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A la izquierda, La vida (1919) obra del primer maestro de dibujo de Salvador Dalí, Juan Núñez, retratado a la derecha en 1913, mientras pinta en los alrededores de Figueras Carta de Barcelona Un cierto señor Núñez H ASTA ahora no había pasado, en realidad, de ser más que eso: un cierto señor Núñez. Y, aún así, gracias a una circunstancia especial, que tiara que el lector, por poco avezado que esté a las cosas de arte de la pintura, pueda reconocerlo en seguida: el señor Núñez fue el primer maestro de dibujo que tuvo en Figueras Salvador Dalí. Ya se sabe que los primeros maestros de ios destinados a ser artistas famosos se dividen, indefectiblemente, en dos únicas categorías: la de aquellos que, malos augures, pronosticaron a sus alumnos que nunca serían nada y que era mejor que lo dejasen, y la de quienes, por el contrarío, intuyeron desde el primer momento que aquéllos estaban predestinados a ser grandes glorias futuras. Ambos clisés, por tan repetidos y generalizadores, personalizan poco. Y así, el señor Núñez, que se ha de inscribir con respecto a Dalí entre los segundos, no ha pasado de ser, desde que él lo mencionó brevemente en su Vida secreta por primera vez hace más de cuarenta años, lo que dicho queda: un cierto señor Núñez, del cual apenas nada sabíamos- y sólo por aquella Vida tan públicamente secreta- sino que tenía una completa fe en mi talento artístico y que desde el principio me llevó a su casa donde me explicaba los misterios del claroscuro y de los trazos salvajes, esta era su expresión Quizá en eso se hubiera quedado el señor Núñez de no haber tenido la pintora figuerense Alicia Viñas, directora del Museo del Ampurdán (hermano mayor o menor- según se atienda a la cronología JUEVES 18- 6- 87 o a la popularidad) del Teatro Museo Dalí, la feliz idea de dedicarle en estos meses (hasta primeros de julio) la gran exposición antotógica que nos ha revelado, al fin, la extraña, secreta personalidad de este grabador y pintor malagueño prácticamente inédito hasta ahora. Aun así, el silencio que, por voluntad propia y la de sus familiares, envolvía a la figura de Juan Núñez Fernández- que tal- era su flombre completo- -sólo se ha roto a medias. Porque lo cierto es que la segunda queda comprendida en el catálogo de la retrospectiva entre 1894, cuando firma en Toledo unos primeros apuntes escolares, no exentos ya de algún virtuosismo, y en 1919, en que aparece fechado el último de sus extraordinarios dibujos al carbón: el tremendamente pasional que tituló La vida y que- más dramático que lujurioso en su erotismo casi telúrico- nos hace pensar en los dibujos de El abrazo que condujeron a su autor, el malagueño Pablo Ruiz Picasso, a su gran lienzo titulado también, curiosamente, La vida, de 1903 (hoy, en el Museo de Cleveland) lo mismo que nos retrotrae al título de la casi coetánea y en su tiempo famosa novela La cópula, de Salvador Rueda, el igualmente malagueño poeta de levantada y apasionada voz. Pero si el dibujo La vida, de Juan Núñez acaso marca, como según el catálogo parece marcar, el final de su obra, y se piensa en que él aún viviría cuarenta y tres anos más (nacido en Estepona, el 13 de marzo de 1877, moriría en Barcelona el 18 de febrero de 1963) es decir, otro tanto de lo que llevaba vivido hasta entonces, no se puede menos sino entrar en sospechas de que alguna fatalidad ineluctable le indujo a enmudecer artísticamente. Juan Núñez había sido un muy brillante alumno de la Escuela de San Fernando, de Madrid. Las obras de aquellos años que de él se exhiben ahora en Figueras así lo acreditan. Era ya entonces, además de muy diestro dibujante, un grabador excepcional, lo que le valió un prolongado pensionado en- Roma. A su regreso obtuvo una cátedra de Dibujo de Instituto y, en seguida se posesionó de la de Figueras, que empezó a desempeñar en 1906. En esta ciudad permaneció hasta su traslado a San Sebastián- e n el catálogo no se dice en qué fecha, pero supongo que ello sería hacia los años 30- donde vivió hasta su jubilación en 1947. Después pasó a vivir en Barcelona, cuando, dieciséis años más tarde, falleció, fue llevado a enterrar a Figueras, de donde era su segunda esposa y donde estaba enterrada María, la hija que había tenido de su primer matrimonio- -que acabó mal- -con una bella modelo italiana. De aquella niña, que murió tísica en plena adolescencia, nos ha trazado una sentida y, por paradójico que parezca, vivaz imagen Ana María Dalí, que fue su amiga; como del padre, el señor Núñez, nos traza ahora una primera y esclarecedora biografía la escritora ampurdanera Montserrat Vayreda. ¿Fue por algo de lo que antecede- infortunios conyugales, tragedia familiar- por lo que el señor Núñez renunció- -o empezó a renunciar, que viene a ser lo mismo- -a su enérgica vocación primera? A partir de la muerte de su hija- m e dice Ana María Dalí- el señor Núñez ya no parecía el mis- mo: era como su sombra. Pero no creo que fuera aquélla la causa- -la única, al menos- -del mencionado enfriamiento o, probablemente, paulatino abandono vocacional. ¿No le sucedería que, como en tantos otros casos- piénsese, por ejemplo, en el Picasso niño cuando su padre le hizo, en La Coruña, la simbólica cesión de su propia paleta de pintor- la personalidad del maestro se diluya al ser asumida por la de un discípulo o continuador, cuya presumible genialidad empieza ya a vislumbrarse? No afirmo que tal fuera, realmente, lo sucedido en el caso del señor Núñez. Pero no puedo soslayar la idea de que también él hiciera, como el padre de Picasso, una simbólica cesión de los útiles más preciados de su oficio cuando en 1923, recién expulsado Dalí por vez primera de la Escuela de San Femando, fue el encargado de, por sugerencia del padre de su alumno, montarle un completo taller de grabado, tórculo incluido, en la casa familiar del último. Como quiera que sea, esta exposición nos permite rastrear hasta qué punto algo- bastante quizáde Juan Núñez reaparece o se trasluce de algún modo en la obra posterior de Salvador Dalí. Quizá otro día pueda dedicarle más espacio al tema. Un tema que juzgo interesante y que se refiere a los recursos, tanto técnicos como expre- sivos de uno y otro, con inclusión de la extraña mezcla de obsesiones eróticas y proclividades a ío mitológico y hasta a lo un tanto idealizador y místico que les es común. Rafael SANTOS TORROELLA ABC 115