Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
23 mayo- 1987 O había perdido la presencia estelar de su nombre desde que consiguiera el Premio Nobel de Literatura en 1972. Pero ahora Heinrich Boíl va a volver a la más viva actualidad con la publicación de esta novela postuma, Mujeres a la orilla de un río. El libro lleva un subtítulo donde el propio autor delata ya su nuevo procedimiento narrativo: Novela en monólogos y diálogos de Heinrich Bóll Y, en efecto, desde las primeras páginas nos encontramos con una nueva manera de contar. Unos versos de Goethe abren el libro, para apoyar una vez más esas obsesiones existenciales de Boíl, escritor marcado si los hay por las tremendas huellas de la última guerra europea. Para él no son las ideas las que han cambiado, es Europa la que ha cambiado de rostro, es Alemania la configuración de una distinta vitalidad- d e una distinta mortalidad- de una forma todavía no explicada de supervivencia. Para el novelista nada ha terminado, porque estos hombres, que todavía son aquéllos, están aquí, terriblemente vivos; la gravedad de la misma vida ordena, perturba, permanece en el laberinto imborrable de los recuerdos, de la inevitable existencia. ABC ABC III de un pueblo, de un río, absolutamente El libro de la semana escenificado desde la memoria indeleble de aquellos niños de un día masacrados, ahorcados, colgados HEINRICH BÓLL de un techo, hasta Plaza Janes. Literaria. Barcelona, 1987 aquellos hombres de amor destinados a para toda verdadera estancia entre una hu- satisfacer sexualmente a unas mujeres que manidad inteligible. Para él había llegado un no es eso precisamente lo que necesitan. tiempo de radicales decisiones, más morales Porque ellas ya no saben dónde están y que activas, más desnudas que políticas. Ya menos aún lo que quieren, y, más aún, no en Opiniones de un payaso (1963) aparece saben lo que necesitan. Han aceptado matriun autor preocupado por una humanidad pal- monios a la fuerza, violaciones que acaban por comprender Y que acaban por perdonar porque no entienden la culpa de los ofensores. No saben bien hasta qué punto se venden, porque cualquier transacción ha perdido su sentido, como lo han perdido los valores en las escalas terminantemente aceptadas. Y así se produce aquel diálogo, de expresión que roza lo patético: ¿Usted ha participado activamente en la asociación de amistad germanosoviética? -Sí, lo hice. También quise quedarme en el sector oriental... ¡Ay, si lo hubiera hecho... Se siente fatigada. Comienza a llorar. ¿Usted se habría quedado por voluntad propia en el sector oriental? -Sí, pero a juicio de mi madre era preferible estar en el otro lado: reparación, vivienda, Y cuando hablamos de hombres aquí sí dinero... que hay que detenerse en las mujeres. Ellas, precisamente ellas, a la orilla de este río, es- Su confusión debe de haber comenzado cenario discurrido vertebralmente, y como paen aquella época. Entiéndame, insisto; quererado, fantasmalmente quieto en el corazón de mos ayudarla, curarla, contribuir a que usted Europa, exhibe un puñado de mujeres que pueda volver a ser feliz... presencian y padecen la debilidad de los Pero esto es un juego, una añagaza. No se hombres, buscan la huida, ya sea a través puede hacer feliz a nadie en una especie de del suicidio o intentando marcharse de una inmenso y convencional laboratorio. Estas Alemania intolerable, y se quedan ya sea en mujeres son tierra, y han sido víctimas de un el río o junto al río. Los versos del poeta son aluvión sentimental irreversible. El descomulos que dicen: Nadie se lamente de lo vil e nal diván del río, como inventado- quieto y infame, pues por más que digan, lo infame tapizado en la clínica de unos psiquiatras, es poder Y es que lo infame nace del poder que son los salvados y a la vez los ingenuos y va al poder, y son los hombes- ¿las mujecuranderos- parece que no se mueve, pese res, aquí? -las criaturas que, sin saberlo a sus falsos pronósticos, a sus sofisticados nunca del todo, ven cómo ese poder en el meante en seres que, sobre unos principios remedios. A Elisabeth Blaukrámer le recetan mal se agita para enriquecerse Así se agita de moralidad insobornable, se ven abocados un material de primera para que se acuesel río, y sus orillas eternas y cambiantes, se a marginaciones no buscadas. La aceptación te con ella o, si lo cree más conveniente, ensañan con unas vidas que tienen que gri- de la vida es muchas veces una forma más para que la alimente espiritualmente habiéntar, que hablan incansablemente, porque no dole de Stevenson, de Proust o de Kafka... extremada de rebeldía. basta lo que está pasando para transmitirnos La imposibilidad de hacer compatible la Elisabeth se va detrás de las grandes cortiel horror de la existencia por la que respira biografía que le imponen sus credos y sus li- nas. Poco después aparece ahorcada. el narrador; hay que hablar, hay que clamar. bertades con la vida de los demás, tan vulneHeinrich Bóll, una vez más- ahora en su La breve vida de Heinrich Boíl tenía que rables y vulnerados por unas circunstancias postuma novela- no miente. Ni trata de enapresurar su denuncia. No tenía tiempo de donde el destino impone sus azarosas y tan- gañar a nadie. Tampoco con la verdad. Tanto detenerse en disquisiciones ni en reiteraciones. Cuando él se repite y parece que nos tas veces estúpidas direcciones, le convierten a Elisabeth como a otros desheredados de quiere agobiar con cierta delectación en un en un apóstol de lo que él tiene por la ver- ese río, de este mundo, es amor lo que les dad, su verdad relativa. La interpretación de falta, pero esto no está claro nunca y Boíl lo tema, es que la herida sangrante de su relato un tiempo- acaso inexplicable- le hace sabe bien. Hacer literatura es lo mismo que no se cierra, no se termina y bien quisiera él pasar de este cáliz inevitable, pero no pue- arrancar de experiencias vecinales que él in- hacer vida, pero del fondo de una y otra no tenta conducir a terreno más universal. Por quedan más que unas frases: Los muertos de hacerlo. eso ahora mismo estas mujeres- precisa- siempre tienen razón o No sabía que los mente mujeres- -a la orilla del Rin, enloqueci- cordones de las cortinas fueran tan resistenBoíl (1917- 1985) católico, perteneciente a das, recluidas en una aparente libertad, vícti- tes... En esta su última novela, Boíl ha dejado una familia liberal, de educación artística, hijo mas de un gueto que no han buscado, due- escrita la palabra, la palabra que dicen los de un escultor, tenía quince años cuando los ñas- y solamente es una apariencia- del hombres- las mujeres- unos a otros. Y ha nazis penetraron en Colonia. El ha dicho que amor, o del sexo, o de una falsa esperanza, hecho que esas palabras suenen en un escerehusó entrar en las Juventudes Hitlerianas caminan- s i n moverse- hacia la fatalidad y nario, en un mundo que ahora tenemos entre no solamente por razones morales y políticas, sino por razones estéticas Participó en la muerte. Y todo el devenir de un pueblo se las manos y que no podemos enmascarar. convierte en sustancia de sus vidas. Cada Estamos ante una crisis- religiosa, artística, la segunda guerra mundial y desde los años uno de los aconteceres de una total aventura metafísica -que quizá no pueda resolverse cincuenta se dedicó a la literatura. Su libertad, como la objetividad de sus ¡deas, le mar- explica el drama ya irrenunciable- sí, sí, no- más que en los limites de una leyenda. caron pronto como uno de los escritores due- vela en monólogos y diálogos- y todo lo que pasa por la mente o el exterior de cada ños de un especial compromiso, el del entenJosé GARCÍA NIETO una de estas mujeres es la historia gritada de la Real Academia Española dimiento de un mundo que resultaba hostil N MUJERES A LA ORILLA DE UN RIO