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13 junio- 1987 AJBC fiícrarío ABC V Implacablemente romántico ¿Cómo podríamos hablar de Leopardi- y de Leopardi se habla (no por cierto en España) a veces demasiado- sin habernos puesto antes de acuerdo acerca de lo que es romanticismo? Porque, entre otras cosas, al poeta italiano se le reprocha en ocasiones no ser (o no ser lo suficientemente) romántico, quizá deteniéndose con superficial desconfianza en el clasicismo formal de su lengua y su cultura, o quizá tomando al pie de la letra su defensa de los antiguos en detrimento de la siempre detestada modernidad (un problema que, sin embargo, visto en sus implicaciones menos exteriores, es de la más exquisita esencia romántica) Vayamos por partes: ponerse de acuerdo acerca de lo que es romanticismo- visto el inacabable debate entre especialistas, inciertos aún entre aceptar o negar la existencia de un movimiento pan- europeo reconducible a características comunes- no resulta nada fácil, sobre todo si- como suele ocurrir- se mezclan y confunden las causas con los efectos, los rasgos esenciales con sus más contingentes, individuales, heterogéneas derivaciones (la infinitud, la subjetividad, el realismo, el panteísmo, la vaguedad, ¡a irracionalidad, el exotismo, el pintoresquismo, el medievalismo, el satanismo... Pero si, embocando una vía menos laberíntica, por ejemplo la que (para no entrar en el ámbito filosófico, que nos llevaría demasiado lejos) han abierto Georges Poulet, Rene Wellek o Northrop Frye, estableciésemos como conditio sine qua non del gran salto romántico el sentimiento trágico de la disociación entre el mundo y el yo (entre la naturaleza y la razón, entre lo finito y lo infinito) y el consiguiente intento de recuperar la armonía perdida a través del. lenguaje poético, entonces no sólo podríamos situar a Giacomo Leopardi dentro del más auténtico romanticismo, sino que sería también posible asignarle un lugar preciso entre sus compañeros de viaje y de tragedia. De tragedia, digo, porque restablecer una armonía entre conceptos escindidos irreparablemente por la conciencia, parecería e m p r e s a en v e r d a d desesperada, si no fuera que algunos (tal es el caso de la línea Schiller- Hegel) se propusieron acabarla del modo más feliz, reconciliando lo irreconciliable mediante ésa operación lógica llamada dialéctica, capaz de fundir la tesis (lo natural) y la antítesis (lo racional) en una síntesis superior, que el propio Schiller ilustró así en su célebre Poesía ingenua y poesía sentimental: la naturaleza pone al hombre de acuerdo consigo mismo: el arte lo divide y desgarra; por el ideal vuelve a la unidad lo cual ha de entenderse- en el sentido de que ese mismo desgarro producido por el arte es el tramo intermedio para retornar a los orígenes tras haber superado la ingenua aunque feliz, familiaridad del hombre antiguo (del poeta griego) con la naturaleza: ¿Por qué nosotros- s e guimos leyendo en este vademécum del romanticismo alemán- que en todo cuanto atañe a la naturaleza somos tan infinitaPor Blanca MUNIZ mente inferiores a los antiguos, podemos rendirle homenaje en una medida superior, podemos amarla íntimamente, podemos incluso abrazar el mundo inanimado con el más cálido de los sentimientos? He aquí la respuesta: la naturaleza ya ha desaparecido de la humanidad, y sólo fuera de ella, en el mundo inanimado, podemos de nuevo hallarla en su verdad. No nuestra superior conformidad con la naturaleza, sino precisamente la oposición a la naturaleza de nuestras relaciones, de nuestras condiciones y nuestras costumbres, nos empuja a buscar en el mundo físico una satisfacción imposible de hallar en el mundo moral Por eso el sentimiento que nos impulsa a amar la naturaleza es tan semejante a aquel con que añoramos la perdida edad de la infancia y la inocencia infantiles siendo como es nuestra infancia la única naturaleza íntegra que es posible todavía encontrar en la humanidad civilizada En cambio Leopardi- ese inconsolable Orfeo de la infancia