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13 junio- 1987 ABC florarlo -Ciento cincuenta años de Leopardi ABC VII La llamada de los astros ABÍA nacido y crecido al lado del mar, junto al Adriático, a la orilla de aquellas aguas que surcaron los héroes de sus primeras lecturas, pero Giacomo Leopardi rara vez nos habló del mar. Y si lo hace, como en el último verso de El infinito, es para referirse a un mar extremadamente simbólico. Su precoz Himno a Neptuno sólo fue un eco de su pasión por las mitologías de la antigüedad. Los veintiún primeros años de su vida fueron como un descenso incesante a la sima del ser, un proceso terrible y maravilloso a la vez de interiorización del que habrían de brotar los mejores frutos y las más amargas desilusiones. Al principio sus ojos se extraviaron en las pinturas que había en el techo de su dormitorio, en aquellas bucólicas escenas de rebaños y pastores que eran como una prolongación de las que descubría en los versos de Teócrito y Virgilio. Las horas de estricto estudio van adueñándose de su vida y derrotando su cuerpo. Su frágil columna vertebral va cediendo y curvándose ante los pergaminos griegos y latinos; aquella vencida columna en la que el avieso Niccoló Tommaseo dirá que Leopardi conservaba la fuerza de su genio, de la misma manera que Tasso guardaba la suya en el fondo del vaso Vida, pues, de profundísima interiorización. Detrás del palacio había una tapia que él nunca saltó, como hizo con frecuencia su hermano Cario para huir al casino o al teatro. Todo cuanto en el mundo hay de vivo sólo le llegaba atenuado por los ventanajes entreabiertos: las risas y las canciones de las muchachas, los ladridos nocturnos, las campanadas, los trinos de los gorriones, las esquilas, el crujido de los carros en el empedrado de la atardecida... Fue educado en el rigor de los dogmas, pero él sabía, gradas a ios filósofos antiguos y modernos, dónde estaban la verdad y la mentira del género humano. Un verso de Safo, un pasaje de la ¡liada, una lamentación de Petrarca, van sembrando la luz en las tinieblas de su hogar. El palacio de los Leopardi es, a la vez, templo y academia, pero la vida siempre la tiene que ensoñar con sus ojos más allá de los muros y del mar de tierras de los montes. Después de la suya propia y H ée latín, el español es probablemente la lengua que mejor conoció. No en vano, su primer preceptor fue José Torres, un jesuita llegado de España. De él quizá heredaría Leopardi el ejemplar del Quijote, que llevó a Roma en su primer viaje. Los nombres de Lope de Vega, de Calderón, de Pedro de Cieza, de Saavedra Fajardo, de Mariana, le son familiares desde los días de su infancia. Ha aprendido a reír con las frases plebeyas del Fray Gerundio de Cam pazas y cuando lleva a cabo una sistemática comparación de los dos grandes poemas homéricos con otras obras de igual altura de la literatura universal, no se olvidará de La Araucana, de Alonso de Ercilla. Gracias a estas lecturas conoce muy pronto el carácter de los españoles. Por ejemplo, en una de las páginas de su Diario lamenta la pérdida del sano orgullo de éstos, aunque no por ello deja de quejarse de sus excesos, como los de la reconquista cristiana de las tierras de Granada. La razón de este reparo radica en que Leopardi también ama la cultura árabe y estudia su lengua. De la misma manera ha sorprendido a todos cuando se ha puesto a hablar espontáneamente en hebreo con unos rabinos que habían llegado de Ancona. Al margen de las lenguas europeas de uso c o m ú n que dominaba, se interesó por el sánscrito, pero su furor de lingüista fue felizmente atenuado por la llamada de la poesía. Leopardi se sintió especial- mente conmovido por la lectura de algunos líricos primitivos. No creí- nos dirá- -haber sido poeta hasta después de haber leído algunos poetas griegos. Todo el peso de los infolios y de las gramáticas cede el día que comprende que Anacreonte es un vientecillo fresco y oloroso en el verano que abre la respiración Adquiere, repentinamente, un conocimiento que discurre por su interior como su propia sangre; recibe la revelación, el don del arte. Su desesperada batalla contra los libros quedó deshecha por esa sutil correspondencia entre el sabroso viento del estío y la lectura de unos versos de Anacreonte. Es la ley de la analogía entre los sentimientos y la materia, la visión armónica del mundo que muy pronto los románticos de Europa instaurarán en todo el continente. La sensibilidad de Leopardi se había puesto en sintonía con el mundo. A ello quizá había cooperado la versión latina que hizo de la Vida de Plotino, del filósofo neoplatónico Porfirio. Ha sentido la llamada de la Naturaleza y a ella dedica ahora su mejor atención. Primero establece en las proximidades de su casa un observatorio desde el que llevar a cabo su diálogo con luces y astros. Luego da paseos cada vez más largos que sólo acabarán interrumpiendo las malevolencias y las pedradas de sus paisanos. Aún lleva bajo el brazo un ejemplar del Kempis y se obsesiona con no pisar las cruces que forman las baldosas en el suelo, pero su sensibilidad ya estaba en el camino de la libertad. Como el fruto del más exacerbado dolor y de la sensibilidad más sublime se iban conformando los poemas de sus Cantos. Durante algún tiempo, aún pudieron más su riquísima vida intelectual y sus ensoñaciones juveniles que las insidias de los humanos; aún no había dado aquel grito de orgullo que le transmitió más tarde, en una de sus cartas, a su hermana Paolina: Que sepan los recanateses, que vean con los ojos del cuerpo- q u e son los únicos que tien e n- que el jorobado de los Leopardi sirve para algo en un mundo en el que Recanati ni siquiera es conocido por su nombre. Dejemos a Leopardi en este momento- límite de su nacimiento al saber y a las insidias de los humanos. Pero, más alia del saber enciclopédico y de los asaltos de la vida, hay una tercera realidad- l a de los astros- que va a ser como la base de sus ilusiones presentes y de su fama futura. Leopardi lanza frente a los astros las preguntas más puras y lúcidas de su vida, y lo hará encauzándolas a través de algunos de sus mejores poemas (Los recuerdos, Canto nocturno de un pastor errante de Asia) preguntas que revelaban, con tanta exactitud como desnudez, la sed y la desazón de existir en el más alto grado de consciencia. Lo demás, en su vida, sólo fue literatura, ejemplar y sobrehumana literatura. Antonio COLINAS