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Matilde, la risa de Neruda C OMO una suerte de loca emergencia le acometió de pronto al grupo de chilenos que ha levantado esta obra. A su autor, Jorge Díaz, dramaturgo prolífico afincado largo tiempo en España, por concluir ese bosquejo sobre la última y definitiva mujer de Pablo Neruda. Acuciado, quizá, por Gabriela Hernández, actriz chilena que ansiaba encarnar este personaje. Avisan a Francisco Morales, refugiado político en Londres, actor, director y autor de teatro para que dirija el proyecto. Y éste, a su vez, reclama a Iván San Martín para que se atreva con el papel de Neruda. Un montaje frenético que comienza por desmitificar a estos personajes, tres semanas de ensayos, la subvención del INAEM que no llega, estrechez de medios y una creciente certeza de que el proyecto es una locura. Ahora, que los escenarios se recubren con reposiciones, ellos deciden estrenar una obra como si fuera un asesinato premeditado. Pero como dice su director, queríamos hacerla y no había otra ocasión Por eso, en la Sala San Pol hasta el 29 de junio se representa Matilde, una mujer en la vida de Pabo Neruda transcurre la obra en el velatorio del poeta que ha muerto después de producirse el golpe militar. Un velatorio amenizado por el ruido de metralletas, toque de queda y hélices de helicóptero que vigila desde las alturas el cadáver subersivo, peligroso del poeta A solas con él, ya encerrado en un tosco ataúd, Matilde, su viuda, como terapia contra el dolor se entrega a las evocaciones. Y así encontramos a la pareja en Capri cuando aún Matilde era el amor secreto que escondía al mundo, pero sobre todo a su mujer Delia del Carril. Recorremos con ella momentos de felicidad total, de risas, de bromas, de pasión, porque para Matilde su vida ai lado de Neruda fue una fiesta. Aguada a ratos por los celos negros, por su impotencia para darle hijos vivos, por sus largas esperas en Isla Negra, donde siempre regresa el poeta como un dios enfermo para reponerse de sus excesos de vida entre sus brazos y su cocina. Con ella volvemos a la desesperada realidad chilena y a un nuevo intento de allanamiento por parte de los militares que frena con su rebeldía. Y a la despedida final en su papel de viuda fuerte que no puede traicionar el testamento de Neruda: Si muero... no quiero que vacilen tu risa ni tus pasos, no quiero que se muera mi herencia de alegría. Un tema audaz condensado en una hora, hermosas frases elevadas por la maravillosa voz de Gabriela Hernández que vive una Matilde Urrutia llena de amor y gracia. Un Neruda al que Jorge Díaz no ha perdido el respeto, al que nos presenta recitando poemas y al que sólo humaniza para reclamar a su hijo muerto o jugar un simulacro de entrevista. Y un desganado escenario para esta- breve semblanza de una de las mujeres que amó y soportó a Pablo Neruda. S. G.