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GENTE Nuestros fluidos corporales Ricas y famosas Los viernes, locura Nueva Orden mendicante O no sé si vivimos el mejor momento de nuestra historia desde hace cuatrocientos años como dice Alfonso Guerra. Lo que sí me parece poco discutible es que vivimos en la sociedad más obsesa y perversa que la Humanidad haya nunca conocido. Y esto viene a cuento de la reciente moda, según la cual un político no puede vaciar su al fin y al cabo humano rijo a riesgo de ser declarado inapto para el ejercicio del poder. Me explico. T ODAVÍA no ha llegado el verano y ya se han lanzado todos los bussinessnight- men a montar e inaugurar chiringuitos. Es la carrera del año. La primera terraza, la primera fiesta, el primer éxito... ¡Y yo con estos pelos! -me grita, totalmente histérica, una conocida loca de la noche. Hago caso omiso de los ataques estéticos de mi amiga y me decido a abrir la primera invitación de la temporada. Rebeca. Nombre sugestivo para una no menos sugestiva chica que te incita a que vayas a tomar una copa. Que ella te invita. Que no faltes. Que a lo mejor... Y voy. Es decir, vamos. Mi compañera ha encontrado una peluca y, de momento, está mucho más tranquila. Llegamos, como siempre, con retraso. ¡Están todos! -comenta, exaltada- Sólo algunos -l e contesto- mientras logro despistarme y acercarme a la llenísima barra. Ya en buena posición, y esperando la copa que me ha prometido el modelón- cajero, me entretengo identificando rostros. Por allí asoma Pedro Almodóvar, siempre rodeado de sus secuaces, peinado al más puro estilo afro. Inclinado totalmente en la barra, uno de los de Peor Imposible insiste en qu le pongan más cor pas. Hablando con no- sé- quién, Alberto García- Alix hace sombra a cualquier rocker con sus cuidadas patillas. Por todos los lados aparecen modelos, diseñadores, algún que otro actor y, sobre todo, dependientes de los que ahora mueven a la gente. ¡Qué plaga! O lo que es peor: ¡Qué aires llevan! Cambio de escenario: la terraza de Aire. Imposible dar un paso. Nos volvemos a ver todos, pero ahora cien metros más arriba. Menos dependientes y más niñatos. Esperaré a que se vacíe. Ya cansadas, pero con coche incluido, se nos ocurre cambiar de ruta y aparecemos en el Oh! Todo un año sin visitarlo, y lo mismo de siempre. Grupos de féminas hiper- maquilladas deambulan por los pasillos del antiguo palacete, mientras que las más lanzadas contonean sus caderas al son de una música bailonga. Salimos al jardín y le vernos. ¿Tú crees que es él? No lo creo; estoy segura. Simón Le Bon observa, escucha y calla. Una dispuesta azafata l indica dónde puede emborracharse, dónde desmadrarse y dónde perderse. Atento, hace caso al primer ofrecimiento, y se aleja para refugiarse en los vapores de Baco. ¡Qué piernas tan largas! grita una tan desesperada. Es el momento de largarse. La cosa se pone caliente. Vuelta al casco urbano. Calle Barquillo. Lleno total. Nos cruzamos con un grupo de lo más variopinto. Bibí Andersen, Manuel Pina, Enrique (sin Ana) y un negrito prototipo- cañón salen con los estómagos llenos de El Café. Aquí no hay quien aparque Y es que los viernes (sin trece) son una locura. Beatriz CORTÁZAR 114 ABC Y La historia de Gary Hart con Donna Rice no es la primera; recuérdese el turbio asunto del li- cho a exigir moralidad a un político si a la vez exige y se exige a sí misma moralidad en sus comportamientos sociales. Sin embargo, la imagen que nos muestra la sociedad actual (y, curiosamente, sobre todo en las culturas anglosajonas, que es donde más efecto tienen estos deslices político- amatorios) es la de una sociedad profundamente corrupta. Se encuentra uno la pornografía en la calle con sólo recorrer dos manzanas, los índices de delincuencia son extraordinariamente elevados, la televisión nos permite presenciar prácticamente una violación diaria, los periódicos de gran tirada publican cotidianamente y con la mayor buena conciencia diversas técnicas de adulterio al alcance de cualquier niño; y, sobre todo, la violencia social, que ha existido siempre, alcanza, sin embargo, en nuestro tiempo cotas de sofisticación y de frialdad que dejarían boquiabierto a cualquier salvaje vengador del siglo XV (Cf. a este respecto el capítulo Violencias salvajes, violencias modernas del libro de Gilíes Lipovetski La Era del Vacío, Barcelona, 1986) Vivimos, pues, en una sociedad profundamente antimoral que, sin embargo, exige moralidad; una sociedad corrupta que parece como si necesitara engañarse a sí misma en ese espejo deformante que son los discursos puritanos de los medios de comunicación de masas. Una opinión pública histérica y esquizoide que encuentra en la buena conciencia de los discursos morales oficiales una evasión a la corrupción del entorno social. Me parece que fue Rene Guénon quien dijo que la jerarquía de lo sagrado debía poner en primer lugar el rito, luego el dogma y, después, la moral. Las sociedades contemporáneas han invertido los papeles. Privilegian la moral sobre el dogma y olvidan por completo el rito. No sería coherente hacer juicios de valor al respecto, pero es evidente que la dictadura de la moral laica, de ese puritanismo pequeño- burgués que nos inunda, no es sino una forma radical y exclusiva de tiranía social. Contra un déspota, uno se puede levantar; contra la represión generalizada que por todas partes- y por eso mismo, invisiblemente- te atenaza, la única solución es la automarginación o el suicidio. Esta técnica de dominación es bien conocida y todos los totalitarismos la han utilizado con fruición, y entre esos totalitarismos incluyo el de la publicidad, que te obliga a ser como los demás so pena de convertirte en un descolgado Pero es que esa puritanización de la vida social es más terrible aún, si además, va ligada a una absoluta inexistencia de ética social. Del cada uno en su casa y Dios en la de todos que equivale a decir: haz con tu vida lo que quieras, pero con la nuestra respeta las normas hemos pasado al eres libre de hacer lo que te de la gana, pero que no te pillemos en un renuncio y, lo que es peor, hemos accedido a ese estado de vigilancia constante en nombre de la libertad. Que yo sepa, la capacidad de uno para desempeñar una función social no tiene nada que ver con la intensidad de su rijo. Si éste le interfiere con sus obligaciones, entonces debe renunciar. Pero pensar que una infidelidad conyugal implica incapacidad política es lo que podríamos llamar una pasada. Y conste que no siento la menor simpatía por Gary Hart. José Javier ESPARZA SÁBADO 30- 5- 87 Frente a la sociedad más obsesa y perversa que la Humanidad haya conocido surge el rostro angelical de Maribel Verdú- -hada madrina de los lectores de estas páginascomo única esperanza beral inglés Jeremy Thorpe- por entonces se dijo que había hasta homosexualidad de por medio- o los más recientes deslices de otros políticos casualmente también británicos. Posiblemente hay muchos más ejemplos en la historia reciente que mi corta edad y mi mala memoria me impiden citar. El caso es que a estas gentes un escándalo de faldas les apartó del poder. Hubo gran escándalo en los medios de comunicación, y los contertulios de las tabernas inventaron chistes al respecto; de golpe, el político en el que aparentemente se confiaba se convierte en un cachondo y pierde toda credibilidad moral. Y bien, aquí es donde yo quena llegar: al escándalo moral de un político infiel. En este mismo periódico pudimos leer lo que es la opinión común entre los ciudadanos norteamericanos: el pueblo norteamericano tiene derecho a conocer las interioridades del hombre al que van a entregar su destino por cuatro años Supongo que una sociedad tiene dere-