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48 A V CULTURA Congreso de intelectuales y artistas JUEVES 18- 6- 87 Los hombres no viven sólo de verdades, también les hacen falta las mentiras, las que inventan libremente, no las que se les impone; las que se presentan como lo que son, no las que les son contrabandeadas con el ropaje de la Historia En una sociedad cerrada, el poder no soto se arroga el privilegio de controlar las acciones de los hombres, lo que hacen y lo que dicen; aspira también a gobernar su fantasía, sus sueños, y, por supuesto, su memoria. En una sociedad cerrada el pasado es, tarde o temprano, objeto de una manipulación encaminada a justificar el presente. La historia oficial, la única tolerada, es escenario de esas mágicas mudanzas que hizo famosas la Enciclopedia Soviética protagonistas que apare- cen o desaparecen sin dejar rastro, según sean redimidos o purgados por el poder; y acciones de tos héroes y villanos del pasado que cambian de edición en edición, de signo, de valencia, de sustancia al compás de los acomodos y reacomodos de las camarillas dictatoriales del presente. Esa és una práctica que el totalitarismo moderno ha perfeccionado, pero no inventado. Ella se pierde en los albores de la civilización, que no fo olvidemos, hasta hace relativamente poco tiempo, fueron siempre verticales y despóticas. cerrada, la historia se impregna de ficción, pues se inventa y reinventa en función de la ortodoxia religiosa o política contemporánea de acuerdo a los caprichos del dueño del poder. mos y multiplicamos, viviendo muchas más vidas de las que tenemos y de las que podríamos vivir si permaneciéramos confinados en lo verídico sin salir de la cárcel de la historia. Los hombres no viven sólo de verdades, también les hacen falta las mentiras, las que inventan libremente, no las que les imponen; las que se presentan como lo que son, no las que les son contrabandeadas con el ropaje de la historia. La ficción enriquece su existencia, la completa, y transitoriamente la compensa de esa trágica condición que es la suya: la de desear soñar siempre más de lo que pueden alcanzar. Cuando produce libremente su vida alternativa sin otra constricción que las limitaciones del propio creador, la literatura extiende la vida añadiéndole aquetla dimensión que aumenta nuestra vida recóndita, aquella impalpable y fugaz, pero preciosa: que soto vivimos de mentiras. Es un derecho que debemos defender sin pudor, porque jugar a las mentiras, como juegan el autor de una ficción y su lector; a las mentiras que ellos mismos fabrican, bajo el imperio de sus demonios personales, es una manera de afirmar la soberanía individual y de defenderla cuando está amenazada, dé preservar un espacto propio de libertad, una ciudadela fuera del control del poder y de las interferencias de tos otros, en el interior de la cual somos de verdad soberanos de nuestro destino. De esa libertad nacen las otras. Esos refugios privados, las verdades objetivas de la literatura, confieren a la verdad histórica que es su complemento, una existencia posible y una función específica: rescatar una parte importante, pero sólo una parte, de nuestra memoria. AqueHas grandezas y miserias que compartimos con los demás en nuestra condición de entes gregarios, esa verdad histórica, es indispensable, insustituible, para saber 1o que fuimos, y acaso lo que seremos, como colectividades humanas. Pero lo que somos como individuos y to que quisimos ser y no pudimos serlo de verdad, debemos, por lo tanto, serlo fantaseando inventando nuestra historia más secreta, sólo la literatura lo sabe contar. Por eso escribió Balzac que la ficción era la historia privada de las naciones. Por su sola existencia, es una acusación terrible contra la existencia, bajo cualquier régimen o ideología, un testimonio llameante de sus tnsufi. ciencias, de su ineptitud para colmamos, y, por lo tanto, un corrosivo permanente de todos tos poderes que quisieran, tener siempre a los hombres satisfechos y conformes. Las mentiras de la Hteratüra, si germinan en libertad, nos prueban que eso nunca fue cierto, y eHas 6o n una transpiración permanente para que tampoco lo sean. Mario VARGAS LLOSA Verdad literaria y verdad histórica Al mismo tiempo un estricto sistema de censura suele instalarse para que la literatura fantasee también dentro de cauces rígidos, de modo que sus verdades subjetivas no contradigan ni echen sombras sobre la historia oficial, sino más bien la divulguen, enlustren. La diferencia entre verdad histórica y verdad literaria desaparece y se funde en un híbrido que baña la historia de irrealidad y vacía la ficción de misterio y de inconformidad hacia to establecido. Condenar a la historia a mentir y a la literatura a propagar las verdades del poder no es un obstáculo para el desarrollo científico de un país ni para la instauración de cierta justicia social. Parece probado que el incario logró un desarrollo extraordinario para su tiempo y para el nuestro, acabó con el hambre y dio de comer a todos sus subditos, y las sociedades totalitarias modernas han dado a veces un impulso grande a la educación, a la salud, al deporte, al trabajo, poniéndolos al alcance de las mayorías, algo que las sociedades abiertas, pese a su prosperidad, no han conseguido, pues el precio de la libertad de que gozan se paga a veces en terribles desigualdades de fortuna, y to que es peor, de oportunidades para sus miembros. Pero cuando un Estado, en su afán de controlarte y decidirlo todo, arrebata a tos seres humanos el derecho de inventar, y de crear las mentiras que a ellos les plazcan, y se apropia ese derecho, y lo ejerce como un monopolio a través de sus historiadores y censores, como tos incas por medio de sus amautas, un gran centro neurálgico de la vkla queda abolido, y hombres y mujeres padecen una mutilación que empobrece su existencia, aun cuando sus necesiades básicas estén resueltas, porque la vida real, la vida verdadera, nunca ha sido ni será bastante para colmar los deseos humanos. Y porque sin esa insatisfacción vital que las mentiras de la literatura a la vez azuzan y aplatan, nunca hay auténtico progreso. La memoria colectiva Organizar la memoria colectiva, trocar a la historia en instrumento de gobierno encargado de legitimar a quienes mandan y de proporcionar coartadas para sus fechorías es una tentación congénita de todo poder. Los estados totalitarios pueden hacerla realidad. En el pasado innumerables civilizaciones la pusieron en práctica. Mis antiguos compatriotas los incas, por ejemplo, lo llevaban a cabo de una manera contundente y teatral. Cuando moría el Emperador, morían con él no soto sus mujeres y sus concubinas, sino también sus intelectuales, a quien ellos llamaban amautas, hombres sabios. Su sabiduría se aplicaba fundamentalmente a esta prestidigitación: convertir la ficción en Historia. El nuevo inca subía al poder con una flamante corte de amautas, cuya misión era rehacer la memoria oficial, corregir el pasado, modernizándolo, de tal manera que todas las hazañas, conquistas, edificaciones, etcétera, que se atribuían antes a su antecesor, fueran a partir de ahora transferidas al curriculum del nuevo Emperador. A sus predecesores poco a poco se tos tragaba el olvido. Los incas supieron servirse del pasado convirtiéndolo en literatura para que contribuyera a inmovilizar el presente, idea) supremo de toda dictadura. Ellos prohibieron las verdades particulares que son siempre contradictorias por una verdad oficial que siempre es coherente e inapelable. El resultado es que el Imperto incaico es siempre una sociedad sin historia, al menos sin historia anecdótica, pues nadie ha podido reconstruir de manera fehaciente ese pasado tan sistemáticamente vestido y desvestido, como una profesional del streap- tease. En una sociedad Un don demoníaco La imaginación de que estamos dotados es un don demoníaco, está continuamente abriendo un abismo entre to que somos y lo quisiéramos sef, entre lo que tenemos y o que ambicionamos. Pero la imaginación ha concebido un astuto y sutil paliativo para ese divorcio inevitable entre nuestra realidad limitada y nuestros deseos infinitos: la ficción. Gracias a ella 6o mos más y somos otros sin dejar de ser los mismos. En ella nos disolve-