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GENTE Buenos Aires M OROCHITA y rotunda, de estirpe de bailarines andaluces y corista en un musical de tercera titulado, no por casualidad, Caliente. Así la conoció un espabilado cazatalentos de la Fox, y así apareció por vez primera en la pantalla, disfrazada de indiecita valerosa en una olvidada cinta que para algunos se llamó Bajo la luna de las pampas, y para otros, Amor Gaucho. Margarita Cansino iba camino de convertirse en un remedo de Carmen Miranda, cuando quiso el destino que un Pigmalión, veterano y astuto, se cruzara en los primeros traspiés de su carrera. Edward Judson- que así se llamaba el hombre- decidió convertirla en su mujer y en la mujer de una sola tacada. Ser célebre en Sudamérica no es dejar de ser un desconocido le habría comentado, recordando a Groussac. Y luego de afeitarle las cejas, segarle el flequillo, enrojecerle las crines y perfilarle las abundantes caderas, la lanzó sobre Hollywood envuelta en satén como quien lanza una bomba atómica sobre las islas Bikini. Nunca más fue Margarita. Aunque a veces le salía el clavel reventón por la mirada, como cuando se arrojaba a los pies de un impensable Tyrone Power disfrazado de Margarita, Rita, Rita Lagartijo, o cuando- e n una de sus frecuentes excursiones a los Juzgados- se desposara con un oscuro cantante de cabaret (de ésos que preferirían verse muertos antes que verse despeinados) llamado Dick Haynes, de indudable origen argentino, pero ni siquiera buen jugador de polo. Y aunque el desgarrado sur borgiano palpitó siempre en su danza Fue mi mejor partenaire había dicho Astaire) y aunque un voluntarioso decorador se empeñara en convencernos de que Gilda se sacaba el guante en un lujoso boliche del Río de la Plata, Rita devoró fatalmente a Margarita y se convirtió en la más envidiada novia de América ¿Fue sólo una excusa para que Manuel Puig escribiera su afamada novela sobre la historia de una traición? ¿O fue un antojo de hembra que hasta desarma al azar, como reza la copla? Quién sabe. Es tan raro el mundo que todo es posible, hasta la Santísima Trinidad como decía el compadre. Y, al cabo, lo que importa es el resultado de la apuesta. Ahora, que se sepa, a nadie se le ha ocurrido repetir aquella famosa necrológica que le espetaron a Richard Strauss: Ha muerto a los ochenta y cuatro años, y era toda una promesa. José Alejandro VARA Carmen Fatall, la terrible catalana T Leopoldo María Panero, visto por Toni Roka para La luna ODO aquel insensato que se cruzara en el camino de la señorita Fatall lo tenía claro, los hados se encargarían de conducirle a una inevitable y trágica ruina. Hasta los cab a l l e r o s más pachones y apacibles se mostraban incapaces de sustraerse a los enloquecedores encantos de esta voluble y tiránica sirena que, cual frío entomólogo, iba añadiendo nuevos ejemplares a la inmensa colección de desdichadas víctimas de su antojadiza frivolidad que habían sucumbido ante sus caprichos. La señorita Fatall, además, manifestaba una rara debilidad por los apellidos ilustres y rimbombantes, de manera que su. galería de trofeos de caza estaba plagada de notables personalidades tanto en el campo de la genética (justo sería mencionar aquí el triste caso del marqués de Carabas) así como en el mundo de la tauromaquia (no olvidemos la impresionante cogida pasional del gran Saurillo) sin por ello desdeñar la órbita científica (el premio Nobel Gandallón, que puso fin a su vida tras tirotear a su mujer y a sus vastagos) artística (en la mente de todos permanece el drama del ínclito pintor Romero Carbonero) y cultural (la muerte sangrienta del pensador don José María Braguetudo es paradigmática en este sentido) Mas pinchó en hueso nuestra terrible catalana cuando se disponía a añadir a su muestrario al famoso poeta Leopoldo María Panadero. Su renombre y su extendida reputación de artista maldito atrajeron la avidez de Carmen Fatall, que ya se imaginaba al rapsoda formando parte de su surtido. Lejos estaba de intuir las acidas regurgitaciones del vate, su infinita capacidad de destrucción y de chuleo, su indescriptible poder repelente. Descanse en paz la fatal mujer. Javier BARQUÍN 116 ABC SÁBADO 23- 5- 87