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16 ABC OPINIÓN Queridísimos yuppies Thyssen y Suiza LUNES 22- 6- 87 ZIGZAG Concursos Una de las principales aficiones de muchos Ayuntamientos y organismos oficiales es la convocatoria de premios de la más variada índole. Bueno es que se premie la actividad, y con estos concursos se estimule a niños y mayores tanto en sus aficiones como en sus trabajos diarios. Sin embargo, cada vez se hace más habitual conocer las protestas contra los concursos oficiales: desde un premio decidido y no entregado (Ministerio de Cultura) a otros en que el día de la entrega no se presentan los convocantes (distrito de Retiro) Según el International Herald Tribune el Gobierno suizo reanuda sus movimientos para mantener la colección de arte del barón Thyssen- Bornemisza en Lugano. Las autoridades suizas han ofrecido al barón 1.075 millones de pesetas para ayudarle a construir una nueva galería. A sus sesenta y seis años- -añade el periódico anglosajón de París- el barón amenazó en el mes de abril con llevarse su valiosa colección de Lugano a Madrid, a no ser que Suiza pagase la construcción de un nuevo edificio para albergar 800 cuadros de pintura moderna. Flavio Cotti, ministro del Interior responsable de asuntos culturales, mantuvo ante el Parlamento de Berna el acuerdo de financiar una tercera parte del coste del nuevo edificio, valorado en unos 3.000 millones de pesetas. La ciudad de Lugano y el cantón de Ticino se ofrecieron para pagar las nuevas instalaciones diseñadas por el arquitecto británico James Stirling. Los suizos- añade el Herald Tribune -pagarían también los costes operacionales de la galería IO me habías contado lo de Katia. Te veía, eso sí, muy a menudo, con la mirada ausente y una sonrisa de cartónpiedra. Arrastrabas la insondable ternura de los melancólicos. Pero era como si anduvieras por la vida como el hombre invisible que ha estrenado corbata. Estabas ante ei mostrador de First Class con el miedo de quien va a cobrar un cheque que supone sin fondos. Por primera vez en tu vida tenías miedo a volar. Y respiraste hondo cuando la azafata te dijo: Lo siento, señor. Este vuelo ha sido cancelado. Te habías pasado media vida en ios aviones. No podías resistir que el traqueteo del tren destrozara tus sueños. Conocías ias ciudades por las postales. Y por el inconfundible olor a impaciencia de la gente en los aeropuertos. Hay un abismo entre la indiferencia de quienes esperan en Washington un vuelo a Nueva York y la resignación de los que aguardan en Zurich un enlace a Lisboa. Consumías el tiempo de espera intentando averiguar qué diablos habría ido a hacer aquel paquistaní a Manila con aquella jaula de ¡oros bajo el brazo. O aquel japonés perdido en Francfort con una ensaimada de Mallorca celosamente custodiada desde que subió al avión en Londres. ¿Quién puede explicar por qué huele a heno en Chicago, a chocolate en Bruselas, y en Bangkok a una mezcla de pachulí y estiércol fino de caballo de carreras? Te llevaban a ciegas a cualquier terminal y sabías dónde estabas sólo con comprobar las marcas de los cigarrillos a medio quemar en los ceniceros. No necesitabas escuchar la megafom a. Te bastaba ver las maletas en las cintas transportadoras. Te encantaba, sobre todo, observar a las mujeres. Algunas arrastraban sus nervios por ios aeropuertos liberando ansiedad por las costuras de los vaqueros. Pero otras flameaban sus faldas como si fuera el último pecado inocen- te que regalaran. Justo cuando sonaba en los altavoces: La compañía TWA anuncia la salida de su vuelo... Era como si las trompetas anunciasen e! comienzo del juicio final. Hubieras jurado una v e z en Le Bourgét, que aquella danesa que leía a Kierkegaard tan ensimismada se habría suicidado en i los lavabos si no 1 llegan a darle un pasaje a C e i l á n después de tres noches en la lista de espera. Las parejas mal avenidas se sometían implacables a la tremenda tortura del silencio. Como si la sala de embarque fuera el living de casa los domingos por la tarde. Los niños ya sabían que volar era una aventura intrascendente, poco más que montar en bicicleta. A algunas viejecitas en Milán, prendido el estupor en las pestañas, parecían asombrarles por igual que los aviones volasen y que ellas estuvieran allí para contarlo. Viajabas para vender en medio mundo lo que comprabas en el otro medio. Atisbabas los cambios sociales con sólo mirar el largo de las faldas y el ancho de las solapas. Eras un águila colocando pasamanería tailandesa en Bruselas y bisutería filipina en Boston; filigranas de Toledo en Manhattan y telas de seda inglesa en Tenerife. No me extraña que ella te pusiera esa condición. Sobre todo si es verdad que una vez le cediste tu billete en París. En aquel vuelo que nunca llegó a su destino. Estadísticamente tenías que estar muerto. Seguir volando era ya un desafío temerario. Lo que me tienes que explicar algún día es por qué has mandado instalar en ei jardín ese viejo coche- cama donde duermes la siesta desde entonces. Y para qué demonios quieres que te traiga de Atenas un folleto de cruceros de placer por e ¡Egeo, ahora que has descubierto el. encanto irresistible de tu cuarto de estar. Luis Ignacio PARADA Legalidad e ilegalidad En el artículo de Julián Marías, Totalitarismo legal se considera y denuncia una sutil forma de tiranía en virtud de la cual basta con que algo sea el resultado de una votación mayoritaria para que sea legítimo. Entre los diversos ejemplos que utiliza el pensador, hay uno que estos días tiene singular actualidad al finalizar el plazo para satisfacer los Impuestos sobre la Renta y el Patrimonio. En una preocupante situación económica (presupuestos altamente dificitarios, deterioro del comercio exterior... cabría que el Estado redujese gastos, muchas veces superfluos, fomentase el crecimiento de la riqueza y la administrase escrupulosamente. En lugar de ello, se acrecienta la presión impositiva. Pero este acrecentamiento debe tener un límite y resulta que se da por supuesto que no hay límite, que se puede exigir lo que las instituciones legítimas quieran Aquí está claro que la confiscación, constitucionamente prohibida, podría llegar a convertirse en una realidad al irse elevando ios impuestos legalmente, aunque el contribuyente quedase prácticamente en la inopia. Ceniceros Murptiy Al menos en dos marcas de automóviles de frecuente uso en el servicio de taxis, los diseñadores del interior han colocado un cenicero justo en el reposabrazos de la parte trasera. Así el viajero mancha de ceniza la manga de su traje o de su abrigo. Esta absurda disposición del cenicero nos recuerda una de las formulaciones del conocido principio de Murphy: si una cosa puede ser mal hecha indefectiblemente aparecerá el hombre que la haga. En este caso, como comprueban a diario con disgusto los viajeros, el hombre o los hombres aparecieron. El dinero de la caza En junio OCHENTA MIL MELONES AL AÑO Tiro al vuelo CAMPEONATO BEL MUNDO EN ELCHE Naturaleza LOS ÚLTIMOS ASTURCONES ADQUIÉRALA EN QUIOSCOS Y LIBRERÍAS.