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XVI ABC ABC Hiera rio La ultima palabra 9 mayo- 1987 V Abandoné aquella mañana el H. C. I. con una carpeta llena de folletos explicativos y la sensación de haber encontrado un empleo tan digno y anodino como el de cualquiera: profesor de una especie de Universidad privada. Profesor de literatura en una empresa seria repetía para mis adentros, saboreando ese suave desconcierto que sucede a todo cambio. Mi actividad laboral se inició pocos días después, en una reunión del Claustro a la que asistió el profesorado en pleno, verdaderas autoridades en su especialidad según palabras de Santos recogidas en varios de los folletos. Fui entonces presentado a mis nuevos colegas como el ilustre ensayista Julián Iribarren inmerecidos apelativos que suscitaron más de una callada sonrisa de escepticismo. Repasé la nómina de docentes, catorce nombres que me resultaban por completo desconocidos, pese a que, a Juzgar por los títulos y distinciones que los acompañaban, debían de ser auténticas celebridades. Había, por ejemplo, un tal Alfonso Martínez Rodríguez que a su condición de Master of Arts por una Universidad norteamericana unía varias condecoraciones- finlandesas algunas de ellas, qué curioso- a su labor en pro de la cultura, además de una extensa bibliografía y un brillantísimo curriculum en el que no faltaba el desempeño de una cátedra en una ciudad francesa. Al lado de historiales como ése, el mío tenía que resultar poco menos que ridículo. El jefe de estudios de tercer grado informó a los presentes de que se seguiría adoptando como método didáctico el Sidney System que, según deduje de sus posteriores explicaciones no era sino el simple y rancio mimetismo de algunas obras consideradas sobresalientes, y leyó la relación de profesores junto a las materias que les habían sido asignadas para el curso entrante. A mí me correspondía impartir Prácticas del artículo de costumbres -s í tal como suena- -a los alumnos de primer grado y Figuras retóricas a los de segundo, disciplinas ambas que me interesaban bien poco y para las que estimaba insuficiente mi capacitación. Fue este último argumento el que esgrimí ante el claustro para conseguir una permuta y el que provocó en varios de mis colegas la misma sonrisita sarcástica que había advertido minutos antes. El jefe de estudios se comprometió a estudiar mi solicitud, pasó a otras consideraciones de carácter general y dio por concluida la sesión con la mención de los profesores que debían integrar las distintas comisiones de trabajo. Yo había sido incluido, por riguroso sorteo, en la selección de nuevos alumnos, que se reuniría el martes siguiente a las diez de la mañana. No llegó ese día sin que antes el High Culture Institute volviera a irrumpir en mi vida, y en esta ocasión por una vía inhabitual, tan inhabitual como la imagen de un García Márquez en iiki- liki que me sonreía desde el periódico y desde la pereza de los desayunos dominicales. Ocupaba su figura la parte central de un collage de página entera, en el que también eran reconocibles los rostros de Thomas Marín, Vicente Aleixandre, Winston Churchill, William Faulkner, John Steinbeck... Impresas al pie, apenas media docena de palabras, en llamativos caracteres negros: Usted puede ser el próximo. El próximo premio Nobel deduje de un más minucioso examen de las fotos. Busqué alguna firma o referencia, pero no había ninguna, y con algunas reservas di por buena la suposición de que aquello entraría dentro de una de esas pintorescas campañas institucionales para el fomento de la creación. Volví la página y comprendí que estaba en un error. El mismo eslogan, pero ahora completo, Usted puede ser el próximo premio Nobel, presidía un amplio texto en el que el High Culture Institute anunciaba la inmediata inauguración de sus nuevos cursos y manifestaba su sincera convicción de que algunos de sus alumnos acabarían inscribiendo su nombre en letras de oro en la Historia Universal de la Literatura. Si por sus aulas- seguía el texto- habían pasado personas que, en el plazo de muy pocos años, habían acaparado los más prestigiosos galardones del ámbito español- aquí mencionaba a Roberto Escolar, junto a los cuatro o cinco premios más importantes por él obtenidos- ¿acaso no tenían motivos de sobra para pronosticar éxitos mucho más resonantes, a medio y largo plazo? ¿Y por qué no el Nobel? se preguntaba. Me pareció una burda estrategia publicitaria, tan vacua y tan obviamente engañosa, pero inofensiva en el fondo, como toda propaganda que promete un imposible. Por qué no el Nobel; sonaba tan absurdo que daban ganas de reír. El anuncio continuaba con una reproducción del montaje fotográfico de la página anterior, debajo del cual se abría un apartado de Observaciones específicas que incluía información sobre plazos de inscripción, características y objetivos de los cursos, metodología adoptada y cualificación del profesorado. La impresión que esta parte del texto buscaba causar en el lector era, sin duda, bien distinta de esa otra, hiperbólica y sensacionalista, de los párrafos iniciales. Se abandonaba el efectismo de los trucos y señuelos publicitarios, y se intentaba transmitir una imagen dé seriedad, competencia, credibilidad: se cambiaban las bromas por las veras, los fuegos de artificio por la luz de la razón, y el lenguaje insensato del halago por la incontestable sensatez de la objetividad. A dar esa sensación contribuían la sobria distribución espacial del texto, la serena sencillez de la tipografía, menuda y sin alardes ni concesiones, y la índole misma de la redacción, tan ecuánime como poco propensa a la adjetivación frivola o desmesurada. Era todo esto lo que convertía en alarmante aquella mención. Era este contexto el que agravaba la falsedad de aquellos términos, aquella referencia a la incorporación a nuestra plantilla de profesores del prestigioso crítico literario don Julián Iribarren, colaborador habitual de publicaciones especializadas tan importantes como el Literary Year, la New Books Review o la Revue Blanche des Lettres ¿Literary Year? ¿New Books Review? Nunca había oído aquellos nombres, nunca en mi vida había escrito una sola línea para una revista extranjera. Era asombroso. E indignante.