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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 22 DE JUNIO DE 1987 ABC 1510; de suerte que eran las grandes Novedades literarias (al igual que los demás libros de caballerías) cuando los conquistadores, desde Cuba, la Española o Puerto Rico iniciaban sus expediciones al Darién, o se aprestaban a explorar las costas yucatecas del México precortesiano. Y hasta tal punto creían en las quiméricas historias que tales obras contenían que Ponce de León buscó afanosamente en Florida la Fuente de la Eterna Juventud, y muchos de los nombres geográficos de América, como California (de la que era reina una tal Calafia, nombre de un excelente vino de mesa mexicano) proceden de tal literatura, y lo mismo acontece con el río Amazonas, cuyas mujeres guerreras, así denominadas, se amputaban el seno derecho para mejor disparar el arco. Siendo esto así, ¿cómo dudar que los exploradores, descubridores y conquistadores no creyeran, como en sí mismos, en gigantes tan desmesurados como en los que creía don Quijote y en tales libros se describen? Más he aquí que en 1605 embarcan en Sevilla tres ejemplares de la primera edición de Don Quijote de la Mancha impreso en Madrid por Juan de la Cuesta, remitidos a un tal Juan de Guevara en Cartagena de Indias, y en otro envío, doscientos sesenta y dos tomos, a un tal Clemente Valdés, residente en la capital de México, y a bordo de otro barco, cien libros más del mismo título con destino al Perú. Irving A. Leonard va consignando uno por uno todos los embarques de la obra inmortal con destino a las Indias Occidentales. Y a medida que crecen las ediciones cervantinas van decreciendo las de los Amadises y los Palmerines y los Esplandianes y los Celidones de Iberia y los Florandos de Castilia. Se diría que el ingenioso hidalgo, pertrechado con todas sus armas, más que arremeter contra los follones y malandrines al uso lo hacía contra la caterva de seres quiméricos, fabulosos e imaginarios que oscurecían las mentes menos avisadas. Y los fue venciendo uno tras otro con la facilidad con que lo hizo con el Caballero de los Espejos. Prueba de ello es que muy pronto se secan las aguas de la Fuente de la Eterna Juventud, y ya nadie busca amazonas de un solo seno, y los gigantes- s i es que alguien creía ya en ellos- van menguando de estatura hasta reducirse al tamaño de unos buenos mozos que no rebasan si no es en media cabeza a los mejores galanes del lugar. De aquí el escepticismo con que fue leído Bernal Díaz del Castillo- a pesar de tener razónai afirmar que hubo gigantes colosos en América. El episodio no puede ser más sabroso y deleitosa su lectura. Estaba tratando Cortés de paces con el cacique Viejo de Tlaxcala, el ciego Xicotencatl, cuando don Hernando, que quería saberlo todo, escudriñarlo todo y no dejar nada incógnito a sus espaldas, preguntó a su nuevo aliado quiénes fueron los primeros pobladores de aquella tierra. A lo que respondió el cacique que fueron gigantes de exorbitante grandeza y proporciones nunca vistas ni ¡maginaaas. Y para probarlo trajeron un hueso o zancarrón de uno de ellos, y era muy grueso el altor, tamaño como un hombre de razonable estatura, y aquel zancarrón (palabra que significa, según la Academia, cualquiera de los huesos de la pierna despojado de carne) era desde la rodilla hasta la cadera es decir, un fémur. Yo me medí con él- prosigue Bernal Díaz del Castillo- puesto que soy de razonable cuerpo, y tenía tan gran altor como yo. Bien. Sabido es que el fémur, que es el hueso más grande de nuestro esqueleto, equivale aproximadamente a 4,15 partes del total de un hombre bien proporcionado. De suerte que si Bernal Díaz (que se considera a sí propio REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 2 8006- MADRID hombre de razonable cuerpo) midiese un metro con setenta centímetros, aquel fémur corresoondena a un hombre de aigo más de siete metros He tamaño. Cortés, que era hombre puntilloso, nos dijo- continúa el cronista- que sería bien enviar aquel gran hueso a Castilla para que lo viese Su Majestad. Y ansí lo enviamos con los primeros procuradores que fueron Lejos ya del reino de la fábula, y ante el testimonio histórico del que ha sido considerado por los críticos de todos los tiempos como el más veraz y puntual de los cronistas, el testimonio de Bema Díaz no deja por eso de provocar cierta perplejidad en los antropólogos modernos. Siete metros son muchos metros. Si algún error puede haber en mi cálculo es el de cifrar en 1,70 la estatura del soldado- escritor. Reduzcamos su tamaño al de 1,65 metros (pero no en menos, puesto que de lo contrario ni en aquella época podría hablarse de razonable cuerpo) Y aun así el famoso fémur correspondería a un individuo de 6,48 metros, lo que no deja de ser un formidable testimonio de que, en efecto, podían llamarse gigantes, y aun gigantazos, con toda propiedad a los habitantes primitivos de la zona mesoamericana a que nos referimos. Mas todo esto no pasaría de ser una especulación erudita de la que podría decirse, parafraseando la coplilla, que el mentir de las estrellas es muy donoso mentir puesto que nadie ha de ir a preguntárselo a ellas si no fuera por los asombrosos descubrimientos que acaban de hacerse en la ciudad de Serdán, entre los Estados mexicanos de Puebla y Veracruz, casi en las inmediaciones de la zona donde Bernal Díaz se midió con el fémur del coloso. Lo que aquí se ha descubierto recientemente es una calavera completa, cuyo cráneo tiene la increíble dimensión de medio metro de altura. Y si a esto añadimos una cuarta parte más, que según la cefalometria, es lo que corresponde a la mandíbula inferior (que se conserva entera y con todos sus dientes) completaremos la formidable talla de esta testa descomunal: ¡seiscientos veinticinco centímetros! Consideraban los antiguos helenos que la proporción ideal de una cabeza era caber siete veces y media en la dimensión total del cuerpo. De poseer este titán tan apolíneas proporciones- cosa poco probable en los seres monstruososmediría muy cerca de los cinco metros, más del doble del más corpulento gorila que se haya conocido; individuo que para descansar su codo sobre el lomo de un elefante tendría que inclinarse notablemente, y sin ponerse de puntillas, hablar cómodamente al oído de una jirafa. El Génesis, el Deuteronomio, el Libro de los Números y el de Josué hablan repetidas veces de razas gigantescas, a cuyo lado Sansón era un peso mosca y Goliat un alfeñique. En la mitología helénica, los cíclopes y titanes son de tamaño radicalmente inusual y el trato que se les da es el de seres próximos a los hombres, mas no totalmente humanos. Los ogros (gigantes que. comían carne humana) han dejado sus rastros, en la cultura europea, incluso en la literatura infantil. Y en la mitología mexicana se habla de una raza o tribu o familia de seres colosales denominados los Kinawe, de los que, tal vez, sean vestigios los descubiertos por Hernán Cortés en Tlaxcala en el siglo XVI, y los que el ingeniero mexicano Fausto Manuel Calvin acaba de encontrar en nuestros días en la ciudad de Serdán, entre los Estados de Puebla y Veracruz. En conclusión, y sin llegar a los delirios de monsieur Henrion y de nuestro don Quijote, es altamente verosímil que hubiese gigantes en toda la Tierra que desaparecieron como los diplodocos, dinosaurios y otros reptiles tan desmesurados cuanto tarados en sus muy mermadas facultades de reproducción. Porque es de saber que los tristes gigantes no sirven o sirven muy precariamente- probretucos ellos- para el acto generacional. FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA XISTIERON alguna vez gigantes en la América precolombina? Antes de responder a esto conviene saber si los hubo real y verdaderamente en cualquier otro lugar sobre la Tierra. Y no me refiero a los hombres simplemente altos, como aquel español, Joaquín Eleísegui, tambor mayor del Ejército, de 2,30 metros de estatura, que en 1845 se exhibió en el hotel Montesquieu, de París; o a aquella célebre miss Marian, de 2,45 metros, que se dejaba fotografiar, previo pago, junto a los clientes del hotel Alhambra, de Londres, en 1882. Estoy aludiendo no a los un poco más altos que el resto de los mortales sino a los desaforados, colosales, que no precisaban empinarse para columbrar lo que había más allá de las montañas y que no encontraban edificio que les cobijase ni caverna en la que cupiesen. ¿E GIGANTES, GIGANTILLOS Y GIGANTAZOS EN LA AMERICA PREHISPANICA Cuando el Génesis, que contiene la primera mención de tales vestigios, escribe: Y en aquellos días había gigantes sobre la Tierra... ¿se refiere tan sólo a seres humanos de mayor estatura y corpulencia que lo común? Una referencia posterior niega esta hipótesis: a lo que se refiere la Biblia es a individuos a cuyo lado los seres normales son apenas como insectos. Conviene saber que en aquel tiempo había en Palestina un gigantazo llamado Enac, cuyas piernas eran más altas que los cedros del Líbano y su tronco en proporción con tamaña grandeza. Moisés, que andaba vagando por el desierto cerca de cuarenta años desde la huida de Egipto, envía a doce hombres, uno por cada tribu, a que exploren las tierras de Canaán; los expedicionarios reEresan de su misión llenos de espanto: El puelo que hemos visto- d e c l a r a n- es de talla extraordinaria. Hemos visto monstruos, hijos de Enac, de la raza de los gigantes, a cuyo lado nosotros parecíamos saltamontes. En 1718 hubo un académico francés llamado Henrion, que defendía la peregrina tesis de que los hombres, inicialmente colosales, fueron menguando con el paso de los siglos. Y, tras comprobar la estatura media de sus contemporáneos y realizar un cálculo aritmético un tanto cabalístico, llegó a la conclusión, con exactitud tan envidiable como sospechosa, de que Adán medía ciento veintitrés pies y nueve pulgadas, ni una más ni una menos; es decir, cuarenta metros. Y Noé, treinta y cuatro; y Abraham, veintiocho. A éstos es a los que, sin duda, se refería don Quijote cuando hablaba de gigantes, cuyas cabezas no sólo tocan, sino que pasan las nubes a los que sirven de piernas dos grandísimas torres cuyos brazos semejaban mástiles de gruesos y poderosos navios y que cada uno de sus ojos es como una gran rueda de molino En cambio, cuando monsieur Hennon afirma que Moisés no rebasaría la despreciable estatura de trece metros, y Hércules de diez, y Alejandro Magno de seis, sus menguadas tallas se corresponden con lo que dijo el ingenioso manchego del gigante Morgante: Imagino que no debía de ser muy alto, y muéveme a ser deste parecer hallar en la historia, donde se hace particular mención de sus hazañas, que muchas veces dormía bajo techado, y pues hallaba casa donde cupiese, claro es que no era desmesurada su grandeza. En su fascinante y erudito ensayo Los libros del conquistador Irving A. Leonard nos detalla las obras que leían los españoles en América cuando podían dar tregua a la espada o al arcabuz: y éstos no eran otros que Tirante el Blanco, Amadís de Gaula o las Sergas de Esplandián, en cuyos fabulosos relatos nuestros bragados compadres creían a pie juntillas. La versión valenciana de Tirant lo Blanch aparece en 1511; el Amadís, en Zaragoza, en 1508, y las Sergas, en Torcuata LUCA DE TENA de la Real Academia Española