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30 mayo- 1987 yo, quién seré yo? Persiste la niñez frente a una inmensidad superior al univer. so (Jorge Guillen) Esta pregunta del poeta de Cántico sirve de bandera a la entrada del libro de Francisco Pino Cuaderno salvaje, uno de los cuatro volúmenes de este poeta que en unos pocos años nos ha dado a conocer Jesús Munárriz en ese esfuerzo de poner a nuestro alcance la poesía más interesante que puede encontrar, y no precisamente con fines comerciales. ¿Y yo, quién seré yo? es pregunta que ha tenido que hacerse Francisco Pino en muchos momentos de su vida y que ahora podrán haberse hecho muchos de sus probables lectores, porque el autor de Así que no es nombre fácil de encásilfamientos ni de cómodas clasificaciones, pero que no se tenga tampoco por un poeta olvidado. Algunos- ¿ó muchos? ¿cuántos son, en definitiva, los suficientes? sabemos bien quién es Francisco Pino en la poesía española del siglo. Nacido en 1910, pieza importante de una generación que pudo llamarse perdida- ¿y por qué? después de la genial revelación de la del 27 Francisco Pino con José María Luelmo formó una pareja de delicada y decidida soledad al lado de otros miembros de su grupo de más evidente vigencia. Pero ahí han quedado, en la mejor memoria de los atentos, en la mejor nostalgia también, aquellos brillantes números de efímeras trayectorias, pero que compusieron unas constelaciones de publicación inolvidable: Meseta, Ddooss y A la nueva ventura. Y lo que había sido clarinazo prometedor, sucesión de pasos primeros encaminados a cumplimientos más ambiciosos, se quedaron ahí, en la pureza prometedora de sus felices iniciales. Pero nunca en el olvido. La soledad del poeta es buscada intencionadamente muchas veces. Y las preguntas trascendentes también se las hace con frecuencia el propio poeta, aunque su fortuna acaso esté en no llegar a contestarlas nunca. ¿Y yo, quién seré? de Jorge Guillen... ¿Y si yo fuera otro? de Rimbaud. Y un día Francisco Pino: Pregunto a golondrinas, a cigüeñas, a vencejos, ¿es ésta vuestra patria? Y así otro día la palabra trascendente, la pregunta que puede cambiar toda una vida. Sería la de ese momento en que el poeta se preguntaría, lleno de iluminada confusión: ¿Será ésta mi palabra? Porque Francisco Pino no venía de la ignorancia, no parecía un desasosegado buscador, aunque en sus inquisición poética siempre hubiera inquietantes parajes de insólitas contemplaciones, pero era dueño- y señor- de una expresión. Las formas retóricas y formales se le daban por añadidura, por naturaleza. Sus dotes expresivas y musicales hacían fácil su andadura, no había manquedad alguna en sus búsquedas. Y, sin embargo, un día vino la pregunta, y se dijo: ¿Y por qué ha de ser ésta mi palabra? Y aquí llegó la decisión sublime, y la verdadera originalidad de su nueva soledad. Porque amanecía una aurora que le empujaba a un sacrificado- ¿era un sacrificio? -apartamiento. Adivinó que podía. ser otro y renunció a toda facilidad; sí a aquella facilidad, maja novia de que hablaba Salinas, aunque le quisiera tanto ¡Qué gran lección la de un poeta dotadísi- ABC ÜTcratño ABC V ta ya no caminará por la vaguedad. Un poeta vago es un poeta vago y viceversa, le gustaba decir a Domenchina en sus piruetas yerbales, pero aquí con cuánta razón. Porque en Así que esto no ocurre nunca. Habrá de pronto soledad y abismo, pero el poeta no vagará gratuitamente. Sus adivinaciones se. adelantarán hacia lo que no hemos visto con demasiada nitidez, pero que nos promete siempre alguna forma de paraíso: Dios pinta ía sonrisa I en el lienzo con deleite y olvídase del hpnv bre y de lo muestra al hombre Sí; Juan Larrea muchas veces, y Bfake otras, y tantas Gésar Vallejo, aunque ascendiendo, como puede, hasta más allá de lo tíumanó; como en la Elegía 10 Y gusanos de luz 7 sobre aquella mujer. ¡Olor a brisa deshacía íácarhe! Y no ¡mportándolerporque sabe que su originalidad es una profesión de fe absolutamente incontaminablé, y puede parecerse a modelos que admira, que reencuentra en el tiempo, como a este Guillen, que ya alza en andas desde la cita del poema: Canción más quizá un vuelo que apresura sus límites cántico esa figura de un ánfora medida contorno una cintura un tallo un verso perfectos una luz que pertinaz se acuesta su cuerpo la palabra el alma esa emisión (de esmero que planea en la dicha esbeltez su univer- so ese junco que arqueado se mira en la corriente de un día ya incesante... Indudablemente a Francisco Pino tiene que seducirle Jorge Guillen, porque el autor de Cántico persigue siempre esa belleza que la Naturaleza parece arrancar sólo para que el poeta la tome en el mismo instante de su nacimiento. Pocos líricos con esa desnudez ante lo recién creado. La ventaja de Guillen, para el lector menos acostumbrado, es que el acceso a su mundo se hace más fácil y su fragancia verbal nos contamina siempre de una claridad de asombrosa estirpe. Francisco Pino acaso opere con menor maestría, pero infinitas veces lo hace con más audacia. Opone Guillen un misterio inquietante en el que acaso no quiere dejarnos penetrar: Tiempo- caricia se llama este breve poema: El dolor de una piedra aún más hondo que un sueño quejidos de unos siglos bien tocados bien dormidos el siempre es su deseo le tienen en la mano piensas crees. Y porque la poesía no tiene por qué ser siempre una fiesta, un regalo fácil- y sobre todo acostumbrado- para los oídos; poetas, como el autor de Así que están ahí, escogidos, pocos, vigilantes, con el inquietante conocimiento de que la palabra es una convención, y de que nos creemos demasiado dueños de ella. Los espíritus se aburren muchas veces por creerse monarcas de un reinado que acabapor enmudecer. Pero hay siempre entre los hombres esos sacrificados vivificadores de lo que estaba a punto de decirse. Su oficio nos invita a una aventura, indudablemente arriesgada. Francisco Pino ha caminado solo durante mucho tiempo. Pero existe algo así como la paciencia de las generaciones, porque son ellas las que esperan que un día se revele la voz que las libere de su hastío. José GARCÍA NIETO de la Real Academia Española ¿Y ASI QUE Francisco Pino Poesía Hiperión. Madrid, 1987 mo! apartando- ¡que voy de vuelo! -todo aquello de lo que ya sabía demasiado, de lo que ya había gustado él bastante, aunque todavía nos satisfaciera a los demás. Porque todo aquello no estaba decidido para sorprender hacia afuera, sino para comprender hacia dentro, o hacia unas afueras que misteriosamente se le adelantaban como practicables. Y hasta físicamente se separa de sus habituales paisajes, y viaja por el mundo, y lee por el mundo y no le importan coros ni corifeos, ni hay por qué decírselo, porque siempre hay un día en que llega el día, y si no llega tampoco es cuestión de vida o muerte, porque precisamente esto o es cuestión de vida o muerte irremediable o no es nada. Pero, claro que si es Francisco Pino, y yo sé que muchos jóvenes van a acercarse a esta poesía, como a una revelación y como a un descanso, como quien puede por un resquicio luminoso escaparse de tanta monotonía reinante, de tanto afán de singularidad endeble, de tanta tramoya aparencial. ¿Quién va a negar que en sus últimos títulos el autor de Así que ha recorrido mucho espacio, y acaso en poco tiempo, que a veces la propia audacia del experimentador la hace tocar el vacío, y encontrarse de pronto con el silencio; pero en esta vecindad con lo patético el poe-