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XIV ABC ABC 23 mayo- 1987 -Libro antiguo El guirigay nacional El Ente Dilucidado Imprenta Real Madrid, 1676. 50.000 pesetas Concisión o silencio escucha en la radio y la televisión está igual, de reñido con la elegancia culta o popular. Y sin embargo ésta, insisto, pervive en los sitios más insospechados. Aflora de vez en cuando en piropos insólitos ¡Ole ahí qué vieja tan guapa! le dijeron en Jerez a una amiga mía, y se le saltaron las lágrimas) o erv estereotipos surrealistas (disfrutó como una cerda en una charca) y suelen estos hallazgos populares tener un toque mágico común con la elegancia de otros productos más elaborados, como el decimocuarto verso, R I E R E S saber quién perfecto, definitivo, de ciertos sonetos. soy? Fui. ¿Preguntas A menudo me he preguntado en qué qué hago? Me pudro. radica la gracia elegante de estos versos (Scire quis sim cupis? Fui. Quid agam requiris? Tabesco. Así dice, brutal y ele- últimos. El brillante soneto de. Lope de gante, uno de los mejores epitafios barro- Vega sobre Varios efectos del amor tiecos. Lo cito ahora para volver a la cues- ne trece versos de apretado catálogo, irónico y tierno, donde ni uno solo de los tión, ya otro día abordada, de la elegancia en el sentido científico de lá palabra: eco- síntomas del enamoramiento falta. Y un nomía de medios en una formulación. decimocuarto verso, final, en que él autor, Como se vio, esta clase de elegancia, habiendo acostumbrado ya al lector al ritpulcra y concisa, es aplicable al lenguaje mo del galope, al alegre desfile nervioso y compatible con el desgarro de algunas de infinitivos y adjetivos, lo sorprende con pintadas, con la ambigüedad de ciertos quiebro y cabriola: Esto es amor. Quien lo lemas heráldicos y aun con la grosería. Y probó lo sabe. Tras la sorpresa deliciosa, tal como muestra el epitafio arriba citado, uno lee y relee este verso y comprende la sobria elegancia de expresión puede que tenía que ser así, que por fuerza también compaginarse con lo macabro. El eran éstas y así ordenadas las palabras latigazo final- Me pudro- repele y a la que habían de cerrar el soneto. El lector tiene una sensación contradictoria de sorvez maravilla con su garbo atroz. presa e inevitabilidad. Comprende que se Tampoco el tosco donaire excluye la podría pasar la vida intentando mejorar elegancia lacónica. Se cuenta que deter- esta expresión y no lo conseguiría, como minado diplomático, expedientado y sannunca lograría mejorar el teorema de Picionado por el ministro, le envió cuando tágoras. a 2+ 0 c 2 no es una ecuación éste perdió la poltrona política de mala perfectible; tampoco lo es aquella serie de. manera un telegrama cuyo texto íntegro ocho palabras vulgares y corrientes tal era Ja, ja, ja, seguido de la firma. Ese te- como las dispuso Lope. Ambas formulalegrama me parece un modelo de elegan- ciones son perfectas, luego elegantes. cia, por burdo que fuese el sarcasmo. A Otro tanto podría decirse de los versos veces el estHo telegráfico es piedra filosofal que transmuta la sal gorda en sal áti- finales en ciertos sonetos de Garcilaso (A quien fuera mejor nunca haber visto) ca. Quevedo (Polvo serán, mas polvo enamoLa elegancia a que nos referimos puerado) o Bocángel ¿Quién puede amar de acompañar y dar forma apodíctica a casi todo: a la grandeza iluminada (En el seguro en su firmeza? Pero hay que reprincipio era el verbo) al ímpetu revolu- conocer que la forma completa del soneto cionario (Los trabajadores no tienen nada es en sí tan concisa y perfecta que resulque perder más que las cadenas) a la ta en general imprescindible contemplarlo impasibilidad aburrida (Doctor Livingstone, entero para apreciarlo, o releer al menos I presume? preguntó Stanley, a cientos, el último terceto. En los de Shakespeare, de kilómetros de cualquier otro blanco) a los dos últimos versos, consonantes, suela vulgaridad publicitaria (Es cosa de len ser broche con luz propia, hecho de hombres, se anuncia un coñac) e incluso palabras sencillas que el genio hace bria la cursilería (Poesía eres tú) aunque llar y sorprender. Cuando tras ensalzar al reconozco que este último ejemplo es un ser amado se erige en garante de lo imperecedero de su belleza, terminando So poco fuerte y cabe rechazarlo. long as men can breathe, or eyes can see Tan sólo con tres cosas no se compa- So long Uves this, and this gives Ufe to dece la elegancia lapidaria: con la verbothee, no sabe uno qué admirar más, si su sidad, la imprecisión y la memez. En todo orgullo de poeta o la elegancia de su concaso, habrá una identificación en un concisión. cepto medianamente progresista de las Pero acaso la última palabra en eleganintervenciones profesionales en una socia y también en orgullo no sea nada de ciedad de futuro, pero no más, contestó el presidente del Consejo de Aparejadores esto. Tal vez haya que dejársela a Vigny o mejor dicho al lobo que muere, estoico, cuando le preguntaron si los de su profeen su poema. Seúl le silence est grand; sión apoyaban al PSOE Ya 16- 2- 87) Lo menos que puede decirse de tal frase tout le reste est faiblesse. Sí, quizá sólo es que no es elegante. Pero en descargo el silencio es grande, debilidad el resto. de su autor habrá que añadir que casi TAMARÓN todo cuanto se lee en los periódicos o se La Feria del Libro Antiguo de Recoletos me ha deparado el placer de toparme- y adquirir por no demasiado dinero (50.000 pesetas) con uno de los libros españoles más raros del siglo XVII. Su título es, por sí mismo, atrayente: El Ente Dilucidado. Discurso único novísimo que muestra ay en la Naturaleza animales irracionales invisibles y quales sean Impreso en 1676 en la Imprenta Real de Madrid, fue su autor el padre capuchino Antonio de Fuente la Peña, cuyo verdadero nombre era Antonio de Arias y Porres, de noble familia castellana. La obra en cuestión fue escrita para demostrar de manera irrebatible la existencia de duendes, trasgos o phantasmas describiendo de modo disparatado y divertidísimo su comportamiento, su origen y sus cualidades, y negando que los tales fuesen hombres, demonios o ángeles, sino sólo animales invisibles El libro en cuestión es muy buscado por los bibliófilos desde que el librero Pedro Vindel lo considerara, y con razón, como el primer libro español que trata de la aviación, o arte de volar. Pero su rareza deriva de un hecho bien distinto. Dejemos que sea otro librero español, éste del siglo XIX, quien nos lo refiera: Parece imposible- dice Vicente Salva- el que un padre capuchino sea el autor de esta obra tlena de los absurdos más monstruosos, de las vulgaridades más necias, y hasta de las indecencias más soeces; y lo que causa más sorpresa es que el volumen vaya encabezado con las aprobaciones de dos o tres reverendísimos, y con la licencia del ordinario. Al darse cuenta los padres de la Orden del autor de los enormes disparates que contenía el libro en cuestión, inutilizaron los ejemplares que caían en sus manos, o arrancaban los frontispicios grabados en donde consta el nombre del autor. Por lo demás, salvando la explicable indignación de don Vicente, puedo dar fe de que su lectura no tiene desperdicio. Se suceden las discusiones- efectuadas, eso sí, con el rigor tomista inherente al estado clerical del autor- sobre el número de años que puede durar el sueño ininterrumpido de un hombre; sobre si un varón puede, o no, concebir; sobre la longevidad de los habitantes de la isla Momonia; sobre las causas que dan tugar al engendro de monstruos; sobre las técnicas de fabricación de aeronaves; sobre el poder mágico de los lobos, los perros y los cadáveres; sobre los hermafroditas, los sietemesinos... Como si de un retablo churrigueresco se tratase, la barroca imaginación del buen fraile va- frisando la raya de la demencia- construyendo un mundo fantástico, irreal y extravagante, tremendamente español y estupendo. Y uno, boquiabierto, va devorando- sin poderlo evitar- las páginas escritas por este capuchino cautivador que debe su fama ¡manes del destino! al puntillismo reparador y biblicida de los superiores de su Orden. Guillermo PIERA ¿Q