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56 A B C INTERNACIONAL África austral, bajo el signo de la violencia DOMINGO 10- 5- 87 La ultraderecha surafricana, dispuesta a luchar contra toda reforma del apartheid Los resultados de las elecciones confirman su fuerza Miguel Salvatierra El espectacular avance de la extrema derecha surafricana en las elecciones parlamentarias del pasado miércoles expresa las reticencias y desconfianza del electorado blanco hacia las tímidas reformas del Gobierno que preside Pieter W. Botha y su impreciso proyecto de desmantelamiento de la segregación racial. La extrema derecha organizada en torno al Partido Conservador se convierte en la principal fuerza de oposición. Desbanca de este puesto a la gran víctima de los comicios, el liberal Partido Federal Progresista (PFP) hasta ahora principal fuerza de la oposición y abanderado de los sectores moderados blancos, partidarios de la eliminación del apartheid El PFP perdió en los comicios ocho escaños y pasó de 27 a 9, mientras que su aliado el Partido para la Nueva República (NRP) se quedó con un escaño frente a los cinco con que contaba. La aplastante victoria del gubernamental Partido Nacional (NP) se Pieter W. Botha puede c a l i f i c a r en cierto modo de pírrica ya que su margen de maniobra política en sus proyectadas reformas va a quedar reducido de forma sustancial ante el electorado blanco. Desde siempre, y como ha quedado confirmado en las urnas, el gran temor del Gobierno se orienta hacia los sectores a su derecha y no hacia los medios liberales. La reciente incursión armada del Ejército surafricano en Zarribia contra supuestos centros de la guerrilla del ANC se interpreta precisamente como concesiones destinadas al consumo de esos sectores más intransigentes de su partido. Pero aún más intransigentes que esos sectores del Partido Nacional del Gobierno aparecen el Partido Conservador (CP) de Andries Treurnicht y el Partido Nacional Renovado (HNP) de Jaap Marais, ambos defensores a ultranza de la Suráfrica blanca Ambas formaciones, que acudieron divididas a las elecciones, consideran al presidente Botha un traidor Los dos partidos aseguran también que eliminar las diferencias entre blancos y negros significa el fin del pueblo blanco Otro signo espectacular de este auge de la extrema derecha lo constituye el Movimiento de Resistencia Afrikaner (AWB, neofascista) con una imaginería similar a la nazi: esvásticas de puntas, águilas negras, uniformes paramilitares, brazo en alto... y una determinación primordial: preservar los derechos y honor de los afrikaner aunque sea al precio de usar al máximo la violencia. Mándela, un interlocutor condenado al silencio M. S. La oposición negra en Suráfrica tiene en Nelson Mándela una figura carismática y uno de sus principales valores en su lucha contra la segregación raciai. Mándela permanece en prisión desde el mes de a g o s t o de 1 962 acusado de conspiración y sabotaje. Los primeros en ser conscientes del valor del detenido parece ser las autoridades surafricanas, que, pese a los múltiples llamamientos internacionales de Gobiernos y organizaciones humanitarias, se han resistido a cualquier tipo de clemencia. Nelson Mándela El temor llegó hasta el punto de prohibir a Mándela hablar de ciertos temas en sus visitas que periódicamente realizaba su mujer, Winnie. Lo cierto es que sus opiniones, sus declaraciones y escritos, rezuman una inteligencia y una moderación muy diferentes al resto de los dirigentes del Congreso Nacional Africano (ANC, movimiento armado surafricano que lucha contra la segregación racial) Es esa moderación y esa posible capacidad política y negociadora lo que previsiblemente temen los dirigentes surafricanos. Se teme a un nuevo Robert Mugabe, que a su ideología marxista y revolucionaria una el realismo de no trastocar, al menos en principio, las grandes estructuras económica del país- las propiedades y bienes de los blancos- pero que a la postre suponga el fin del poder blanco Mándela personaliza quizá la única fuerza que podría catalizar y organizar a una oposición negra en exceso violenta y desorganizada. Para muchos también es el último dirigente de la resistencia pacífica. Sin embargo, el Gobierno surafricano parece hoy menos decidido que nunca a todo tipo de concesión y menos aún a liberar a Mandela, sobre todo tras el escoramiento hacia la extrema derecha registrado en las elecciones parlamentarias del miércoles. Pese a los comentarios más esperanzadores que hablan de una mejora espontánea de la convivencia entre blancos y negros con la caída de barreras entre ambas razas en las grandes ciudades, lo cierto es que entre los propios analistas surafricanos existe la certidumbre de que una hipotética transición pacífica hacia la integración política, social y jurídica de la población negra está cada vez más lejos. Con un férreo estado de emergencia y una inflexibe censura en vigor, con más de veinte mil personas detenidas sin cargos ni proceso- entre ellas más de docientos niños y adolescentes- y un Ejército sin pudor para intervenir en los países vecinos, Suráfica se adentra cada día más en una vía de confrontación que a la larga puede hacer imposible el camino de retomo hacia soluciones negociadas. Un anacronismo en el tiempo y la historia M. S. Suráfrica supone en pleno siglo veinte un caso excepcional de anacronismo histórico y de ruptura con todos los modelos de evolución social y política conocidos. Rodeada por el mar y aislada del resto del continente por una doble barrera de desierto y selva, sólo una delgada banda de sabana al noreste permite romper este carácter insular que desde sus orígenes ha marcado la trayectoria de este país. Una isla en tierra en la que, como en otros tantos territorios ricos y codiciables por otros pueblos extranjeros, la población autóctona ha desaparecido prácticamente. Si hoy hay un pueblo con derecho histórico a reclamar esta tierra, como los indios en Norteamérica o los aborígenes en Australia, son las tribus de hotentotes y bosquimanos que en principio habitaron gran parte de lo que en la actualidad se conoce como Suráfrica. Escasos grupos de bosquimanos viven hoy relegados a las dunas rojas del desierto de Kalahari, a donde han quedado relegados tras la llegada de los colonos holandeses en el siglo XVII y la penetración de tribus bantúes procedentes del África central. La presencia británica vendría más tarde con la quiebra de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y un nuevo hecho insólito: descendientes de europeos (holandeses) protagonizarían en África una guerra contra el colonialismo, la guerra de los boers, que finalmente ganarían in extremis los británicos. La creación de la Unión Sudafricana en 1934 constituye el germen de un país en el que coexistirían cuatro grupos raciales: blancos, descendientes en su mayor parte de holandeses, franceses y británicos; mestizos, resultantes de la convivencia de las distintas razas; emigrantes indios, ocupados primordialmente en el comercio, y la mayoritaria población negra, con decenas de etnias y dialectos. La poderosa minoría afrikaner sería la encargada de poner su orden a este conglomerado, un orden totalmente contrario y anacrónico también a la evolución de la Humanidad, con papeles asignados en función del color de la piel. El tiempo, sin embargo, y el mayor índice de natalidad de la población negra amenazan con reventar el sistema con un estallido de violencia vaticinado por muchos desde hace tiempo. Una amenaza de estallido que se produce además en un país con las más importantes reservas del mundo no comunista de los llamados minerales estratégicos (uranio, platino, cromo, vanadio) indispensables para la industria de armamentos, y en una situación geográfica clave.