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23 mayo- 1987 ABC TíTcrarío La última palabra ABC XV María Victoria Cansinos Cerezade U cabello era aparentemente oscuro, a veces el sol le arrancaba reflejos color caoba: velada profecía de llamas, fuego posible en esa negra espuma. Breve como mariposa, sinuosa como serpiente, inquieta como yegua joven: así era Cerezade. Nadie sabía bien si era llamada así por su fidelísimo amor a las cerezas, o- si este amor nació en la niña por hacer honor a su nombre. Sólo comía cerezas. Al principio nadie se preocupó. Eran tan linda, tan leve, tan etérea y delicada al bailar que podía aceptarse alguna extravagancia en su comportamiento. Según el saber popular, los artistas, los grandes genios tienen siempre sus rarezas (por algo son diferentes) Dicen que cuando ella danzaba todo callaba alrededor. En ocasiones ni siquiera precisaba címbalos ni tamboriles, su movimiento era sonido. Dicen que aprendió de las olas. Dicen que su maestro fue el viento. Dicen que flotaba descalza sobre la yerba tierna. Dicen que cuando sus brazos se alzaban acariciaba el aire como a un cuerpo. Dicen que su vientre ondeaba y encendía los ojos machos. En las noches sin luna danzaba a la luz de la hoguera con su túnica rojivinosa, que era casi transparente. Ese casi era todo un mundo. Un mundo de promesas, de adivinación, de confiada certeza: ése casi era la preciosa frontera entre la evidencia y la imaginación. Era la diferencia entre lo tangible pero prosaico y lo intangible pero fascinador. Se podía presentir las blancas dunas bajo la tela, el talle esbelto que cimbreaba y las caderas a medio hacer. Bailaba con placidez o violencia. Balanceaba las manos como ramas de azahar. Enmarcaba sus brazos en cúficas y arabescos. Tensaba las piernas con raras contorsiones, daba saltos. O armoniosamente, con temblor de hoja, se deslizaba lenta. A sus trece años años era la fémina más deseada. Levantaba ardentías cuando agitaba el pecho y crispaba la grupa; Las mujeres admiraban su fragilidad y ligereza: Dulce criatura, parece venida de la angelería se decían las matronas. En cambio a los hombres, viéndola bailar, se les removía la sementera bajo los calzones. Qadírum quiso contratarla para que animase las veladas de palacio, pero ja niña no aceptó hasta saber que- además de toda su riqueza- contaba con una vasta extensión de cerezales. El viejo esperaba encandilado que su danzarina madurase unos meses más y estaría dispuesta para ser gozada. S María Victoria Cansinos (Málaga, 1957) Estudió Arte Dramático y trabajó fugazmente como actriz en teatro, televisión y cine. Ha publicado en la revista Nueva Estafeta y El Güizaro Desde 1983 colabora en distintos medios de Prensa. Ha hecho radio, y TVE emitirá en breve su primera comedia, interpretada por José Luis Pellicena, dentro de la seria La voz humana Actualmente compagina el periodismo con la creación. Dentro de unos días aparecerá su primera novela, Carurú y Yerbabuena Mientras tanto le ofreció su hospitalidad más desinteresada, ella sólo tenía que bailar cuando se lo solicitaban. Y los lascivos ojos resbalaban por las pantorrillas, ascendían a los tersos muslos y se detenían en el pubis soñado triángulo joven y nuevo con musgo recién nacido a la entrada de la húmeda gruta, del cálido túnel donde perderse. Así tabulaba él mientras Cerezade oscilaba tan suavemente con un reflejo sobre el agua. Hundir muellemente la nariz en tu carne rumorosa y fragante. Tomar la orquídea que guardas entre tus ingles de nácar. Allí el chasquido imperceptible, como un junco adolescente quebrado por el viento, apenas un crujido, como el de una maderilla entre los dientes... Y al fin caer en el gozoso abismo. Se crisparán tus piernas enlazadoras. Palpitarán tus senos, pequeña, pequeña mía. Y yo tocaré las nubes sin moverme de tu cuerpo, besaré las redondas nubes de tus pechos. Entretenía su impaciencia escribiendo apasionadas páginas de anticipado éxtasis. Disfrutaba con tal viveza de aquellos párrafos que, alguna vez, se alzó la espada ya dispuesta para lanzarse a tan gloriosa hazaña. En su mente sentíase vigoroso como un atlante. Sentíase e! elegido para destapar ese frasquito de esencia, para desvelar a la niña el secreto de su cuerpo. Sólo él era dueño de la llave que abriría la dicha. El, sólo él, la llevaría al Jardín del Gozo... un lugar que la inocente Cerezade ni siquiera sabía que existiese. Todo cuanto sabía era bailar. Y bailaba acostada o de rodillas. Al borde del aljibe, sobre las puntas de los pies, o tumbada de pechos encima de almohadones que cubrían el mármol frío. Pasaba sus horas bailando y comiendo cerezas. Le trajeron cinco variedades de ciruelas. Nectarinas. Delicioso alajú. Nísperos japoneses. Aromáticas fresas. Higos color violeta oscuro, de carne finísima. Ornamentales pinas del trópico. Manzanas reinetas del Canadá con un tono amarillo punteado de gris. Chumbos maduros cuidadosamente limpios de espinas. Peritas como cachorros de peras verdes, jaspeadas, arenosas o lisas. Acerolas encarnadas y amarillas. Higos verde claro, de carne rosa y sabor incomparable. Riquísimas moras. Inmensas sandías que hubieran hecho feliz a todo el hospicio. El oficial Mabdáion propuso envenenar las raíces de todos los cerezos que florecían en el lugar, con el fin de obligar a la obstinada a que depusiera su actitud. Pero el pueblo entero se levantó en protesta, nadie quería renunciar a tan buen postre por culpa de un solo caso de abuso. Traían para ella azufaifas. Sexuadas brevas entre púrpura y morado. Exóticos aguacates. Granadas con su cargamento de rubíes. Membrillos que no cabían en la palma de una mano. Cocos peludos que semejaban reducidas cabezas de brujas. Melocotones redondos y plenos y grandes como culo de buena hembra. Plátanos suavemente curvados. Pomelos como soles. Pero Cerezade no quería probar nada que no fuesen sus cerezas. Las comía de todas clases: criolla, de las Antillas, mollar, guindas. Una veces de color rojo brillante, otras rosa pálido, rojo oscuro... le gustaba cualquier variedad siempre que perteneciera a la familia prunus avium Y seguían pasando ante su desdeñosa mirada dátiles ambarinos. Racimos de uvas tan hermosos que eran como cascadas de oro para servir de zarcillos a una reina. Melones de cascara gualda, su jugo anaranjado y dulcísimo habría bastado para mantener a varias generaciones de moscas. También naranjas de Valencia, sus gajos, barquitos que navegarían garganta abajo hasta llegar a puerto fijo. -Enfermaréis, madame- le advertía el cocinero vano, que inúltilmente preparaba maravillosos alimentos que ella ni siquiera olía. Apartaba platos y bandejas con un mohín de rechazo para ir en busca de algún cestillo con cerezas F