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6 junio- 1987 ABC ííTcrarío ABC XV El invierno las diez menos cuarto sonó el despertador. Maríasostenes que hicieran juego. Una vez puesto, decidió que Eugenia alargó la mano, lo paró y se concedió meno le sentaban bien. Se los quitó. Se puso panties. Abrió dia hora más para remolonear. A las doce abrió un el armario y, sin vacilar, escogió el vestido: negro, de cueojo y miró el reloj; si no se decidía, no se levantaría nunca. llo desbocado. Sobre el vestido se puso un peinador y se Abrió la ventana, subió la persiana, fue hasta el lavabo, se cepilló el cabello a conciencia. sentó en la taza del water y orinó. Acercó el taburete Se calzó los zapatos negros de tacón alto. Se sentó en hasta dejarlo delante del espejo y se sentó en él. Con alla cama y se pintó las uñas de las manos. Para acelerar godón se quitó la crema revitalizadora que se había colosu secado, se las sopló muy suavemente. Ante el espejo cado la noche anterior. Se lavó los dientes y la cara con del lavabo se pintó los labios. Se puso los pendientes, una agua fría. Se duchó. Se pesó: cincuenta y siete quilos. Se pulsera y ningún collar. puso crema hidratante en los brazos, la espalda y las pierA punto de salir de casa, se puso perfume tras las orenas. Y en la barriga y en las caderas, crema contra las esjas. Bajó las escaleras lentamente. En la calle levantó un trías y la celulitis. brazo y paró un taxi. Con el albornoz puesto fue hasta la cocina y puso la caMaría- Eugenia empujó la puerta con decisión. El local fetera en el fuego. Cortó dos naranjas por la mitad y las estaba más vació de lo que se había imaginado y bastante pasó por el exprimidor. Mientras bebía el zumo, levantó la más lleno de humo de lo que hubiera supuesto dada la tapa de la cafetera y, como aún le faltaba rato, fue al baño poca gente que allí había. Era un bar amplio, con espejos a colocarse una mascarilla. Precisamente cuando acababa en las paredes. El suelo era de madera barnizada y por oyó cómo la cafetera hacía gárgaras. según que partes crujía. Mientras se servía la primera taza de café, colocó rebaEn un extremo de la barra había un muchacho con una nadas de pan en la tostadora. Preparó la mesa de la cocichaqueta de cuero negra, leyendo un prospecto farmacéuna: la taza de café, la cafetera (por si quería más) sacaritico. La caja de la que había sacado el prospecto estaba na, leche descremada, margarina vegetal y confitura de ciante él, abierta. ruela sin azúcar. Desayunó lentamente, intentando nó María- Eugenia se acercó a la barra. Pidió una copa de hacer ningún gesto facial brusco para no romper la mascachampaña. Durante un rato observó el local: a los tres vierilla. Hacía saltar el índice de la mano derecha por los cuajos que jugaban en una mesa, el quehacer del camarero, dros del mantel, como si jugara una partida de ajedrez de el pasillo del fondo... Por fin, reunió coraje: llamó al camanormas muy elásticas. rero y, cuando se le acercó, bajó el tono de voz y le preguntó: De nuevo en el baño, se quitó la mascarilla y se limpió la cara con un tónico. Mientras se le secaba el tónico, se- ¿Para jugar... despintó, con acetona, las uñas de los dedos de los pies. El camarero casi ni la miró y le señaló él pasillo. MaríaY, después, las de las manos; espacio de tiempo suficiente Eugenia pagó la copa. Al fondo del pasillo había una puerpara que se le secaran las uñas de los pies y pudiera; ta doble de cristales esmerilados. Y detrás, una gran sala, pues, pintárselas con laca. Se puso en la cara un fond de con una balconada que daba a un patio interior. Casi en la teint, fluido y crema correctora. Con un pincel se puso cobalconada, un viejo echaba una siesta, con la cabeza solorete en las mejillas. En seguida, los sombreadores en los bre las manos, que descansaban sobre él mango del baspárpados. Y con el eye- liner fluido, trazó una raya finísima tón. Todas las otras mesas estaban vacías, excepto una cast tocando a las pestañas. Finalmente, se perfiló las cedonde un hombre leía una revista. Sobré la mesa había jas. Abrió el armarito, tomó el bote de desodorante y se una baraja, aún por estrenar. Mientras ella paseaba la miesprayó los sobacos. rada por la sala, el hombre levantó los ojos y dejó la revista a un lado. Como María- Eugenia parecía no saber si En la habitación dejó el albornoz sobre la cama. Abrió la sentarse, ni dónde sentarse, el hombre sonrió y levantó cómoda. Escogió unas bragas de blonda negra. Y unos una mano, invitándola. A W: y. Quim Monzó (Barcelona, 1952) es una de las figuras descollantes de la nueva narrativa catalana. Con s primera novela, L udol del griso a caire de les clavergueres publicada en 1977, obtuvo el premio Prudenci Bertrana. Posteriormente cultivó el cuento en libros como Self service Uf, va dir ell y Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury Su última obra, por ahora, es la recientísima La isla de Maians María- Eugenia aceptó. Se sentó justo ante él. El hombre dejó definitivamente la revista en una silla y, de la misma silla, recogió un tapete de fieltro verde. Lo extendió con cuidado y arrancó el precinto de la baraja. Los poros de la cara del hombre eran grandes. Se había afeitado a conciencia. Hasta la nariz de María- Eugenia llegaba un ligero olor a aftershave. El hombre le ofreció la baraja a MaríaEugenia. María- Eugenia barajó las cartas y le ofreció el mazo al hombre para que cortase. María- Eugenia dio: seis cartas a cada uno. El hombre se las estudió con calma. Era él quien empezaba. No tardó demasiado en decidirse: echó la carta sobre el tapete verde... Ponía: ¿Quieres tomar algo? María- Eugenia estudió lentamente las posibilidades que tenía en las manos. Echó la carta sobre la de él: No tengo sed ponía. El escogió rápidamente: Vienes a menudo? María- Eugenia no tardó nada: No. Ahora el hombre tardó más: Vengo poco por esta zona de la ciudad. Por unos momentos María- Eugenia no supo cuál jugar. Finalmente echó otra: ¿Tienes tabaco? El hombre conti- 1.