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9 mayo- 1987 ABC La última palabra ABC XV Ignacio Martínez de Pisón Antofagasta Concerté por teléfono una entrevista con Santos, y una soleada mañana de septiembre me presenté en la sede del High Culture Institute. Una torre modernista cercana a Sarria, de hermosa fachada totalmente remozada y amplio jardón, habilitado en parte para aparcamiento a disposición de los alumnos. Los lujosos automóviles entonces estacionados, de importación en su mayoría, se incorporaban al suntuoso conjunto arquitectónico con la fácil armonía de los anuncios de colonia o de champán. La clásica simetría de los dos pabellones laterales con tejado de pizarra, la escalinata de mármol ante la entrada, la piedra sinuosa de las balaustradas y el frágil encanto romboidal de las vidrieras, pugnaban en vano por ennoblecer la vana ostentación del decorado y por corregir esa primera impresión general que asalta al visitante: la estética sublimada de la clase media, del patán velozmente enriquecido. En la antesala principal, junto a secretaria, esperé apenas dos minutos observando el ajedrezado del suelo antes de que Luis Santos accediera a recibirme en su despacho. Una joven me condujo hasta su puerta, ante la que dos hombres impecablemente trajeados se estrechaban la mano en señal de despedida. Mientras me acercaba a ellos trataba de adivinar cuál de tos dos sería Santos, si él más alto y de porte más distinguido, o el otro, de aspecto meridional e inalterable sonrisa. El primero se encaminó finalmente hacia la salida, ignorándome al pasar junto a mí, y Santos- el bajito, claro está- me invitó a entrar con un gesto cordial. A la vez que nos dábamos la mano, dijo refiriéndose al otro caballero: Supongo que lo ha reconocido. Yo, por supuesto, no sabía quién podía ser, pero el ritual de las cortesías iniciales y del conveniente acomodo en los sillones me eximió del deber de responder. La extrema obsequiosidad con que, ya sentados, me ofreció tabaco o martini resultaba en verdad reconfortante. Sea usted bienvenido a esta casa dijo con las mismas sinceridad y alegría que me demostró cuando, acto seguido, se congratuló de que hubiera aceptado su oferta. Me expuso brevemente la historia- feliz historia fueron sus palabras- y los objetivos del centro, y citó los nombres de algunos de los alumnos más ilustres que habían pasado por sus aulas, y que ahora estaban acaparando merecidamente los elogios del público y la crítica Yo, la verdad, de todos aquellos escritores eminentes formados por el H. C. I. sólo conocía a uno, Roberto Escolar, quien, según deduje del tono con que mi interlocutor lo mencionó, debía de ser precisamente el caballero que acababa de salir de aquel despacho sin molestarse en desperdiciar conmigo siquiera una mirada. Y, sin embargo, a pesar de que nunca en mi vida había oído citar a ninguno de los otros, asentí con un breve movimiento de cabeza, en Un gesto que entonces creí de buena educación, pero que ahora sé de sometimiento: sus ojos diminutos y las suaves facciones de su rostro transmitían una velada sensación de autoridad y firmeza. Justo después fue cuando me preguntó por Iribarren. Tardé un segundo en reaccionar y él, con inequívoca curiosidad, insistió: La semana pasada hablaron de él en televisión. Una gran personalidad, su hermano. Porque... ¿es su hermano? Comprendí al instante la clave del malentendido: se estaba refiriendo al académico Juan Iribarren, premio Nacional de Literatura y poderoso cacique del mundillo cultural madrileño. Era a él, caprichoso distribuidor de prebendas ministeriales, a quien calificaba en su carta de pronombre de las letras españolas y no, por supuesto, a mi querido y humilde hermano Andrés Iribarren. No sé si porque la confusión se me antojaba insignificante, e inútil su rectificación, o acaso porqueoscuramente intuí que el parentesco con ese señor era un detalle menos baladí de lo que parecía, lo cierto es que no vacilé en contestar una mentira: Mi primo. Una gran personalidad, como usted dice. Si mi respuesta pudo decepcionarlo, no recuerdo haberlo advertido en sus ademanes ni en el tono de su voz, el mismo tono afable con el que había iniciado la conversación y con el que ahora la proseguía. Loó de nuevo, pero ya con cierto laconismo, las virtudes de Juan Iribarren- a l que, según dijo, le gustaría conocer- y pasó a comentar el artículo mío que le había permitido contactar conmigo. A su juicio, lo más destacable de él era la referencia merecidamente encomiástica que había dedicado a la obra de Roberto Escolar, el excelente novelista al que ambos admirábamos. Sí, estoy seguro de que sus palabras me incluían también a mí entre sus entusiastas, y esto a pesar de que la alusión que yo había hecho a Escolar era más concisa y, desde luego, mucho menos encomiástica de lo que Santos recordaba. A decir verdad, mi artículo citaba a media docena de narradores con el único objeto de conferir mayor credibilidad a sus auténticos fines, de índole publicitaria: al lado de los elogios desmesurados que vertía sobre el último libro de Francisco Suárez Mazos, el más leal de los autores adeptos a la editorial, los que recibían Escolar y los otros escritores mencionados no eran sino una exigua limosna. Santos, sin embargo, no lo había entendido así, y con evidente satisfacción me felicitaba por lo que calificaba de atinado juicio Yo agradecía sus halagos y en mi fuero interno me preguntaba cuáles serian las condiciones de mi nuevo trabajo y las características precisas de los cursos que debería impartir. Cuando llegó el momento de tratar el tema, lo despachó con un par de observaciones vagas y generales, en todo caso estimulantes, y con con una frase que era en realidad una despedida: Mi secretaria le informará de todos los pormenores y preparará su contrato. v ¿s t Ignacio Martínez de Pisón nació en Zaragoza en 1960 y está considerado como uno de los jóvenes novelistas más capaces del panorama narrativo de hoy. Es autor del libro de relatos Aiguien te observa en secreto y de la novela La ternura del dragón ambos publicados por Anagrama. La próxima semana sale a la calle su tercera obra Antofagasta del mismo sello editorial, al que pertenece este capítulo