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VI ABC perdida- nunca pasó por el aro de la dialéctica: toda su vida se resume si acaso en el esfuerzo desesperado por hallar una solución unívoca, cristalina, no contradictoria, al dilema: conformidad con la naturaleza oposición a la naturaleza (que es como decir naturaleza arte, naturaleza razón, finito infinito) tan hábilmente (o tan astutamente) resuelto por Schiller. Y, sin embargo, en los años 1816- 18, cuando el movimiento romántico comenzaba a fraguarse en Italia, Leopardi- tachado por los demás, y convencido él mismo de ser un clasicista antirromántico- pensaba (aunque de modo transitorio y ya diferenciado) mucho más schilleriánamente que sus connacionales. Sería deseable- sugería entonces, en efecto, el jovencísimo filósofo en un artículo polémico contra los importadores italiano del romanticismo que nadie juzgó oportuno publicar- recuperar nuestra esencia natural en el mundo snaturato a través de la imitación de los poetas antiguos que son ella mantenían una relación familiar ¿cómo, sino mediante el contacto asiduo con los antiguos, podemos recuperar con respecto a la poesía la manera natural de expresarnos? Y aquí empezó el equívoco, porque no era este problema exquisitamente romántico (ya lo advertíamos al principio) lo que preocupaba a aquellos defensores de la poesía moderna, demasiado (y sin duda justamente) empeñados en limpiar las letras nacionales del purismo clasicista como para comprender hasta qué punto la recuperación de la naturaleza, el mundo antiguo, la poesía griega, eran cuestiones interrelacionadas y de importancia capital para el movimiento en que creían militar, sino el tema candente constituido por la invitación de Madame de Staél a renovar la forma y el contenido de la literatura mediante las traducciones de obras modernas extranjeras, que había desatado las iras del purismo académico. Más tarde- pero con menos! equívocos e injusticia- Leopardi siguió (digámoslo dantescamente) haciendo parte per se stesso dentro y fuera de Italia. Imposible- comenzaba a pensares retornar a la naturaleza, no sólo por medio de la imitación de los clásicos, sino por cualquier otro camino: la infancia, la espontaneidad, el feliz no saber son irrecuperables una vez perdidos (y en el diario conocido como Zibaldone di pensieri, jugaba amaraamfente con las palabras: La natura puó bensí esser ABC TíTcrario -Ciento cincuenta años de Leopardi 13 junio- 1987 O C de Psique (condenada a apartarse de Eras por haber infringido la prohibición de descubirir su. rostro) haría definitiva la infelicidad humana que en ella debía fundarse: La naturaleza- escribía en un apuntó del Zibaldone el 12 de enero de 1821- era la que nosotros sentíamos sin observarla, nos hablaba sin interrogarla Pero nosotros hemos buscado el bien, como dividido de nuestra esencia para encontrar aquella felicidad, aquella condición más conveniente para nosotros en la que ya habíamos sido puestos naciendo: y no se ha encontrado sino cuando se ha podido saber que era precisamente la que teníamos antes de empezar a buscarla Digamos entonces que Leopardi, sin apartarse un ápice de sus categorías y sus premisas, pone así boca abajo el sistema filosófico del romanticismo: renuncia, en suma, a la conciliación dialéctica de los contrarios en él ya establecidos como tales, y, lejos de transformar la razón en naturaleza, lo finito en infinito- u n efecto conseguido in extremis en el célebre idilio de 1819, y ya encubiertamente disuelto por el verbo fingir interminati spazi e sovrumani silenzi, e profondissima quiete io nel pensier mi fingo interminables espacios y sobrehumanos silencios, y hondísima Quietud finio en mi pensamiento que denuncia el voluntarismo de la operación subjetiva, tendente, no ya a lograr la unidad por medio del ideal sino a illudere autoengañándose, acerca del árido vero lejos, pues, en transformar lo negativo en positivo, invierte el recorrido mental descubriendo tras la bella infinitud la vana ilusión de su perpetua búsqueda: Porque solamente lo que no existe, la negación del ser, el vacío, puede carecer de límites, y el infinito viene en definitiva a ser lo mismo que la nada Si luego nos preguntásemos qué herencia han dejado el romanticismo panteísta de Schiller y el nihilista de Leopardi, acaso hubiera que empezar por recordar ciertos versos de las baudelairianas Fleurs du mal ¡tan distintas de la Flor azul por Novalis prometida a los poetas! como: Car je cherche le vide, et le noir, et le nu! ¡Pues yo busco el vacío, lo negro, y lo desnudo! o como Amer savoir, celui qu on tire du voyage! ¡Amargo saber, el que se saca del viaje! Pero para esa historia ya no hay aquí bastante espacio. B. M corrolla, ma non corretta la naturaleza puede ser corrompida, mas no corregida Todo su esfuerzo se concentró desde entonces en responder a la pregunta que se ocultaba tras el primer problema: ¿por qué la especie humana ha perdido aquel primitivo estado de ingenua, natural felicidad? Y pocas lecturas son tan patéticamente desoladoras como la del Zibaldone di pensieri: cuatro mil páginas de sinuosas reflexiones que tienden una y otra vez a mantener en pie la concepción benéfica del orden natural achacando la culpa de la desdicha humana a las causas más variadas: cataclismos, descubrimientos, experiencias, errores históricos, que, rousseauianamente, podían pero no debían producirse, para volver más pronto o más tarde a excluir cualquier accidente extra- natural (o innatural) es decir, no previsto por la naturaleza ni integrable naturalmente en ella, y admitir por fin, de modo irrevocable, la infelicidad necesaria de todo lo viviente. Y aquí llegamos al quid del implacable romanticismo leopardiano, porque tal conclusión, para muchos monstruosa, estaba implícita en las premisas del planteamiento de Schiller (o de Schelling, Fichte y A. W. Schlegel, por atenernos a los artífices más sistemáticos de la estética filosófica romántica) es decir, del idealismo postkantiano, empeñado en recuperar la naturaleza a través de la razón, que es como decir en imponer el viaje y el regreso para justificar el arraigo en la patria, según ese itinerario circular implorado por Hólderlin: Oh, danos alas para pasar al otro lado y regresar e interpretado así por Heidegger: El retorno a la patria es el regreso a la cercanía al origen. Regresar sólo puede quien antes, como caminante, quizá durante largo tiempo, ha tomado a sus espaldas el peso de la andanza y ha partido hacia el origen, para percibir allí lo que ha de buscarse a fin de regresar luego más experto, como el que busca Pues bien, Leopardi sabía que si el retorno al origen natural (a la patria del ser, o al ser como nuestra propia patria) presuponía el previo, consciente alejamiento de él (es decir, el cogito en cuanto posibilidad de concebir el objeto de nuestro deseo como algo separado de nosotros) esa misma conciencia- -por el hecho de ser tal- -nunca llegaría a borrarse, y, al igual que en el mito