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GENTE ¡Ay, pobres! UCHOS madrileños se han conmovido ante la noticia de que unos facinerosos han arrojado al Manzanares a un tipo al que fueron a atracar y al que no pudieron sacar ni un miserable puñado de parné por llevar los bolsillos más pelados que un erial estepeño. Chapotear entre los patos y las miasmas fétidas, ese es el premio que reciben en nuestra ciudad aquellos que no disponen siquiera de un rebujo de papel moneda para saciar la codicia del sirlero de turno. Porque no nos engañemos: no es aquel que lleva la cartera bien repleta quien debe ser temeroso de la inseguridad ciudadana, sino el que no dispone del pecunio suficiente para hacer rentable el esfuerzo del apandador, y que luego tiene que pagar las consecuencias de su ira. M ¿Qué hacer con los pobres de Madrid? ¿Que Barranco les suminestre flotadores por si la eventualidad los hace acabar en el lecho del aprendiz de río? Pobre consuelo, acabar con salvavidas de patito junto a las palmípedas que le picotean las orejas. No, los pobres requieren otro tipo de solidaridad para salvar su vida, o por lo menos, para hacer su fugaz y miserable tránsito por este mundo más agradable. Hay quien piensa que es fácil en esta ciudad vivir y beber sin gastar un duro. Esto es cierto cuando se tienen relaciones y a uno le invitan a todos los cócteles y fiestas que se celebran por doquier. O cuando se es Solchaga y le convidan a copas en todos los restaurantes. Pero que no ose tocar un canapé ni sorber el néctar del cava aquel que, vestido con retales de saldo calle- Juan Barranco boga bajo los puentes por los votos de los pobres en el Manzanares jero y mugre en las canillas, intente mover el bigote a cuenta ajena, porque un diligente empleado de seguridad hará una transformación de cien metros de un puntapié en su trasero digna del mejor pateador de rugby neocelandés. No costaría mucho reavivar el sentimiento caritativo hacia los necesitados y actualizar aquellas campañas de Siente a un pobre a su mesa convertidas en este caso en Invite a un pobre a su discoteca Así, un día a la semana, los locales de moda podían dejar traspasar su umbral a los indigentes. Los porteros, todo sonrisas, les acompañarían hasta el vestíbulo y les ayudarían a quitarse su abrigo andrajoso, los camareros les servirían sus cubatas de garrafa con exquisita educación y las muchachas en flor bailarían con ellos, acariciarían sus grasientas greñas y besarían sus bocas desdentadas, sabiendo que el verdadero valor del hombre está en la grandeza de su espíritu y no en el tamaño del Porsche aparcado en la puerta. De este modo, los menesterosos podrían volver a la calle con el corazón henchido, exaltados por la embriaguez de vida, sin importarles ya que los devoren las ratas o los arrojen al río. Ver Joey y después morir, que diría el beato Apolonio de Usera. Jorge BERLANGA No son felices E lo que aquí se dice no se han de dar por aludidos los pobres comunes, es decir, todos aquellos que forman la espina dorsal de sectores como el transporte público, la pequeña, mediana o gran empresa, los que van en la parte trasera o delantera de los taxis, o los que dedican su tiempo a procurarse esa especie de jet lag que produce el trabajo. No, no son ellos, a quienes va dirigido, sino a los pobres que lo sean de solemnidad, que tienen, al fin y al cabo, las mismas costumbres, preocupaciones y vocabulario que los ricos, siempre que lo sean, igualmente, de solemnidad. Claro que nadie piense que esto vaya a calar en los ojos de ninguno, dada la utilización que hacen de la Prensa, o sábana para tapar los fríos en un banco de parque (referido, claro, a los pobres de solemnidad; aunque, en los ricos y obviando la palabra parque... Tienen los pobres y ricos de solemnidad, como digo, costumbres parecidas: trátese, por poner un caso, de encontrar a unos y a otros D A Sahagún, como a fray Toribio de Benavente, los lugareños lo saludan al grito de ¡Motolínea! que en nahualt quiere decir pobreza dos días seguidos en el mismo sitio y a la misma hora; o de sonsacarles qué y dónde van a comer hoy. Mírese que no visten, hablan o viajan como los demás, y, desde luego, no comparten con los demás ni una sola preocupación. Son unos excéntricos, pero (hasta en eso se parecen) tanto a unos como a otros se les admite. Trate usted, en cambio, de ser excéntrico y verá lo que le dice, sin ir más lejos, su portero. Ricos y pobres de solemnidad desconocen, juntos, un buen trozo de diccionario: uno les puede aturdir con palabras como compra a plazos carne (o es mentira, o es un a modo de rudimentario pathé) declaración deducción preocupación En fin, que, a espaldas nuestras, los pobres y ricos de solemnidad se entienden. Pero para qué nos vamos a engañar no son felices y todo el mundo lo sabe, porque, para impregnarse de felicidad, hay que ser carne de impuesto y de transporte público. E. R. MARCHANTE SÁBADO 30- 5- 87 ABC 115