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Reginald Bartholomew conversa con José Joaquín Ysasi- Ysasmendi y Guido Brunner. En el centro, Horacio Sáenz Guerrero y Felipe Armesto. A la derecha, Darío Valcárcel, Ramón Areees y Soledad Becerril. Abajo, Antonio Pérez Ratés con Antonio Mingóte y Juan Manuel González Ubeda, y José Miguel Santiago Castelo con Blanca Berasátegui y Catalina Luca de Tena del precioso teatro Villafranquino, dedicó sus inquietudes de parlamentario a defender y resolver problemas de comunicaciones con éxito tan evidente como el de sus grandes realizaciones empresariales. A mí me conviene aprovechar esta faceta para decirles algo sobre comunicaciones, sobre caminos. El Bierzo es un mosaico increíble de variaciones paisajísticas y pródigo en riquezas mineras y agrícolas. Esto es conocido. Hay, sin embargo, al noroeste, tres pequeñas comarcas, las correspondientes a las cuencas de los nos Cúa, Aneares y Burbia, que encierran un valor etnográfico excepcional y una fauna y flora interesantísimas, singularidades que han llegado a nuestros días curiosamente intactas por el aislamiento. Estas minicomarcas son: Forneta, Aneares y la Merindad de la Somoza, que reúnen 37 puebtecitos y alquerías. Con tas tres parroquias, o veinticuatro aldeas y casares, del municipio de Cervantes, en la provincia de Lugo, al otro lado de la sierra de Ancares, forman un enclave geográfico acotado y denominado por el Estado con el nombre de Reserva Nacional de Caza de los Aneares por ley de 13 de septiembre de 1973. Y ya les hablo de mis caminos, los viejos caminos de montaña que he pisado un día por semana, duJUEVES 18- 6- 87 rante doce años, con mochila y bastón, elegidos, preferentemente, entre los que atraviesan como una malla la orografía complicada de las 47.000 hectáreas que componen este territorio. Los hay tapizados de musgo; otros, de yerba corta y bordes de festucas; otros, arrancados a la roca pizarrosa o a la silícea, guardan las huellas profundas de los carros cantores, roderas como las ojeras del trasnochador, que dicen tanto de ilusiones como de penalidades; muchos habrán costado miles de horas de trabajo manual: son los que ofrecen todavía, aunque entre matorrales, la bella disposición de la piedra sentada, unas veces en pilca y otras en hormaza para salvar el precipicio. Todos son mis amigos. Ellos me han enseñado los maravillosos bosques del país y las comunidades vegetales que viven en su interior; me han mostrado una arquitectura rural que tiene medidas tte música o de geometría, según convenga; por ellos sé de artilugios desconocidos para el hombre de la ciudad, como la pía ancaresa, ingenio por el cual una gran sartén se llena y se vacía de agua, cada seis segundos, con el fin de accionar una maza, la que, a su vez, golpea sobre fleje para producir un sonido semejante a una vibración oriental, y todo para espantar al jabalí. Me han llevado, en fin, a conocer ancianos lúcidos, con los que he compartido mesa sin mantel y de quienes he escuchado cuentos y leyendas con diferentes variaciones fonéticas y semánticas. La incuria, la miseria y el éxodo rural son los responsables de una á! fü eión caótica: la vegetación se está apoderando de mis caminos y ya ha invadido los pueblos. Lo dice mejor el señor Valeriano de Fresnedelo: Nos comen las yerbas y nos meten los lobos en casa. ¡No querrá el Estado que limpiemos con hoces el crecimiento! La gente joven se ha ido hace tiempo a la gran ciudad; vive allí sin oficio, generalmente en el paro, mientras los cortinales de los felices tiempos geórgicos son ahora eriales peligrosos. Peligrosos, porque los ancianos se han quedado solos y usan la cerilla para protegerse de una vegetación que los está cercando poco a poco. Lo hacen porque creen disponer todavía de las facultades de sus años mozos, ya que nadie, absolutamente nadie, les ayuda. La cortina de fuego arrasa las landas en continuidad porque mis caminos están perdidos de maleza y ya no son los mejores cortafuegos que podía tener el monte. El fuego lo tiene todo a su favor; hasta encuentra a nuestros bosques en el más lamentable de los abandonos: ni el ramoneo ni el hombre los ha limpiado desde hace años, los mismos desde que se inició el éxodo y comenzaron los grandes incendios que tanto nos preocupan. Se han dicho muchas cosas acerca de los incendios forestales, casi siempre desde un despacho. ICONA ha dado, el pasado año, entre otras, la cifra deí 44 por 100 para los intencionados y ha manifestado que desconoce, ¡a estas alturas! las causas del 35 por 100. Entre los intencionados incluye la quema de rastrojos en número elevado. Si se considera solamente un 60 por 100 del porcentaje para esta última causa, resulta que los incendios provocados por mano criminal quedarían reducidos al 17 por 100 del total. Cuando nos llega una información de quemadura de bosque todo el mundo piensa inmediatamente en el atentado de un incendio. Puede serlo, y la ira es razonable, aunque distrae nuestra atención sobre el 83 por 100 de las restantes causas. Mientras se descuidan caminos y bosques, se abandonan las labores agrícolas y se olvidan los ancianos a su suerte, tres millones de hombres, con los brazos cruzados, esperan unas soluciones que la sociedad no acaba de encontrar. Y hay respuestas que resultan chocantes, como ese fervorín de plantar en un solo día ABC 13