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13 junio- 1987 ios de Leopardi- ABC ABC IX s hombre ignotos son del todo, y cuando veo sin fin, a un más remotos los tejidos de estrellas que niebla se nos muestran, y no el hombre no ya la tierra, sino todo en uno el número de moles infinito, nuestro áureo sol, mientras estrellas todas desconocen, o bien les aparecen como ellas a la tierra, luz nebulosa; ante mi mente entonces ¿cómo te ostentas, prole del hombre? y recordando tu estado terrenal, de que da muestra este suelo que piso, y de otra parte que tú, fin y señora te crees de todo... ¿qué sentimiento entonces me asalta el corazón para contigo? no sé si risa o si piedad abrigo Cincuenta años más tarde, Mallarmé responderá a esa pregunta en coincidentes términos: Mi duda, montaña de noche antigua, termina en alguna ramilla sutil. Tal vez, en efecto, una retama. III En eLjardín de la casa paterna, de noche, un hombre ve cómo el viento agita fuertemente los cipreses. Vueltos los ojos hacia el firmamento, ve ahora el titilar de las vagas estrellas de la Osa El tiempo parece haberse detenido. El hombre piensa en su infancia, y recuerda las veces que esto mismo ocurrió, cuando, sentado sobre el césped una gran parte de la noche, veía las mismas estrellas de la Osa y los árboles zarandeados por el viento nocturno. Esta es la escena que abre el Canto XXII de Leopardi, Los recuerdos ¿Puede una biografía- aun en el convencimiento de que determinados rasgos de ella nos son sin duda particularmente valiosos- -decirnos más sobre Leopardi que los versos iniciales de ese poema? Se me dirá, con razón, que tales versos, y los del poema entero, son ya biografía, autobiografía. Y, sin embargo, al leerlos percibimos una verdad que late en ellos más hondamente que en ningún acontecimiento de la biografía externa del autor, de cuyo significado profundo tengamos plena constancia. En el CL aniversario de la muerte de Leopardi, esa sola imagen es, por un momento, símbolo precioso de verdad y de interioridad, símbolo de una vida que, pese a la serenidad de esos instantes, transcurrió siempre entre desesperanza y desamor. Quiero ahora retener esa imagen como emblema a un tiempo calmo y vertiginoso de su obra. Andrés SÁNCHEZ ROBAYNA