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23 mayo- 1987 ABC ABC VII -Novela- Relatos La trenza de la hermosa luna Mayra Montero Editorial Anagrama. Barcelona, 1987, 192 págs. La trenza de la hermosa luna dice referencia a una marca quiramántica de predestinado que en la base del dedo pulgar lleva Papá Maree! (el houngán -sacerdote del vudú y que fuera descubierta nada menos que por el propio Papá Doc en una visita que, aún niño, hiciera con su padre, el también houngán Papá Touissant Riguad, al sangriento dictador vitalicio de Haití Maurice Duvalier. Precisamente, muchos años después, Papá Marcel, houngán de Gonaives, es uno de los conspiradores contra el régimen omnímodo del nuevo dictador Jean Claude Duvalier, Baby Doc Para ayudarlo y secundarlo en tareas de sumo riesgo y máximo secreto, Papá Marcel ha llamado a su mejor amigo de la infancia, Jean Leroy, emigrado hace una decena de años a Jamaica, en donde trabaja como marinero de goleta: una vida dura, sorteada de peligros y de hambres: pura supervivencia. La narración se cifra, en consecuencia, en el retorno de Leroy- y su rescate de antiguas escenas: muertes de amigos entrañables a manos de los siempre siniestros tonton- macoutes; amores que regresan porque nunca desaparecieron del todo, en especial con la antigua amante, la señora Choucoune- y su participación en el círculo de la conspiración- de Papá Marcel. Está en marcha en esos últimos días turbulentos del poder de Baby Doc en declive una Operación Bambú (así denominada, ya que consiste en envenenar cañas de bambú, cuyo efecto es mortífero) Precisamente se encomienda la arriesgada misión de transportar el veneno a Leroy. Los diversos episodios y evocaciones se van sucediendo en este clima de revuelta popular, de rápida y desbordada vorágine de acontecimientos que se saldan en muertes, torturas, incendios, venganzas. Y se contrastan muy bien (en entrelazados raccontos y sucesos) la problemática psicológica de Leroy: reencuentro con la tierra, la gente, los episodios de infancia, de sueños, de amores y los desmadres de la lucha, la vida miserable del pueblo, las represalias salvajes de los represores. Sin olvidar los ritos del houmphort las ancestrales creencias, las amenazas crecientes, el constante peligro de muerte. Precisamente, esta dosificación entre el realismo desmadrado de los acontecimientos y el tenue lirismo de las evocaciones (siempre en forma de crecientes raccontos es uno de los pilares estructurales de la novela. Y se contrapesan. el fragor con la vibración interior, la narración y descripción (siempre colorida y encendida) con el remanso de la evocación y la memoria. Una técnica cinematográfica. Y si bien quedan algunos flecos imprecisos en el entramado, la narración llega convincente, veraz, contundente. Rolando CAMOZZI Siete relatos José María de Areiiza Plaza Janes Barcelona, 1987. 210 páginas Diplomático y político con una larga y exitosa carrera a sus espaldas, autor de diez libros donde primordialmente recoge sus experiencias de hombre público, articulista, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y, desde fecha reciente, también de la Real Academia Española, José María de Areilza acaba de abordar la literatura de ficción con un libro, Siete relatos, que no añadirá laureles a los que ya consiguiera en los otros campos donde desarrolló sus múltiples actividades. Areiiza Se trata, en efecto, de un libro de dilettante, de un libro escrito a partir de una postura frente a la literatura que no considero excesivo calificar de frivola por cuanto presupone la convicción de que para crear novelas o cuentos basta con dejarse ir, con enjaretar alegremente anécdotas e invenciones de bajo vuelo, reflexiones pasablemente banales. Por supuesto, yo no niego la buena voluntad de Areilza- -lleva muchos años escribiendo con soltura, le gusta el cuento; ¿por qué entonces no ensayar sus fuerzas en el ámbito de la ficción? pero considero, cuanto menos, poco responsable el que antes de ponerse a narrar historias ficticias no se haya sometido a ningún tipo de aprendizaje técnico, y el que no se haya tomado la molestia de plantear conceptualmente en qué consiste un relato. Y es que estos Siete relatos cuentan historias al buen tuntún, como si se tratara de anécdotas de tertulia (la tertulia es una institución tan aburrida que nadie en ella exige especiales dotes a quien procura aliviar el tedio narrando algo, supongo) Areilza parece ignorar que un cuento, para ser considerado tal, necesita poseer una estructura; que una suma de anécdotas no se convierte en un cuento porque se le añada una reflexión sobre el sentido de las mismas: el sentido debe desprenderse de lo narrado, y constituir el núcleo generador de la estructura formal que adopte cada cuento en concreto. (Las reflexiones mediante las cuales Areilza intenta conferir unidad a sus historias son, por otra parte, tan inconsistentes, tan triviales, que no consiguen sino hacer perder fuerza y emoción a esas historias. Areilza, además, cuenta mal: no jerarquiza los elementos del relato en función de la emoción y de la claridad, multiplica hasta la náusea los datos significativos, parasitarios. Y, en fin, su imaginación es pobre. Los Siete relatos de Areilza giran alrededor de temas en conexión con lo sobrenatural, pero no alcanzan en ningún momento el estatuto de cuentos fantásticos, debido a que su autor no pone en comunicación esos temas con las zonas aún oscuras de nuestra condición y, de otro lado, se mantiene distanciado de ellos, como si no le afectaran en lo profundo. Carente por completo de sentido del misterio, Areilza se enfrenta con lo sobrenatural desde la perspectiva del hombre ilustrado, racionalista, que no cae en el error de suponer que las fronteras entre lo natural y lo sobrenatural son claras e inequívocas, y que sabe que muchos fenómenos hoy por hoy inexplicados son susceptibles de análisis científico, tienen un fundamento objetivo. Esta perspectiva, obviamente, no le permite ver de lo sobrenatural, sino las apariencias, y, como consecuencia de ellos sus cuentos no consiguen despertar la inquietud del autor, ni hacerle presentir la existencia de esos abismos interiores que se abren de pronto en los relatos de los maestros de la ficción fantástica. Si a esto se añade que la interpretación que el autor, por intermedio de sus personajes, da de los hechos insólitos que relata nunca sobrepasa un nivel periodístico, se comprenderá que el resultado no sea muy brillante, y que Siete relatos tenga necesariamente que irritar a quienes detestan que se confunda el verdadero misterio con ese batiburrillo pseudo ocultista tan en boga hoy entre nosotros. A mi parecer, para escribir buenos cuentos de lo sobrenatural es preciso estar en conexión con el inconsciente o ser muy sensible a los signos que nos llegan de la otra cara de la realidad, lo que, a juzgar por el libro que nos ocupa, no es el caso de Areilza. Este parece ser un hombre medio, con los pies bien asentados en tierra, contento consigo mismo, acostumbrado a utilizar su pensamiento más para integrar lo problemático e insólito dentro de los esquemas de lo ya establecido que para servirse de uno y otro como de instrumentos con que poner en entredicho nuestras certezas. ¿Qué es lo que mueve a hombres públicos como Areilza, Cebrián y Solana a abordar la literatura de ficción, para la que no están, en absoluto, dotados? ¿Cómo es que el instinto del ridículo no les hace reaccionar a tiempo y guardar para sí escritos cuya publicidad no debería desbordar el ámbito de lo familiar? Estas preguntas, para las que no tengo respuesta, son para mí más inquietantes que los relatos de Areilza. Leopoldo AZANCOT Si está usted confuso ante la opción cero de misiles nucleares europeos, o si no le gusta la película Amertka con su ficción de unos Estados Unidos ocupados por fuerzas soviéticas, no deje de leer LA IRA DEL SOL en donde Zacarías M. Blondel prevé, con mucha más claridad, lo que sería una Europa invadida por los rusos a fines de este mismo siglo Pídala en su librería o al teléfono 255 99 20