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XVI ABC ABC 6 junio- 1987 nuó: No. María- Eugenia insistió en el tema: Yo no fumo. El. hombre echó otra carta convencido de que la partida no daría para mucho (de momento todo eran rodeos y caminos que prácticamente no llevaban a ninguna parte) ¿De qué signo del zodiaco eres? María- Eugenia chascó la lengua contra los dientes. Sólo le quedaban dos cartas y ante aquella carta no podía jugarse ninguna. Una era No y la otra ¿Vamos a mi casa? La primera no tenía sentido después de la carta que había echado el hombre y la segunda era aún precipitada. Hubo de robar. En la carta que había cogido ponía: ¡No me vengas con estos rollos! Era una carta perfectamente jugable. Nada la molestaba tanto como que le hablasen de astrología, una disciplina que consideraba estúpida y vulgar. Pero- según cómo- el hombre se decepcionaría. Sin embargo, también podía ser que si robaba más cartas acabara acumulándolas en exceso. Cosa ésta que no era negativa en absoluto, pues nadie había decidido nunca que acumularlas con exceso fuera peligroso; para ser precisos: uno de los atractivos del juego era que nunca nada estaba del todo claro, como le había dicho alguien de quien ahora no se acordaba, ¿dónde reside el interés por jugar a un juego en el que los dos jugadores están de acuerdo? ¡Vaya aburrimiento el ajedrez! ¡Vaya aburrimiento las damas, el siete y media, el póquer y la canasta! ¡Vaya aburrimiento el tenis y el fútbol! ¿Dónde reside el interés de todos estos juegos si sus participantes están de acuerdo en las reglas? Este juego era muy diferente: no tenía reglas ni nombre. Ni siquiera podía afirmarse de forma taxativa que fuera un juego. Y nadie sabía, cuando digamos jugaba, si ganaba o perdía. Ni si jugando en un sentido se dirigía a la victoria o se alejaba de ella, porque tampoco estaba claro qué era de hecho la victoria. Y lo que era más grave: ninguna partida se acababa nunca del todo. Incluso cuando uno de los dos participantes se quedaba con un montón de cartas inútiles en las manos y el otro se hallaba, pues, en una situación a la que, en los juegos convencionales, se considera como de ganador, incluso entonces la cosa no estaba absolutamente clara. Que alguien se quede cortado e incapaz de responder no quiere decir necesariamente que haya sido derrotado. ¿No representa también, según cómo, un tipo de derrota haber formulado una pregunta y no haber obtenido respuesta? Por eso ahora María- Eugenia prefirió no jugar aquella carta y robar otra. En la nueva carta ponía: Ahora no. Robó otra: Dame tu número de teléfono. Era ésta una carta especialmente útil en partidas con pocas perspectivas que permitía continuar en otro día más propicio. El hombre se aflojó el nudo de la corbata. Tenía los dedos largos; a María- Eugenia le gustaron. Robó otra carta: Escorpión. Por fin, una carta que podía dar respuesta a la pregunta. Pero aparte de que el signo del zodiaco de María- Eugenia no era Escorpión le fastidiaba haber de confesar cualquier signo, porque de tal signo el hombre deduciría unas cualidades y unos defectos que- estaba segura de ello- no serían los suyos. Pero podría pasarse horas buscando una carta que le permitiera expresar su opinión sobre el tema. Por eso decidió cortar por lo sano y mentir. La partida era tan insulsa que resultaba imposible empeorarla. Echó la carta Escorpión sobre el montón... El hombre robó algunas cartas y jugó: Me tomaría un gin tonic. María- Eugenia respondió: Para mí, un güisqui. El hombre se levantó, salió al bar y encargó las bebidas. Cuando volvió, María- Eugenia observó que era alto, ancho de espaldas y de piernas algo arqueadas. Pasaron algunos minutos hasta que el camarero trajo el gin tonic y el güisqui. Bebieron un trago y continuaron la partida: ¿Te interesa el budismo? -No. ¿Dónde vives? -iNo me vengas ahora con estos rollos! -L o que a mí me interesa es la ciudad. Estoy harto del campo. ¿Te aburres? -No. ¿Quieres fur ar? -Gracias. El viejo que echaba una siesta había desaparecido sin que se dieran cuenta. María- Eugenia se sentía cansada. Decidió jugar la carta que se había guardado desde el principio. La dejó caer sobre la mesa: ¿Vamos a mi casa? El hombre sonrió, con una sonrisa que MaríaEugénia no supo catalogar: ¿Le había complacido la invitación o se sentía decepcionado, porque con aquella carta n m V ella le demostraba que el juego la aburría lo suficiente como para cortar por lo sano? ¿Y si el hombre decidiera dar por lista la partida? Pero el hombre, como si el no aceptar la propuesta de ella le volviera más interesante, jugó una nueva carta que lo posponía: ¿Vamos a cenar? Cenaron en un restaurante árabe, que incluía un espectáculo de danza. Dos horas más tarde se besaban en una discoteca. El hombre se llamaba Andreu- María. A la mañana siguiente decidieron ir a ver el zoo. Mientras MaríaEugenia se maquillaba, él le observó diversas veces que tenía prisa por salir de casa. Que la muchacha tardase tanto en arreglarse le exasperaba. Discutieron. Ella gritó con odio. El cerró la puerta con violencia. Ella siguió arreglándose. Iría sola al zoo. Cuando Andreu- María llegó a la calle iba tan indignado que tropezó con un perro y se cayó al suelo. En el mismo momento María- Eugenia, que se estaba poniendo las medias, se arañó una con la uña y se hizo una carrera. Q. M. Traducción de Manuel González- Palacio