Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 6 DE JUNIO DE 1987 ABC DE LA TRADICIÓN como pertinentes. Pocas músicas nos suenan aún más vivas que los acordes del romancero y de la lírica popular que brota de los manantiales de la Edad Media. Pero el marqués de Santillana y los scientíficos varones que lo coreaban eran sordos a la cadencia de los romances e cantares sin ningún orden, regla ni cuento de que las gentes de baxa e servil condición se alegran Fácilmente sigue prendiéndonos la serena armonía del endecasílabo. Pero a Boscán y a Garcilaso bastantes les dezían que este verso no sabían si era verso o era prosa El tema del historiador- e s mi casoson los textos en los tiempos y, en particular, el tenaz, cambiante diálogo de la obra singular con las múltiples fases de la tradición. No es el gozo menor de esa tarea comprobar que cada cota que alcanza la literatura nueva ahonda además la vieja y enseña a descubrirle horizontes no sospechados. Que lo presente, pues, también opera sobre lo pasado, ejerce influencia en lo pasado. ¿O acaso sin modernismo y noventa y ocho, sin vanguardias y veintisiete, podríamos hoy hacer justicia tanto a Santillana como a los romances o cantares medievales, a Garcilaso y Boscán igual que a los trovadores de cancionero que no distinguían el endecasílabo de la prosa? La literatura es el ámbito de discurso acotado por la tradición: por el silencio de un público al alzarse el telón, el blanco de la página, la atención de los connaisseurs. Y pocos testimonios mejores de la fuerza de la tradición que el fervor de todas las vanguardias, tanto en denostar a los padres, a los maestros inmediatos, cuanto en idolatrar a los abuelos, en rastrearse precursores que los amparen... La tradición da vida a la obra nueva hasta por la vía del error. García Lorca leyó mal el verso 235 del Cantar del Cid: Apriessa cantan los gallos e quieren REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA A C E c a s i un milenio, Mammata, el sutilísimo doctor sánscrito, explicaba que la poesía logra una manifestación más honda de la realidad porque en ella se hacen presentes los vestigios de pasadas encarnaciones. En la palabra poética, résurgence d une trace ancienne afloran todos los avatares que en multitud de transmigraciones ha conocido el alma del lenguaje. Jorge Luis Borges regaló a un fingido Gaspar Carnerario el dístico más hermoso del Renacimiento, bajo el epígrafe de Le regret de Héraclite: H Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach. A la luz de Mammata, ese Heráclito con acentos de tango podría muy bien entenderse como un emblema de la literatura. Pues a uno y a otra el recuerdo de quién sabe cuántas existencias anteriores les agrava la melancolía de no haber tenido y el deseo de tener aún una vida nueva, de poseer una belleza no conquistada. Por cien vías se comprueba la medida decisiva en que la literatura es tradición: memoria, historia, que la alimenta y la empuja hacia adelante. Se comprueba por la imposibilidad de apreciar un libro sin vincularlo previamente a una determinada categoría o contracategoría literaria: Alonso Quijano enloqueció por un matiz en el deslinde de géneros cercanos, porque hacia 1600 la idea de ficción no era de recibo para los relatos en prosa. Se comprueba por la perentoriedad con que no pocas obras exigen ser descifradas y saboreadas al hilo de otras obras, y por la pertinencia de bastantes en tomar a la literatura como argumento o hasta en contarse a sí mismas como historia de la literatura: quien vea El caballero de Olmedo sin advertir las continuas reminiscencias de La Celestina no podrá apreciar con qué angustiosa ironía la sombra de un final trágico se cierne incluso sobre las escenas más jocosas de los personajes lopeveguescos; quien lo vea sin descubrir que el argumento último de la pieza es referir cómo nació el cantar Que de noche le mataron... habrá perdido todo el meollo de la acción dramática. Inútil multiplicar los ejemplos. Veinte o treinta años atrás, en los días de mi juventud, muchos queríamos confiar en la existencia de ciertas propiedades formales intrínsecas y de suyo capaces de dar a un mensaje verbal la dimensión de obra de arte literaria. Antes o después hemos aprendido que esas propiedades presuntamente intrínsecas ni siquiera son perceptibles, si cada altura de la tradición no las determina y las acoge quebrar albores Pensó que el sujeto de quieren era gallos y no albores (nos hallamos ante una perífrasis equivalente al cliché comienza a despuntar el alba No se equivocó, sin embargo, en la imitación: Las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora. Y nosotros no sólo no sabemos repetir ese verso 235 sin acordarnos de Lorca, sino que, al hacerlo, nos descubrimos con una percepción más intensa del Cantar, obligados a explorarlo con ojos más abiertos. Por ahí pronto nos encontramos con tonos y maneras inequívocamente lorquianos en la poesía medieval (por ejemplo, en las endechas a Guillen Peraza: No eres palma, eres retama, eres ciprés de triste rama... y aprendemos a revisar la literatura de antaño según patrones introducidos por Federico. Sin anacronismos, pero con perspectivas y horizontes más anchos, dispuestos a no desperdiciar ninguna posibilidad de lectura, oyendo al par las voces y los ecos. Nuestro tiempo no tiene estética, ni aun estéticas, a fuerza de transigir con todas y verlas nacer y morir en un pestañeo. En el hormiguero se anulan las diferencias advertía Octavio Paz en 1972; e iba ya derecho al grano: No digo que vivimos el fin del arte: vivimos el fin de la idea de arte moderno Quince años después, todavía es más patente que la posmodernidad (con perdón) anda sin idea de sí misma ni normas con que juzgarse. Han pasado las vanguardias. Las consignas han sido olvidadas. Tal cual preceptiva que aspiraba a reemplazarlas ha resultado tan estéril y fugaz como otras incontables modas. Queda, eso sí, el logro singular de cada obra, con la aventura personal del escritor y del lector. Pero ¿quién se atreve hoy a alzar bandera para generalizar unas convicciones que cada vez se sienten más en tanto individuales? Cuando el presente es incierto y se contempla es ocaso del futuro (el diagnóstico sigue siendo de Octavio Paz) la tradición se nos ofrece como una óptima carta de marear: las calidades del texto moderno capaces de perdurar más allá del contexto próximo nos las mostrará la tradición, en cuya pluralidad contrastaremos nuestras estéticas. No hemos de temer que de ahí se origine ningún neoclasicismo, sino confiar en que se dibujarán unas coordenadas donde libremente aprenderemos a situarnos y reconocernos. Pocas opciones mejores: si difícilmente es posible el entusiasmo de la innovación, que nos sirva de guía la lucidez de la conciencia histórica, en el diálogo de tradición y modernidad. Francisco RICO de la Real Academia Española r DESCUBRA- v EL MUNDO DEL SOFÁ CñMfl CARRANZA, 25 MADRID