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VIII ABC ABC 23 mayo 4987 Secreto a voces Toda poesía no deja de ser una afección febril que, pasajera en la mayoría de los casos, en otros permanece para, siempre. El duque de Alba- intelectual con perfiles variados: ensayista, musicólogo, editor e impulsor de muchos de los logros culturales de los últimos años- no había padecido hasta ahora semejante acceso. Fue durante el mes de marzo pasado, y en escenarios tan sugeridores como París, Sevilla, Venecia, Madrid... cuando empezaron a manifestarse los síntomas de lo que ha acabado siendo su primer libro de poemas. Este Secreto a voces que aparecerá en la editorial Renacimiento, de Sevilla, que dirige Abelardo Linares, el próximo mes, se convierte ahora, al publicar parte de él en esta doble página, en un secreto a medias. A niebla del andén te avanza a medias. Tu pelo se alborota hacia mis labios. Corres, porque me quieres, y te miran al pecho los demás y allí adivinan v -v que tu corazón arde bajo nieve. X t Tu nieve es rubia, pero yo conozco- T S. H -tos hornos de su fuego, que me incendia. 3 C Llegas a mí; me encuentras cuello y brazos, vfc, Gracias amor: tampoco hoy has venido. T ENDRÁ que ser así. Todo en su sitio! Los astros, encarnados y azules, en tus manos; en las mías, lagunas amarillas de la codicia por hablarte, verte, porque digas que tú también me quieres, si entre miradas que acaparan otros, telas inasequibles a estos husos torpes, que son mis dedos, viveros tiernos, en los que no crece mi pasión, que venera los metales, festigos de tu ausencia, tus afanes por construir tus cosas, nunca mías. Tu voz, la siento cerca cuando gimes por el placer inmenso, dolor breve, que me procuras mientras nos amamos e ilumina después tu blanco cuerpo la penumbra del cuarto en el que el sueño es un sueño imposible. No hay contornos en que apoyar el hombro, sólo esquinas, y por todas te pierdo y estoy solo con mis lágrimas, ésas, las amacgas, porque nunca llegamos a llorarlas. Venecia, marzo de 1987 H ABLAMOS. Me preguntas que si estoy impaciente que si quiero dejarte. Sí, sí quiero, para decirme, a solas, tantas veces (fuentes que corren prontas, con espasmos, translúcidos fys fondos, sólo opaco el abismo en que callo no haberte merecido) por repetirme de esta vez por todas (mil pájaros prolongan el instante, noches mil que son ésta, como el cuento nos prometía cuando fuimos niños) que el milagro se posa en mis tobillos, me hace caer y levantarme a un tiempo. Quieres quererme y aunque no quisieras (no hay dudas, no hay certezas, no hay batalla, no hay reposo, los mares son un río, las montañas, tu cuerpo que se yergue) vencería el capricho de tu risa que, cuando duermes, sueña con la mía. ¡Déjame que me diga, loco por escucharme- campanas en mis párpados, tus besos me los baten y me los multiplican: sí, me amas. Venecia, marzo de 1987 S I es que estás lejos, se me antoja entonces que me encargas regalos sin decirlo: trópico y frutos, cuyo ardor apaga mi piel cuando adivino que te acercas. El café, por ejemplo, que, en su grano, imita débilmente tus pezones y embriaga mucho menos con su aroma que el azúcar turgente de tus dientes. Las calles me confunden, ¡con qué arrojo! porque, febril, persigo algunos rótulos que ofrezcan esa avara mercancía con que compro tu ausencia. ¿Es a la izquierda? Casi me estalla el corazón. Acaso a la derecha; de este lado, ¿qué late en mis costillas? Llegarán antes otros y harán fútiles todas mis monedas. ¿Por qué hay sol para ellos y de lluvia cortinas para mí, de un gris que es cieno? Tendré que ir a encontrarte con las manos vacías de tesoros, millonarias del miserable amor que es todo tuyo. París, marzo de 1987 I f UE horas, como pun: IVX metidos de las uñat conmigo! ¡Porque aúllo com de lejos, a la vida; tal el viei qué inquieta cada cosa con sonoras y descalabra el siti en que las pones. Tú te has sólo tu voz en los silencios que se abren como puertas por las que tú saliste y no e ¿Por qué me has hecho niñ un hombre que jamás deva, con palabras tan sólo en es de la merienda? Ahora, por sé bien que, a solas, todos acechan en los márgenes o sé, ahora, que no cierran la y que el aire golpea en los: y que es nadie quien llama. Tengo miedo a tu vuelta y que estaba azul el cielo est Ovie