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A la izquierda, el vicepresidente del Gobierno abre la sesión. Junto a él aparecen Pedro Lain Entralgo y Alonso Zamora Vicente. Arriba, Alfonso Guerra y Francisco Rico. Bajo estas líneas, entre los asistentes, Dalmiro de la Válgoma, Elena Quiroga, Carlos Seco Serrano y José María Alonso Gamo. Detrás aparece José Manuel Blecua Guerra presidió el ingreso de Francisco Rico en la Academia E L vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, presidió ayer tarde la ceremonia de ingreso en la Real Academia Española del escritor y filólogo Francisco Rico Manrique. El nuevo académico pronunció su discurso de recepción sobre Lázaro de Tormes y el lugar de la novela Le contestó, en nombre de la Corporación, el académico Fernando Lázaro Carreter. Y es que fue la tarde de los taxis y las acacias. Siempre la Academia suele abrir sus puertas una hora larga antes de empezar los actos. Ayer no. Ayer nos dieron con la puerta en las narices. A las seis sólo cafa por la calle de Felipe IV un sol de justicia reclamando el verano. Quienes llegábamos no teníamos más consuelo que la sombra de las acacias. Nos dijeron que todo era por medidas de seguridad. Y lo cierto es que por allí andaban policías municipales, guardias de seguridad, secreta de paisano con teléfonos portátiles, todo en un rebullir que nos tenía mareados. A los coches no les dejaban acercarse al portal de Felipe IV, 4. Menos mal que parece que todo el mundo se había puesto de acuerdo y aquello era la cita de los taxis. El 16 ABC primero en llegar y hacer sombra fue el poeta Rafael Morales, recién jubilado, que prepara un nuevo libro de versos. Conversa, bajo el dosel verde, con la catedrática Mercedes Estreros. Como no tenemos otra cosa que hacer, nos dedicamos a ver la gente que llega. Así, vemos a Martín de Riquer, que viene en coche con el director de La Vanguardia Francesc Noy. Pide Riquer que le dejen entrar unas maletitas en la Academia, y aceptan a regañadientes. Noy se queda en la calle. Todas las sombras están ya repletas. Fernando Fernán- Gómez, inteligente y perspicaz, otea desde el taxi el panorama y ordena al conductor que le dé otra vuelta por ahí. El primer académico que llega es Gregorio Salvador y su mujer. Luego, Elena Quiroga y Dalmiro de la Válgoma. Gregorio Salvador y Manuel Alvar, pese a sus chaqués protocolarios, se quedan de tertulia en la calle. Llega Dámaso Alonso, en traje oscuro, con sombrero, y la medalla de académico sobre la corbata gris de seda. A las seis y veinte, en taxi también, y solo, arriba a la Academia Francisco Rico. Se queda en la tertulia callejera. A las seis y ventián- co, en un Mercedes negro, se produce el revuelo y llega Alfonso Guerra. Fue el único coche que dejaron estacionar. Intentaron abrir de par en par las hojas de la puerta, pero no daba tiempo. El vicepresidente pasó y volvieron a cerrar. Aún no habían llegado ni Laín ni Lapesa, que venían inmediatamente detrás de él. Hubo ese trajín típico del no saber qué hacer. Y eso que nosotros seguíamos en la calle. Lázaro Carreter recibe abrazos y parabienes. Colino viene en traje de calle, al igual que Alarcos. Al filo de las seis y media, abren, por fin, las puertas, mientras dos turistas espigadas, con pantalón corto, preguntan a los guardias que de quién es el mercedes y que qué pasaba en el interior del edificio. Ahora llega Miguel Dole, y acoge felicitaciones por su premio nacional. Se va llenando la sala. Carlos Seco Serrano, Luis Manzanares, Miguel Pérez Reviriego, Fernando Fernán- Gómez, que por fin se animó a entrar; José Manuel Blecua y Luis Carandell. Los que no han aguardado ni sombrilla ni cola se quedan de piedra al llegar ahora por las escaleras de mármol y encontrarse de frente a Alfonso Guerra, a quien Laín y Zamora Vicente están enseñando el edificio. Hay bastantes académicos: juntos, Valentín García Yebra y Antonio Buero Valtejo; Carmen Conde y Joaquín Calvo Sotelo; Emilio Lorenzo Criado, con ese humor envidiable, y Pepe García Nieto. Hay comentarios en voz baja: la presencia de Alfonso Guerra ha producido serios roces protocolarios. Salvo el director de la Academia, sólo pueden presidir las sesiones el Rey o el ministro de Cultura. Son cosas que oigo. Veo a Manuel Alvar y a Mariano Yela, y en el salón se han acomodado ahora José María Merino y el poeta Luis Antonio de Villena. Francisco Yndurain saluda al nuevo académico. Oigo más comentarios: no han venido ni Torrente Ballester ni el duque de Alba, tan ligados a Francisco Rico. En la biblioteca se forman grupos y el nuevo académico conversa detenidamente con Alfonso Guerra. A las siete y diez se forma la presidencia. Guerra, escoltado por Laín y Zamora Vicente, abre la sesión. Y los académicos Carlos Bousoño y Gregorio Salvador salen a buscar a Francisco Rico. Con un punto de despiste, por lo tarde de la hora, VIERNES 5- 6- 87