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XVI ÁBC ABC 23 mayQ- 1987 La ultima palabra L Í de los muchos que había repartidos por sus habitaciones. Al oficial Mabdáion le indignaba tan persistente capricho y aconsejó a Qadírum: -Cuando no haya cerezas tendrá que comer otra cosa. Nadie se dejaría morir de hambre por no tener unas estúpidas bolitas rojas. Pero el viejo estaba demasiado ocupado en soñar cópulas como para preocuparse por el monocorde gusto gastronómico de su bayadera. El rocío de mi saliva despertará los capullos y florecerán entre mis labios pétalos rosados. Tus pezones se abrirán, un par de rosas primigenias bajo el cielo de mi boca. Y sorbió un trago de absenta. El cocinero traído de la Francia se despidió a los pocos meses ¡herido en su dignite -H e confeccionado manjares que sublimarían los deseos del paladar más exigente. Mas todos han sido despreciados- -sin probarlos- por madame Cerezade. No puedo continuar en un sitio donde mi arte no es debidamente valorado. Me voy, no fracasado ¡vencido no! Porque el enemigo ni siquiera se ha presentado en el campo de batalla- dijo solamente, con un algo de vocación napoleónica. Tu cuerpo flexible, tu piel blanca como la leche de mi cabra Tina ¡Oh, Cerezade bellísima, algún día llegará hasta ti mi queja y tal vez tus ojos verdemar quieran volverse hacia los míos que te llaman! Yo te haría muy feliz, si la felicidad es tener un corazón amante. Yo te llevaría por los campos, te mostraría valles donde podrías bailar sólo, para el aire limpio y para mis ojos enamorados. Rain, el pastor, también amaba secretamente a Cerezade. Y le cantaba ingenuas promesas e ilusiones blancas: Son tus sienes dos quietas palomas. Besar los blancos lirios de tus mejillas es la ambición de estos labios que te cantan. Te enseñaré arroyos transparentes para que seas nenúfar o náyade. Más allá de las montañas conozco una playa lejana. Bajo la tibia sombra de las palmeras tus plantas rozarán cálida arena, mejor para pisar que la más rica de las alfombras palaciegas. Eres tenue como rayo de luna o ardiente como brasa, Wahida. Te amaré siempre, aunque tú jamás llegues a saber mi nombre, tuyo es mi corazón eternamente. Arrancaré de tus ojos niños un destello de pantera- escribía Qadírum, viendo acercarse el momento de poseer a la inocente- Me adentraré en el desierto rosado de sedosa arena que es tu piel. Ya suena la hora, tu nido será ocupado. Una mañana de primavera comenzó en la niña una rápi- da transformación monstruosa. Ella se encerró en su alcoba al advertir los primeros síntomas. No consintió que nadie entrase a verla, ni los sirvientes que acudían con cerezas frescas. Qadírum suplicó tras la puerta, le ofreció mil regalos, le amenazó seriamente. No se oía más que su llanto espaciado y, más tarde, el ruido de cristales rotos. En la madrugada, Qadírum mandó derribar la gruesa puerta, para ello hizo falta un ariete de hierro que sujetaban cincuenta hombres. Al segundo golpe cedió el armazón y allí sus asombrados ojos se encontraron frente a los añicos de luna esparcidos por el suelo, espejo asesinado. Vieron a la niña... que ya no lo era. Cambió de forma, pero no de tamaño. Así es que conservaba sus proporciones humanas y era una cereza enorme: imposible para cualquier boca. Qadírum vio esfumarse su anhelada primanoche. Lloró de rabia y decepción. Se maldijo por haber esperado tanto para tomar a la niña. Gritó que le dejaran solo. Salían todos asustados y confusos, ¿eran mañas del diablo o acaso un milagro divino? ¡Fuera! Fuera he dicho. Golpeó el suelo con los puños como un chiquillo contrariado. Primero miraba con cierto asco la gran cereza, luego se atrevió a acercarse un poco. Le habló entonces con voz muy queda, susurrando, como si compartieran la almohada de esa noche no nacida y muerta ya. -T u orquídea queda cerrada para siempre, marchita en capullo. Sin conceder su perfume a ningún mortal. No te veré amanecer pálida tras el primer paseo por el Jardín del Gozo. Ya no podré reposar mi cabeza cansada en las cúpulas de tus hombros, prodigio de arquitectura carnal. No veré los dos arcos de luna violáceos bordeando tus ojos, al despertar esa mañana. Esa mañana que nunca existirá. -Y llovía mansamente en la reseca tierra de sus mejillas. Rain, que no la tuvo sino en el alma, no la perdió. El joven pastor seguía cantando a su bienamada. Y ahora era más suya que nunca. Estaba en las ramas y en las olas, en el canto de los pájaros y en la yerba de los valles, en la arena de la playa y en la Naturaleza toda. Allí donde hubiese rumor de vida, allí Cerezade. Qadírum ordenó que la llevasen al campo, lejos de palacio. Fue trasladada en un viejo carro, cubierta de alfalfa. Era una noche pletórica de estrellas. Entre aligustres y arrayanes, cumpliendo su destino frutal, allí quedó Cerezade... a la espera de fundir su pulpa con los labios de algún gigante frutívoro.