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6 junio- 1987 ABC ABC XI Pensamiento y ciencias sociales Thatchernomía Gráname Thompson The conservatives economic policy, Croom Helm (Londres, 1986) 222 páginas, 7,95 El Estado de partidos como forma contemporánea del Estado democrático Manuel García- Pelayo, El Estado de partidos, Alianza Editorial (Madrid, 1986) 217 páginas. 990 pesetas En la actual teoría política es prácticamente indiscutida la idea de que los partidos políticos son consustanciales a la democracia hasta el punto de que llegan incluso a identificarse. Los partidos políticos, institución a caballo entre la sociedad civil y el Estado, constituyen el cauce a través del que se forman las diferentes opciones políticas. Pero no siempre ha sido así. Tradicionalmente podían distinguirse la democracia directa y la representativa. La primera se caracteriza por el ejercicio directo y asambleario del poder por parte del pueblo. Si puede ser discutida su posibilidad y conveniencia en pequeños grupos o comunidades, en los actuales Estados es absolutamente inviable. En la segunda, las decisiones son tomadas por los representantes elegidos, que lo son de la totalidad de la Comunidad nacional y no de un grupo, partido o facción. Además no están sujetos a un mandato imperativo sino que toman libremente sus decisiones. En nuestro tiempo, desde la perspectiva del tipo de representación política, nos encontramos en el apogeo de una tercera forma del Estado democrático: el Estado de partidos. La representación pasa ahora por los partidos y los representantes lo son de éstos. La excelente monografía del profesor García- Pelayo, más indiscutido como egregio constitucionalista que como presidente del Tribunal Constitucional entre 1980 y 1986, tiene como objeto el estudio de esta nueva forma de Estado. Su propósito es analizar una de las dimensiones del Estado de nuestro tiempo y los efectos de los partidos políticos en la estructura del mismo. Tras una introducción histórica sobre el tratamiento de los partidos en la literatura y en la práctica política alemanas hasta la primera guerra mundial, el autor expone el surgimiento del concepto Estado de partidos durante la República de Weinar a través de las tesis favorables de Thoma, Kelsen y Radbruch, de las críticas o de rechazo de Koellreuter, Cari y Triepel y de la posición matizada o intermedia de Leibholz. A partir de la segunda guerra mundial se produce la constitucionalización de los partidos, es decir, su entrada en los textos constitucionales como institución fundamental del Estado democrático, vinculada a la repulsa del Estado autoritario y del totalitario. Después de estos antecedentes es analizada la democracia de partidos capítulo en el que destaca la afirmación del carácter imprescindible de los partidos en una democracia y el análisis de las funciones que desempeñan, y el Estado de partidos calificado por el autor como la única forma de Estado democrático posible en nuestro tiempo, en el que se analizan las relaciones entre el sistema de partidos y los. órganos políticos del Estado y la incidencia de aquél en la división y ralación de poderes. El libro concluye con un capítulo dedicado a los límites del Estado de partidos: jurídicos (la Constitución y la Ley) y funcionalesinstitucionales (la Administración y la Jurisdicción) y como anexos recoge un estudio sobre El Estado de partido único brillante análisis del sistema comunista soviético, del fascismo y del nacional- socialismo, y la legislación de partidos de la RFA, Austria y Portugal. El libro de García- Pelayo es excelente y constituye una importante aportación al conocimiento de la verdadera realidad del actual Estado democrático. No obstante, y aunque el autor apunte alguno de sus riesgos e insuficiencias (la práctica invalidacción de la división de poderes, la posibilidad de tensiones entre la lealtad al órgano político o a la sociedad y al partido, los problemas derivados de la estricta disciplina de voto, falta una recapitulación final que analice éstos y otros problemas y proponga posibles soluciones. En general, el libro encierra una visión demasiado favorable, optimista o ingenua del Estado de partidos, que si bien constituye actualmente la forma del Estado democrático no puede negarse que se encuentra en el centro del actual debate acerca de la crisis de legitimidad. El imperio inmoderado de los partidos (que sólo representan a una exigua proporción de la sociedad) puede conducir a una falsificación de la democracia que implique la dictadura de la mayoría o, peor aún, de la burocracia del partido vencedor, a través de la suplantación del todo (la voluntad popular) por la parte (la voluntad de la dirección. del partido) El principio de la división de poderes de los dirigentes del partido vencedor que controla el Parlamento (mediante la elaboración de listas cerradas, la férrea disciplina de voto y la aplicación efe facto del mandato imperativo, que producen la disminución de la dignidad del diputado y, consiguientemente, del Parlamento mismo) el Gobierno, el Poder Judicial y demás órganos políticos. El mismo García- Pelayo ve acertadamente ciertos peligros cuando afirma que si bien el Gobierno no es neutral en cuanto a la orientación política a desarrollar, sí ha de serlo en cuanto a la concurrencia entre los partidos, es decir, no puede utilizar (el partido) al Gobierno como instrumento de perpetuación de una determinada política, ni puede pretender una identificación de partido y Estado (página 109) Todo esto, unido a la inevitable tendencia al crecimiento del poder, hace que hoy más que nunca sea necesario reivindicar la teoría liberal de la limitación del poder como freno al riesgo del totalitarismo porque, aunque algunos lo olviden, la democracia no constituye una garantía contra el totalitarismo. Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA E SCRITO desde una óptica hostil al Gobierno conservador británico, este libro analiza el quinquenio 1979- 84 y procura demostrar que, pese a lo anunciado por la señora Thatcher y repetido por sus opositores, las modificaciones económicas fundamentales han brillado por su ausencia. Thompson distingue dos planos del problema: hay un nivel retórico en el que sin duda el estilo cambió mucho, pero, ello no fue así en el nivel de la puesta en práctica de la política económica. El autor arguye, así, que los logros antiinflacionarios de la thatchernomía tienen menos que ver con un declamado monetarismo que con una depresión real plenamente compatible con un esquema keynesiano. La tesis central del libro es que una economía capitalista moderna, compleja y profundamente imbricada con la realidad del mercado mundial presenta restricciones e inercias tan importantes que la historia de la economía británica no habría sido muy distinta si el Gobierno hubiese estado en manos laboristas. El contexto internacional de la década de 1980, signado por una creciente y generalizada incertidumbre, ha llevado al surgimiento de nuevos mercados en un proceso que se ha desarrollado independientemente de los Gobiernos: éstos no han hecho más que adaptarse a una nueva realidad. La reivindicación conservadora de una mayor competitividad y de un retroceso en la intervención estatal no ha pasado- sostiene el autor- de la oratoria política. Muy poco ha aumentado la competitividad de fronteras para adentro, y la intervención pública se ha mantenido, si bien alterando en ocasiones su apariencia externa. Critica la política de privatizaciones con el argumento de que se ha modificado apenas la titularidad de una fracción de la propiedad estatal, pero la esencia de las empresas públicas monopólicas ha sido preservada: el monopolio subsiste. En al menos dos planos la crítica de Thompson es injusta. Por una parte, el que un presidente haga menos de lo que prometió y que en la práctica las cosas vayan más despacio y resulten más complicadas de lo que proclaman los políticos es algo bastante natural. A uno le gustaría que el señor Thompson se recrease con las promesas de los socialistas españoles con anterioridad a 1982. Por otro lado, aun con todas las prevenciones y reparos que se quieran, la política de los conservadores ingleses ha obtenido resultados positivos indudables reflejados, entre otros aspectos, en las urnas. De todas maneras, queda una aportación de gran interés, que es precisamente la idea de las limitaciones que restringen la acción del Gobierno, fronteras que tanto electores como elegidos harían bien en tener siempre en cuenta. Carlos RODRÍGUEZ BRAUN