, el teatro de Lope y Calderón y aun las letras hispanas del siglo XIX) Gustará más o menos el estilo expositivo de Menéndez Pelayo, entonado y brioso, nunca gárrulo aunque propenso a la dilatación y escaso de matices y complejidades: más elocuente- que sutil. Pero todos sus escritos, en especial los templados y armoniosos de su edad madura, solicitan asidua consulta y merecen profunda admiración. Así como resulta vergonzoso que haya quienes deseen borrar el nombre y la memoria de Menéndez Pelayo, e incalificables los actos de desquite a que se aludía en las páginas de mayo de este diario, otros puntos admiten explicación. Si se llega a abusar de una personalidad o de una obra con fines de propaganda exaltada, algún intervalo de curativo descanso nunca será perjudicial. ¿Y es tan de lamentar cierto silencio alrededor de un escritor incensado en tiempos todavía no muy remotos? ¿Se ha conmemorado el LXXV aniversario de la muerte de Ganivet, de Alas, de Valera, de Pereda, de Costa? ¿Se conmemorará en fechas próximas el de Francisco Giner, el de Rubén Darío, el de Benito Pérez Galdós? A los grandes hombres se les debe la perpetua celebración de la lectura y el recuerdo de sus obras, pero el homenaje ha de arrancar de una gratitud probada y comprobada, no de semejante convocatoria de almanaque. Cierta unidad, jamás dictada, suele ser fundamento de la eficacia política de un pueblo. El catolicismo, por su mismo significado de universalidad, ni puede ser ni fue nunca prueba de la grandeza de ningún país particularmente escogido por la Iglesia para su defensa: quizá Yavé escogió al pueblo de Israel; de Cristo no sabemos que fuera favoritista. Así habíamos de sentirlo muchos de nosotros durante aquella oprimida adolescencia, cuando enamorados de las letras (y también de alguna graciosa muchacha) considerábamos como una abierta ventana en medio de tan persistente encierro el Curso general de literatura, de don Guillermo Díaz- Plaja, catedrático numerario del Instituto Jaime Balmes. Otro adolescente de aquellos tiempos, Juan Goytisolo, en su segunda entrega autobiográfica titulada En los reinos de taifa (1986) ha encontrado, si no en el cantonalismo de los arévacos, sí en la feraz dispersión de las taifas una actitud para él más fecunda que el monolitismo ideológico en que hubo de vivir hasta 1966, y acaso el título de su libro deba más al recuerdo de aquellas palabras magníficas de Menéndez Pelayo (para combatirlas) que a la proclamada adhesión de Goytisolo mismo al mundo africano. Por otra parte, quien desee simpatizar con don Marcelino humanamente, y no sólo a fuerza de monumentales volúmenes, hará bien en hojear su correspondencia con tan excelentes amigos suyos como Juan Valera o Leopoldo Alas, entre otros, y en leer o releer la memorable conversación apócrifa entre Menéndez Pelayo y Juan de Mairena en un café sevillano de la Alameda de Hércules narrada con lúcida empatia precisamente por Rafael Sánchez Ferlosio en sus fructuosas Semanas del jardín. Era un tributo imaginativo, rebosante de fino y cordial humor, más cálido que el de los bombos y platillos nacionales Gonzalo SOBEJANO