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Soledad Becerril (arriba, a la izquierda) conversa con Guillermo Luca de Tena y Dolores Moliner. En el centro, José Mará Cuevas y Ramón Areces. A la derecha, Carmen Luca de Tena y del Toro con las señoras de Barandiarán y de Vega de Seoane. Abajo, Horacio Sáenz Guerrero con Antonio Herrero; Ramón Hermosilla, José Javaloyes y Juan Carlos Guerra Zunzunegui, y a la derecha, Rafael Pérez Escolar, Guido Brunner y Amador Schüller lentín y Cristóbal Halffter en el armonio están suspensos y pendientes de Sindo, el cartero. Sindo recorre con la mirada y el gesto tenso el conjunto hasta que, con enérgicos movimientos, ordena la entrada. Jamín, el sacristán de toda la vida, que aún tiene cara de niño después de tantos años, viste alba como la de don Tomás, el arcipreste, y reza las oraciones del pueblo en tono alto, con autoridad, como si de renovado magisterio se tratase. La verdad es que ha alcanzado un estado nuevo en el que no se es cura, pero tampoco sacristán. Al llegar la bendición, él, revestido de gravedad y elegancia, la imparte también, aunque a hurtadillas, a menor altura, como corresponde a su rango inferior. En la plaza Mayor, la imprenta está en lugar estratégico: desde ella se dominan los soportales de enfrente, donde, por extrañas razones, se han dado cita todos los bares. Ocupa el bajo de un caserón revocado de pétreo, que, aunque poco perceptible, hace suponer al recién llegado que toda la casa estuvo antes en un recortable de cartulina. A la entrada tiene un escaparate de poco más de un metro de ancho por uno y medio de alto, en el que se exhiben libros de autores de la vilia, si bien, en ocasiones, aparecen novelas de Torrente, de Cela o de Graham Green, el 12 ABC amigo de mis vecinos los Paules. En el interior, el mostrador en ángulo recto impide el paso al público, y sólo algún vecino, entre los que me cuento, se atreve a empujar la plegadora para echar un vistazo a los estantes de madera, en los que suele haber libros insospechados. Al fondo, en la trastienda o rebotica, está la minerva, el olor a tinta y los cajetines en los que Paco busca y rebusca la romana, la grotesca o la cursiva inspirada en la escritura de Petrarca. Paco, el de la imprenta, que además de imprimir los restos que quedan de la que fue pujante Parroquial Berciana despacha quinielas, es librero, vende los periódicos y canta en el coro, toda la mandolina en la Rondalla Villafranquina, delante de mí, que toco el laúd, en pasacalles de carnaval y en las salidas de nuestra antigua institución. Yo he comprado siempre el ABC en la Imprenta de Paco. Y hasta cuando él se obstinó en permanecer fiel a sus principios de no vender los periódicos de Madrid con la fecha del día, porque era un contrasentido que las noticias se pudieran leer en el mismo momento de producirse, yo continué comprando el ABC que él recibía por medios ferroviarios. Fue así como prosperó el quiosco del Campo, hasta que Paco se dio cuenta y aceptó la modernidad. ¡A dónde vamos a llegar! me decía el otro día. Y no le faltaba razón, porque las revistas de sociedad que me mostraba se reciben en Villafranca con tal adelanto, respecto de la fecha impresa, que la noticia ya no es lo sucedido o lo que está sucediendo, sino lo que va a suceder. Cuando Villafranca sale en los periódicos o cuando nace algún libro de escritor villafranquino, ambas cosas frecuentes, Paco lo plantifica, al periódico o al libro, en el escaparate tapando todo lo demás. Confieso que siempre he esperado, inútilmente, a ver alguno de mis artículos allí colocado. Es más, cuando ABC me distinguió con el Luca de Tena todo lo que se me ocurrió fue ir corriendo a la imprenta por si había puesto mi trabajo en el escaparate. ¡Nada, tampoco estaba! Cuando entré se limitó a darme el periódico y dijo: ¡Conchó, nada menos que en ABC! Y hasta aquí lo eutrapélico, lo dicho como recreo inocente y moderado según la acepción tercera del Diccionario Manual e Ilustrado de la Lengua. Pero, parece natural que yo deba decir en la Casa de ABC cosas más serias, como corresponde a mi condición de galardonado y al respeto que me merece tan extraordinaria audiencia. No creo cometer disparate algu- no si digo que en el editorial del primer número de ABC semanario, y reproducido también en el primero de ABC diario, intitulado con la frase de Fray Luis Decíamos ayer se presiente la pluma de don Torcuata periodista. Porque hay un párrafo significativo que encierra el pretérito, el presente y el futuro de este gran periódico. Dice así: No ambiciona la gloria que un día pueda corresponder a esta innovación. Aspira modestamente a que la opinión le preste su concurso y a ser el abcé de lo que considera que mejorado, ampliado y perfeccionado por otros, pueda constituir la Prensa diaria del porvenir. Ya estamos en el porvenir. A nosotros nos ha sido dada la fortuna de comprobar cómo en esta Casa está vfva la tradición y cómo las ideas de don Torcuata tienen aún la lozanía de los grandes proyectos y la solidez de las espléndidas realizaciones. ¡Qué magnífico ejemplo el de sus sucesores en contraste con esa facilidad con que los españoles solemos romper con el pasado, y con ese preocupante desinterés del hombre de hoy por el futuro de las generaciones que han de seguirnos! El ejemplar hombre de empresa, don Torcuato Luca de Tena y Alvarez- Ossorio, que en 1905 convierte a ABC en diario, efeméride que coincide con la inauguración JUEVES 18- 6- 87