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GENTE L O que desconoce la antipsiquiatríáT empezando por el Antiedipo de Gillez Deleuze y Feliz Guattari, y terminando por David Cooper, es que la locura contiene una estructura, por mucho que ésta no sea reductible en lo absoluto a términos freudianos, como pensaba Cooper, sino más bien a conceptos extraídos de una experiencia distinta que Aidous Huxley trató de explicitar en su libro The Doors of perception, una visión mística de las drogas, como la de Castañeda es una visión mágica. Que existe un cambio, una alteración en el cuerpo, en el proceso de la llamada locura, nadie lo duda: como es sabido, se ha descubierto un componente semejante a la mezcalina en la orina de los esquizofrénicos; pero este cambio no es causa ni efecto de la locura, como presumiría la psiquiatría biológica; no es un cambio químico, sino un cambio alquímico, una alteración del cuerpo- mente, cuya unidad sólo ha sido puesta en duda por el cristianismo y su heredero ateo, el positivismo. Por el contrario, la unidad de cuerpo y espíritu ya fue reivindicada por Roberto Novoa Santos en Cuerpo y espíritu, quien hablaba de intensidades de conciencia reclamando así la materialidad de aquélla. Recientemente, Winnicott (Cuerpo y espíritu, Fe. E. es de la misma opinión, y afirma que la materia biológica es autoperceptiva, esto es, de alguna manera subjetiva. Y, finalmente, El nido del cuco Drogas y filosofía (y II) (La ruptura coa el concepto filosófico de la unidad de conciencia) ¡Traigo conmigo la peste! gritó Freud al desembarcar en América, dispuesto a difundir su revolucionaria teoría sobre los sueños. nos queda la sospecha de Freud, esbozada en su Interpretación de los sueños, de que el aparato psíquico es un aparato óptico, como prueban los sueños, películas en color y en blanco y negro, para descubrir el término que faltaba como piedra angular a todo ese lenguaje del cuerpo filmado, fotografiado y descrito por Fast, Davis, Schoefflen y otros que olvidaron que el movimiento del ojo también compone un lenguaje, misterioso tan sólo porque era el último escondite del hombre y de la hipocresía, y quizás, el fin de una ciencia que nunca lo tuvo en cuenta. Que yo sepa, tan sólo un psiquiatra, Giovanni Gervis, se ha atrevido a hablar de esa visione mentale cuya existencia conoce cualquier camarera, y a la que otros llaman, en lejanos tratados de parapsicología, mirada interior. Yo ofrezco como principio de una nueva psiquiatría el análisis por primera vez científico de esta mirada, y como solución del conflicto entre la palabra y la experiencia, la filosofía según el ojo. Leopoldo María PANERO No se lo van a creer en Keeper El funcionario a pupilo M IENTRAS los ingleses creen que la democracia consiste en que uno llame a su puerta a las seis de la mañana vestido de lechero, a los españoles nos quieren hacer creer que la democracia está en que, a cualquier hora que uno prenda el televisor, salga un individuo de arrogancia azteca dándoselas de recaudador. Lo heroico, hoy, parece que es pagar, desde luego, porque tampoco están los tiempos para salir por ahí gritando ¡Abajo los impuestos y viva la libertad de conciencia! como un calvinista atontado, porque los impuestos, que entre los antiguos eran el signo de la servidumbre, a nosotros nos los presentan como la expresión suprema de la libertad, y hay que seguir pechando, lo que no quita que la gente ande ya un poco escamada, y con razón. La causa está en que, puestos a sonsacar, se sonsaca poco y mal. Ustedes recordarán, sin duda, aquellas entrañables cuestaciones de la infancia mediante las que cualquier corazón blando podía hacerse cargo de la manutención de un niño congoleño. Por cien duros, te proporcionaban con la hucha y un póster del nuevo miembro familiar. En el fondo, era como tener, en la distancia, a aquel negro a pupilo. Y ahí, en la familiaridad del pupilaje, radicaba el éxito de la cuestación. Pasaban los años, retocabas con un tizón el retrato de aquel muchacho que con tanto mimo económico habías ido criando, y un día, considerando que ya había tenido tiempo el huésped de gastarse los cien duros, te lo imaginabas gordo como un tudesco, y descollió ABC gabas el retrato. A lo hecho, pecho, y soñabas con haber sacado adelante a un negro con un pecho como el de Myke Tyson, capaz de defenderse sólo en la vida y dispuesto para independizarse. Si no nos engañaron, medio continente negro alcanzó su independencia de esta forma. ¿Por qué no humanizar nuestra Hacienda con esa especie de pupilaje funcionarial? Todo español con nómina, a la hora de contribuir, debería reclamar un póster del funcionario a mantener: un presentador de Televisión, un cineasta subvencionado, un concejal, un bedel del Ministerio y, apuntando un poco alto, hasta el ministro mismo. En las campañas electorales los políticos harían ofertas más concretas, y seguramente en ese tono austero de las pensiones con gato: Me llamo Fulano, no hago nada, pero soy muy limpio. Y en los salones de nuestros hogares colgarían retratos tan variopintos como los de Rosa Mateo, Carlos Saura, Solana, Chaves o Cosculluela. En fin, cada cual según su necesidad, cada cual según su capacidad, como se decía en el viejo catón de don Alfonso Guerra. Porque la manutención de un ministro no podría quedar a expensas de una nómina humilde. Un ministro sería cosa, al menos, de dos contribuyentes desahogados, que tendrían que discutir entre ellos de qué parte del ministro se ocuparían. Claro que no todo van a ser ministros. También hay muchos alcaldes y presidentes de Comunidades autónomas. Hombre, en Madrid, la gente, entre Leguína y Barranco, se quedarían siempre con Barranco, que tiene cara de lezna, y el Éxodo de los nuevos españoles en junio, siguiendo la ruta de Hacienda otro ya se ve lo colorados que tiene los carrillos. Habría que sortearlos, pero luego, valdría la pena El funcionario, con las manos a la espalda, en señal de cortesía, se dirigiría a su contribuyente más o menos en estos términos: Que digo yo que unos patos en el Manzanares quedarían chachis... Y el contribuyente, cacheteando cariñosamente el papo de su funcionario, respondería: ¡Toma! Que digo yo que voy a cambiar de coche... ¡Toma! Que hoy necesito una ayuda para comer... ¡Pues toma, un tenedor! Y así. No se lo van a creer en Keeper, pero en seguida surgirían las envidias, y la gente pugnaría por tener mejor atendido a su funcionario. ¿Has visto al Colom, qué buena color tiene desde que lo atienden los López? Ignacio RUIZ QUINTANO SÁBADO 6- 6- 87