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74 A B C EN LA MUERTE DE UN ESPAÑOL UNIVERSAL JUEVES 4- 6- 87 Noventa y cuatro años de genialidad pulsados con sencillez Su humanismo impuso el buen gusto a una técnica virtuosa Madrid. Servicio de Documentación Andrés Segovia, el hombre que iba a pasar a la historia como el introductor de la guitarra española en el ámbito de la música clásica, nació en Linares (Jaén) el 21 de febrero de 1989. De familia modesta- sus padres tenían un pequeño taller de carpintería como única fuente de recursos- fue prohijado muy pronto por unos tíos en buena posición económica y residentes en Villacarrillo, población donde pasaría la infancia. Su vocación musical se despertó a los cinco años, después de que oyera tocar a una banda militar, y sus tíos, a pesar de que habían planeado para él un futuro de farmacéutico, no se opusieron a ella, sino que, antes bien, le hicieron recibir lecciones de solfeo de un violinista, cuyos equivocados métodos pedagógicos, sin embargo, a punto estuvieron de hacerle aborrecer la música. En Granada, a donde pasó a vivir posteriormente, descubrió la Andrés Segovia guitarra, apasionándose por e l l a lo que- ahora, s í- suscitó la reprobación de sus tíos, siendo ésta la causa de que se viera obligado a aprender solo y a escondidas solfeo y teoría musical, y de que no se entregara al estudio de su instrumento musical favorito hasta la muerte de sus protectores. Habiendo muerto su primera esposa, contrajo segundas nupcias en 1935, siendo fruto de este matrimonio una hija. Y poco después, viviendo en Barcelona, estalló la guerra civil. Fue el único período de mi vida- declararía ya muy anciano- en que no toqué la guitarra. Nuevamente viudo, en 1961 contrajo matrimonio con su antigua discípula Emilia del Corral- ella tenía dieciocho años; él, setenta- de la que tendría un hijo en 1970, sin que, a pesar de su avanzada edad cesara de dar innumerables conciertos. Al mismo tiempo, los honores se acumulaban sobre su persona: miembro de honor de la Musikaliska Akademia, de Estocolmo, y de la Academia de Santa Cecilia, de Roma; miembro de número de la Real Academia de Bellas Artes, de Granada, y de la San Fernando, de Madrid; gran cruz de Isabel la Católica, de Alfonso X El Sabio y de la Beneficencia; medalla de oro al Mérito en el Trabajo, de la Dirección General de Bellas Artes de las provincias de Granada y de Jaén, del Museo Héctor Villalobos; doctor honoris causa por las Universidades de Santiago de Compostela- junto con José Miguel Ruiz Morales, Andrés Segovia había fundado, a fines de la década del cincuenta Música en Compostela, una academia de altos estudios musicales de decisiva influencia en la evolución de la música española- Oxford, Cádiz, Autónoma de Madrid y Tokio. Andrés Segovia, quien a fines de los años sesenta había instalado sus cuarteles generales en una finca, Los olivos que se hiciera edificar entre Nerja (Málaga) y Almuñécar (Granada) y siguió dando conciertos hasta una edad increíblemente avanzada, consideró siempre que el máximo reconocimiento de su obra fue la concesión que le hizo en 1981 el Rey Don Juan Carlos I del título de marqués de Salobreña. Un siglo al servicio de la música Madrid. S. D. 1893: Nace en Linares (Jaén) el 21 de febrero. 1908: Prohijado por unos tíos que le hicieron recibir lecciones de solfeo de un violinista, ofrece su primer concierto en el Centro Artístico de Granada. 1912: Presentación oficial en el Ateneo de Madrid. 1920: Contrae matrimonio con la pianista Paquita Madriguera, el 22 de diciembre. De los dos hijos habidos en el matrimonio tan sólo sobrevive Andrés. 1924: Inicia sus giras europeas. París es su primer contacto con el mundo internacional, que le consagra como el mejor guitarrista del mundo. 1935: Fallecida su primera esposa, se une a la luso- brasileña Olga Coelho. Tuvieron una hija, que murió en Guatemala a los veintiocho años de edad, víctima de una afección pulmonar. 1959: Recibe la medalla de oro de Granada y el diploma de honor de Nueva York. Es nombrado hijo predilecto de Linares. 1961: Emilia Corral, una antigua discípula, se convierte en su tercera esposa. 1963: Doctor honoris causa por la Universidad de Santiago de Compostela. 1970: Nace en Londres su cuarto hijo, Carlos Andrés. Es nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de Granada. Doctor honoris causa por la Universidad de Oxford. 1973: Doctor honoris causa por la Universidad de Tokb. 1974: La Fundación Leonnie Sonning, de Copenhague, le distingue con su premio anual, que en años anteriores había recaído en Arthur Rubinstein o Yehudi Menuhin. Doctor honoris causa por la Universidad Autónoma de Madrid. El Museo Héctor Villalobos, de Brasil, le entrega su medalla de oro. 1978: Ingresa en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su discurso fue contestado por el maestro Moreno Torroba. Miembro de honor de la Academia de Estocolmo y de Santa Cecilia, de Roma. Recibe la gran cruz de Isabel la Católica y de Alfonso X el Sabio. 1981: El Rey Don Juan Carlos I le otorga el título de marqués de Salobreña. Obtiene, junto con Fernando Remacha, el Premio Nacional de Música. 1983: Se crea la beca Andrés Segovia, patrocinada por la firma Loewe y el Departamento de Música de la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Nueva York. 1985: Recibe el premio anual de la Fundación Ernst von Siemens, de la República Federal de Alemania. Recibe la medalla del Sol Naciente, máxima condecoración japonesa. 1986: La industria discográfica norteamericana le otorga el premio Grammy por la labor de toda una vida. 1987: El 5 de abril ingresa en el centro médico Cabrini, de Nueva York, aquejado de una irregularidad cardiaca tras una agotadora gira que comenzó a principios de marzo y que le llevó a Los Angeles, Miami, Chicago, Detroit y Nueva York. En la madrugada del 3 de junio fallece repentinamente en su domicilio de Madrid. Una eternidad por delante La figura de Andrés Segovia ha sido mítica en la historia de la guitarra moderna. Cierto es que hubo gente como Llovet y Tárrega que la sacaron del contexto folclórico que. la había enconsertado hasta entonces. Pero la auténtica modernidad comienza con Andrés Segovia. El fue el primero que solicitó la colaboración de músicos contemporáneos para incorporarlos al repertorio guitarrístico. A él le dedicaron obras autores como CastelnuovoTedesco, Turina, Casella, Villalobos o Falla. Pero, a pesar de todo, la importancia y la gloria de Segovia se basaban, en mi opinión, en su inigualable pureza de sonido; en la fuerza expresiva de su pecularísima dicción que, exaltada o mórbida, convertía sus interpretaciones en un fenómeno seductor. Conocí al maestro hace ya muchos años, pero, dado que sus visitas a Barcelona eran poco frecuentes, sólo nos veíamos muy de cuando en cuando. Estuve con él hace dos décadas en un curso en Santiago. Coincidimos después en Madrid y en Granada. En cierta ocasión, una emisora de radio catalana le otorgó un premio, y él me llamó desde Madrid para rogarme que lo recogiera en su nombre. Recuerdo que cuando me trasladé a su casa para entregárselo, cayó sobre mis ojos un alud de galardones: no había sitio en las paredes de su estudio para acoger tantos diplomas y tantas actas de homenaje. Volvimos a encontrarnos, por última vez, hace tres años. El maestro ofrecía un recital en el Camegie Hall neoyorquino y yo no pude asistir porque aquella noche estaba fuera. Me dijeron después que su éxito había sido apoteósico. Por entonces, varias entidades, entre ellas la Universidad de Nueva York, le dedicaron diversos agasajos. En la fiesta a la que asistimos juntos, el maestro estuvo en pie un par de horas, con su inseparable bastón apuntalándolo. Era ya nonagenario y me maravilló su energía, su vitalidad, su fuerza inextinguible y un punto inexplicable. Entonces le pregunté si todo aquel sarao, si el continuo bullicio en torno a su figura no le agotaba un poco, si no le desbordaba. Y él me respondió, con una de aquellas sonrisas suyas infinitamente grandes; Aún no estoy cansado; ya tendré toda una eternidad para el descanso. Xavier de MONTSALVATGE