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Sobre estas líneas, un momento del discurso del presidente de Prensa Española, Guillermo Luca de Tena. Junto a él, los tres galardonados, de izquierda a derecha, Horacio Sáenz Guerrero, Francisco Pérez Caramés y Manuel Summers. Arriba, a la izquierda, Horacio Sáenz Guerrero, premio Mariano de Cavia se dirige a los presentes. Aparecen en la imagen Soledad Becerril, Julián Marías, Guido Brunner, Guillermo Luca de Tena y Francisco Pérez Caramés. Junto a estas líneas, Manuel Summers, premio Mingóte pronuncia unas palabras. A su derecha, Francisco Pérez Caramés y Guillermo Luca de Tena. En primer plano, José Mario Armero. Al fondo, de izquierda a derecha, Antonio Fontán, José Luis Yuste, José Joaquín Ysasi- Ysasmendi y Juan Herrera tan largo camino recorrido, permitidme que tenga la consciencia humilde, pero orguliosa y clara, de que ABC es una institución que sigue laborando día a día, cronista fiel de la Historia de España, por encima de los años y de las personas. Este es un acto literario. Un gozoso acto literario. En el que no sólo honramos a los premiados, sino a los miembros del Jurado que otorgó esos galardones. También en eso ABC ha tenido, a lo largo de su vida, especial cuidado: escoger personalidades que juzgaran imparcialmente esas obras y las valoraran en su justa medida Como la historia queda ahí, en ella podéis ver a nombres, como estos nombres, jurados de los premios de ABC: Miguel de Unamuno, Antonio Maura, Muñoz- Seca, Carlos Arniches, Palacio Valdés, Manuel Machado, Jardiel Poncela, Camilo José Cela, Pedro Laín, Gregorio Marañón, Vicente Aleixandre... Con el recuerdo y la emoción a todos ellos quiero, en primer lugar, expresar mi gratitud a los miembros de) Jurado de este año. La labor ha sido muy dura y han tenido que dedicar muchas horas a la lectura y discernimiento de las obras presentadas. Tarea ingrata sobre todo porque había que ir desechando JUEVES 18- 6- 87 magníficos trabajos, artículos y editoriales soberbios, firmas cuajadas. Por su sentido de la rectitud, por su labor, por tan laborioso trabajo, yo quiero expresar nuestro reconocimiento el gran filósofo y académico Julián Marías, que actuó como presidente del Jurado; a mi querido y entrañable Antonio Mingóte, lujo y genio de esta Casa; al ilustre jurista y ex presidente del Congreso de los Diputados Gregorio PecesBarba; al novelista Juan Perucho, uno de los más sagaces y certeros escritores de la España de hoy; a José Ángel Sánchez Asiaín o el hombre que sabe aunar las precisiones de la economía con la caliente belleza de la literatura o la melancolía del verso fugitivo; al doctor Amador Schüller, el inolvidable y magnífico rector de la Complutense, y a José Luis Yuste Grijalbo, otro de los hombres sensibles a la magia de las matemáticas y a la hondura del pensamiento. Ellos otorgaron el premio Mariano de Cavia a Horacio Sáenz Guerrero por el artículo titulado Descubrimiento, palabra nefanda aparecido en La Vanguardia el día 9 de noviembre de 1986. Cavia Descubrimiento, Horacio Sáenz Guerrero... y saltan a mi memoria los versos de otro Cavia Agustín de Foxá, en esta Casa, inolvidables siempre: El Cavia es la corona del efímero articulo que brilla cual bengala en la noche y se apaga la grimeando chispas con humo; el premio a lo que pasa, a lo que fluye; es regresar un día que ya movió molino; helar el agua de un comentario; o detener en corcho la mariposa y conservar sus alas... Nacido en Logroño, Horacio Sáenz Guerrero se traslada a Barcelona cuando contaba ocho años. Ingresó en- La Vanguardia a los veinte, como meritorio sin sueldo, en octubre de 1942, y en enero del año siguiente ya es redactor en plantilla, editorialísta, crítico literario, cronista municipal y reportero. Desde niño, desde aquella arribada infantil a la Ciudad Condal, Horacio se sintió catalán por propia inercia visceral y por su hondo estrechamiento con la realidad barcelonesa. Su padre trabajaba en El Noticiero Universal y ya están enlazados en aquel niño todos los componentes de su vida futura. Conoció a tan temprana edad los amargores de la guerra fratricida, recogió algarrobas en los campos cercanos, comió pieles de patata hervidas, vio llegar al Clínico los muertos de la carretera de la Arrabassada, pasó hambre y leyó libros y más libros. Y no olvidó nunca las palabras de su padre: Vivimos en una España pobre, complicada e injusta en la que no es difícil odiar. De ahí quizá ese afán permanente de búsqueda de la paz, de la concordia y de la verdad que preside la vida y la obra toda de Horacio Sáenz Guerrero. La falta de medios económicos no le permitió llevar a término el otro sueño de su vida: llegar a ser médico. Por eso, cuando entró en La Vanguardia su vida entera fue un continuo ofrecimiento a la profesión periodística: ha sido desde redactor de sucesos a director del periódico, desde confeccionador a enviado especial por medio mundo. Horacio Sáenz Guerrero es el caso claro de un periodista eminentemente vocacional. No es de extrañar que al lado de sus crónicas o de sus artículos lo veamos, en 1952, como fundador y primer secretario de la Escuela de Periodismo de Barcelona o impartiendo enseñanzas de Técnicas de las Artes Gráficas o Compaginación y Confección. En sus muchos años de director de La Vanguardia logró su ideal de periodista: Hacer una Vanguardia civilizada para una Cataluña civilizada. Según González Ledesma, Horacio Sáenz Guerrero pertenece a un mundo exquisito, tal vez en vías de ABC 9