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SÁBADO 13- 6- 87- CULTURA -ABC, póg. 5i La disyuntiva de un escritor independiente en la era de Stalin: el suicidio o la escoba Novela inédita de Bulgakov en Francia y detalles de sus angustias en Moscú Moscú. Alberto Sotillo Coincidiendo con la aparición en Francia de J ai tué (Yo he matado) una de las novelas que a su muerte dejó inédita el escritor ucraniano Mijaí! Bulgakov (1891- 1940) han sido desvelados detalles de la angustiosa etapa vivida por el novelista cuando cayó en desgracia en la era Stalin y estuvo al borde del suicidio. MijaTI Bulgakov estuvo a punto de suicidarse durante su caída en desgracia en la era de Stalin, época en la que se le cerraron todas las puertas del mundo literario y en la que se planteó la alternativa de trabajar como barrendero para poder ganarse la vida, según desveló en el semanario Ogoniok el periodista y escritor Serguei Lakshin, -amigo de la esposa de Bulgakov, Elena Sergueieva, gracias a quien aquél tuvo la oportunidad de conocer algunos detalles del enfrentamiento entre el escritor y el dictador soviético. un asilo psiquiátrico por escribir una versión de la Pasión de Cristo. Después de todo, Bulgakov pudo considerarse un hombre de suerte por no haber seguido el destino de su personaje, del que lo salvó una rara debilidad de Stalin hacia el novelista que no impediría, sin embargo, su caída en desgracia. Al producirse ésta, Bulgakov escribe personalmente al dictador y, una vez redactada la carta, adquiere un revólver con el que piensa quitarse la vida si sus problemas no se solucionan. Poco después, las puertas del Teatro Judosestveni, de Moscú, se abren para él. El escritor puede seguir ganándose la vida con su arte y decide entonces arrojar el arma a los jardines del convento de la Inmaculada. Decidido a sacrificar su novela antes que su vida, había prometido a Stalin destruir el manuscrito de El maestro y Margarita. Pero cuando llega el momento de cumplir su palabra, el autor duda y no se atreve a desprenderse del todo de su obra. Rompe en dos el manuscrito y le arranca varios pedazos, pero no lo destruye por completo. Dos años más tarde, Bulgakov decide reconstruir su novela e intenta reescribir de memoria los trozos destruidos. El resultado es una obra completamente nueva, que le satisface bastante más que la primera versión. Había conseguido desprenderla de su carácter diabólico dice su esposa. La novela, reescrita y corregida, no aparecería hasta varios años después de la muerte de Stalin. Mijaí! Bulgakov selas para traérsela a su marido. La lápida, en la que figuraba una página del Evangelio casi destruida por el tiempo; iba a ser sencillamente arrojada por las autoridades, que consideraron que sobre la tumba del autor de Las almas muertas debía erigirse un monumento más aparatoso y oficial que el que rescataría Elena Sergueiva para Bulgakov. Nacido en Kiev en 1891 y muerto en Moscú en 1940, Bulgakov es uno de los grandes escritores rusos de este siglo. Irónico, cultivado y de talante liberal, su producción está marcada por un realismo de corte fantástico, cuyo mejor exponente es El maestro y Margarita, su obra maestra. Es autor también de las novelas Corazón de perro y Novela teatral, y de las piezas dramáticas Beg, Moliere, Don Quixote y Pushkin, entre otras. La lápida de Gogol Elena Sergueiva recuerda también cómo, en los años cincuenta, sobre la tumba de Bulgakov no había ni una lápida, ni una inscripción que recordase su presencia. Hoy día, en cambio, sobre los restos de Bulgakov yace una inmensa lápida puesta boca abajo, y que no es otra que la que había sobre la tumba de N ¡kolai Gogol, que la esposa de Bulgakov había sabido arreglár- Un período de indigencia En 1929, Bulgakov y su esposa viven en la indigencia. El escritor ha redactado una novela sobre Cristo y e! Diablo (El maestro y Margarita) de la que tiene conciencia de que es una obra maestra. En la novela se cuenta la historia de un novelista que termina siendo encerrado en Un Chejov con las alas cortadas Ni siquiera la era Gorbachov ha traído a la literatura rusa una cierta primavera. Un cierto deshielo El reino es el exilio y tiene poco que ver el movimiento editorial de hoy con aquella cosecha de los años treinta- con sus traducciones al castellano de Cénit o Calpe de Gorki a Sholojov, Iván Bunin, etcétera- fruto de la resaca de la revolución del año 1917. Con cuentagotas, aparecen ahora, jugando al escondite, el pan duro de Pilniak o las bayas de Evtuchenko, por no hablar de los silencios de Siniavski y Daniel, en relevos cíclicos, obras semiclandestinas o caídas en desgracia, como eslabones que saltan desajustadas de la cadena de montaje de una literatura planchada y de uniforme. Ya es historia el ilia Ehrenburg de Julio Jurenito, el Pasternak de Doctor Zhivago, el Solzhenitsyn de Un día en la vida de Iván Desinovitch, que abonan una tradición de espíritus inasimilables, de soterrada protesta. Y que vienen a reproducir aquello que se dijo en su momento de la revolución francesa: que tuvo una literatura revolucionaria, pero no una literatura de la revolución. Al menos, la novela y la poesía rusas de hoy, sobre todo las que alcanzan brillo y testimonio, están escritas bien por los independientes si es que no preferimos llamarles contestatarios Bulgakov constituye un buen ejemplo. Es nuestro caso. Precisamente la novela que acaba de editarse en París, J ai tué- cuyo título inicial levemente variado, era Memorias de un muerto- cumple este papel por partida doble. Formaliza el rito de hacer circular una obra de la que existen no menos de treinta manuscritos e impone la verdad de que Bulgakov era, efectivamente, un talento oculto. Sólo la publicación- no obstante su incursión en el teatro enconada y con aceptables resultados- de El maestro y Margarita en 1967, devolvió al escritor ruso el derecho que tenía como testigo, el rango que le era debido. Bulgakov no pudo, a pesar del éxito de Los días de los Turbin (crítica de la dominación de los nacionalistas de Ucrania) y de Los huevos fatales (refutación de la burocracia soviética) seguir su carrera literaria activamente. Con discreción se mantuvo como director adjunto del Teatro del Arte de Moscú, a la espera de mejores tiempos. No llegaron los buenos tiempos para él, pero sí para su obra, al aparecer publicada en Nuevo mundo en 1968, Novela teatral, con la acusación de rutina para el trabajo de Stanislavski en el citado Teatro de Arte. Y, sobre todo, El maestro y Margarita, en el que el barroco típicamente bulgakoviano aparece en todo su esplendor. Ya esta novela deleitó tanto como escandalizó a los soviéticos. Se trataba y se trata de una sátira mordaz, sarcástica, propia de un diablo cojuelo verdaderamente mefistofélico sobre ¡os tejados de Moscú. Realista y fantástica a la vez, la figura de Volland introduce en medio de su absoluta comicidad, unos valores religiosos que son implacablemente negados en la sociedad rusa. Tal era la fuerza de! libro que, en el cincuentenario de la Revolución, desbancó a todas las demás obras en la misma Rusia. El realismo de Bulgakov es tangente con lo fantástico. En realidad este Chejov con las alas cortadas como se le ha llamado insistentemente, resulta poco teórico. En puridad, no plantea ninguna novedad política ni tampoco revolucionaria. Se limita a expresar, con una libertad honda, siquiera sea por el camino del sarcasmo, su independencia de excesivos constreñimientos ideológicos. Ocurre, no obstante, que las verdades se imponen por su propio peso. En España, por ejemplo, donde hay buenas ediciones de sus obras- Destino, Alianza, Cuadernos para el Diálogo- ha logrado interesar estéticamente mucho más que un Solzhenitsyn o un Evtuchenko. Acaso porque su testimonio y no su alegato solo, está más entrañado en la realidad de la sociedad rusa. Florencio MARTÍNEZ RUIZ