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f i y aparte La década de los pies negros Buenos Aires E tobillo para abajo, los sesenta ofrecían un tono desesperadamente parduzco y macilento. Claro, tanto paseo en alpargatas a Katmandú trazó desde San Francisco hasta el Ganges una densa estela de pies negros que consiguió borrar el rastro épico e irrepetible de algunos filmes de Jotin Ford. Y mejor no mirar más arriba. Al menos en los cincuenta, Hollywood aún marcaba la pauta, y todo el mundo (incluidos los fotógrafos de Prensa) salía a la calle embutido en un impecable traje oscuro de aprendiz de funcionario al mejor estilo de Alan Ladd. Ellas, por acompañar, vestían seductores tailleurs bien combados por donde se debe, rematados en admirables medias negras, a ser posible con costura. Pero la prodigiosa década mudó su reino de Sunset Boulevard a Chelsea. Esto es, se trasladó a Londres, donde los únicos rasgos de elegancia se advierten en los caballos de la carroza real y en las corbatas de los lores, por este orden. Y si dudan, echen un vistazo a las fotografías de la época. Ellos parecen camareros de discoteca de pueblo y ellas confiteras en tarde de Domingo de Ramos. Se me dirá que en ios sesenta hubo muchos hechos de mayor relevancia que el espantoso aspecto de gran parte de sus protagonistas, como bien recuerdan los coleccionab l e s que si K e n n e d y el Che los astronautas, el LSD, Vietnam y hasta los Beatles. Pero para hablar de ello ya están Garci y Hermida, y además el editor sólo me ha dado treinta líneas, qué quiere. Puestos a sucumbir en el rescate emocional siempre nos quedarían las películas con Gómez Bur y los discos de Antoine. Y también, quizá, la azarosa circunstancia de que por entonces todos éramos más jóvenes. Pero, como dijo Truman (o no fue él) ¿Mi juventud? Puedes quedarte con ella. José Alejandro VARA de Julio Iglesias. No se sabe si, como decía Andy Warhol, llegaron a ser famosas durante un minuto en su vida. Prefieren el sopicaldo Maggi a los botes de sopa Campbell. El cup con el que se ponían piripis en los guateques para, melosas, dejarse besar por algún pollo y, si se terciaba, permitir que les magreasen los pechos, lo han cambiado por kilos de pastillas que no les impide violar al primer recadero que llama a su puerta y comerle hasta los juanetes. Quince años tenía mi amor y ahora tiene cuarenta. Antes bailaba la yenka y ahora va a una academia de sevillanas. Sus- mejillas sonrosadas han quedado desteñidas por incontables planes Ponds. Corría delante de los grises en la Universidad y ahora hace jogging por la urbanización en donde vive. Antes era una rebelde sin causa, que vivía el conflicto generacional, y ahora no logra comprender por qué su hijo se afeita la cabeza y se dedica a pegar ladrillazos en los escaparates. Ha dejado el pincho de tortilla de sus años de loca juventud y prefiere trasegar Biomanán, porque al fin y al cabo, el premio es ella. Su psquiatra no deja de repetirle que está en la mejor edad de su vida, pero no por eso sus pechos dejan de caerse. Como decía la Cinquetti, en los sesenta no tenía edad para amar. Vivió la represión sexual hasta que se casó. Luego, de casada, se acostaba con los amigos de su marido. Ahora, de separada, prefiere aventuras más peligrosas, aunque lleva siempre un preservativo en el bolso de Loewe por si las moscas. En otros tiempos le excitaba el tupé de James Dean y ahora le pone caliente el corte a cepillo de Rodríguez Sahagún. Se arrepiente del pasado. Peggy Sue pudo regresar en el tiempo y cambiar su destino y no lo hizo. Y es que, a pesar de todo, la vida siempre sigue igual. Y nosotros la seguimos queriendo, a ella y todas las de su generación, las viejas chicas yeyés En cierto modo, las patas de gallo tienen su morbo. Jorge BERLANGA Tan ingenuo y púdico como alada su vergüenza, quizá acunado por Janis Joplin- e n vez de Rachmaninoff- Andy Warhol, príncipe rana del arte pop supo siempre, para bien y para mal, que la tentación vive arriba. Y que la tentación siempre es la misma: se diga lo que se diga, todas las monedas tienen forma de mujer Peggy Sue, revisitada M IRAMOS sus piernas mientras ellas miran la entrepierna a algún jovenzuelo. Ya no son iguales que cuando llevaban minifalda y se rebozaban en la arena de las Ventas meneándose al ritmo de los Beatles. Alguna que otra variz traicionera se ha instalado en la tersa piel de antaño depilada a base de hojas Palmera Eran chicas ye- yés con el pelo alborotado y las medias de color, y ahora son señoras con peinado Ruphert, y que usan Dash tres. El pop desmelenado ha sido sustituido por las cosas bien hechas. Se enamoraron de un chico con vespa al son del Dúo Dinámico y se separaron de un funcionario de Ministerio con Ford Escort al son SÁBADO 13- 6- 87 ABC 111