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VI ABC ABC 9 mayo- 1987 -Novela El diablo en el cuerpo Raymond Radiguet Edición de Lourdes Carriego Cátedra, S. A. Madrid, 1987 deja arrastrar por los desenfrenos. Los pone en evidencia y los encamina a su fin, componiendo una obca de arquitectura clásica. Con lo que la dinamita demoniaca no desperdicia, contra lo que pudiera parecer, ninguno de sus poderes devastadores. Él diablo en el cuerpo es una novela sutilmente implacable. Razón suficiente para que Cocteau, un soñador de purgatorios placenteros- desde el opio a los amores oscuros- se sintiera subyugado no sólo por el perturbador adolescente, sino por su exquisita perversidad literaria. Transparentando al retratarle tanto la anajenación erótica como la intelectual. Radiguet ajusta sus dos novelas a los cánones perfeccionados en el siglo XIX, con el añadido de los alumbramientos y aprendizajes proporcionados por Proust para la navegación psicológica. Una de las dianas de Lourdes Carriego en la Introducción a su nueva versión española de El diablo en el cuerpo radica en prescindir del fácil recurso a lo anecdótico, aunque se lo enmascare con vaga sociología de la literatura, acometiendo en clara síntesis del análisis estructural de la obra, con escuetas purrtualizaciones sobre la ordenación del texto. El cambio en las costumbres y las ostentaciones y habituales manifestaciones antibélicas, pueden desinteresar un tanto al lector actual, que persigue en El diablo en el cuerpo la pimienta del escándalo. Ni los amores de un adolescente con una recién casada, ni el presumible vejamen al honor de un soldado, movilizan ya los desdenes y la agresividad de un pueblo. El Radiguet transgresor puede haber pasado de moda, pero no, en cambio, el novelista eficaz rico en adivinaciones. Entrando en el juego de las comparaciones, El gran Meaulnes novela misteriosa y poética de Alain Fournier- otro niño prodigio arrebatado por la guerra cuando acababa de publicar su obra maestra, diez años anterior a la de Radiguet- es probable que perduren con mayor calado en la memoria literaria que El diablo en el cuerpo o El baile del conde de Orgel ¡El misterio poético suele renovar su frescura! Pero Radiguet fue no sólo un escritor, sino un personaje y un símbolo. Picasso dibuja su cabeza como adelantando las claridades de su clasicismo, construido en torno á tos descubrimientos e intuiciones acerca de los recovecos y perversidades del amor adolescente. Es casi seguro que Radiguet nunca hubiera cuajado, de seguir viviendo, en el genio que lloraron los amigos. Lo que sí evidenció fue la realidad espiritual y testimonial del título y los materiales de su novela. Es posible que, de manera rigurosamente biográfica, Radiguet no albergara el diablo en el cuerpo pero lo indudable es que trató de pactar con el rey de las tinieblas en varias ocasiones. José María ALFARO Radiguet encarnó en el centro de los años locos del París agitado por los hervores de las vanguardias estéticas, al niño prodigio con que las letras francesas suelen obsequiar, con medidas intermitencias, a los grupos escogidos y ávidos de p e r i p e c i a s intelectuales. Antes que Radiguet desempeñaron, entre otros, esa maravillosa función, poetas tan representativos como Lautreamont, aristocrático sobrenombre con que empenachara Los cantos de Maldoror el misterioso Isidoro Du- R a y m o n d Radiguet casse, nacido en Montevideo y desaparecido a los veinticuatro años entre los vendavales sangrientos de la Comuna parisiense; o el iluminado Rimbaud- e l de Una temporada en el infierno y la dramática pasión de Verlaine- fugitivo de la poesía por todos los puertos del mar Rojo Después de Radiguet y el existencialismo, los acreditados montajes de la empresa cultural francesa, cuidadosas ensambladuras del negocio editorial y la promoción de las glorias galas, intentaron una operación de alta escuela. Sobre el oleaje de lo movimientos feministas, en aparente concordia con las agitaciones pro liberación de la mujer una estudiante de diecinueve años, Francois Sagan, eleva a planetario best- seller su novela Bonjour, tristesse El acontecimiento rodaba con los vientos a favor. Pero la inquieta muchacha- a quien Dios conceda larga vida- tuvo dos malas ocurrencias: no imitar a la encantadora María Basttcirseff, abandonando prematuramente Ja existencia, y seguir escribiendo. Con lo que la confiada Sagan arruinó la estatua aceleradamente erigida a la genial adolescente, nacida para certificar, hasta en esa vertiente, la igualdad de los sexos. Raymond Radiguet, en cambio, cumplió sin errores ni desvíos con todas las formalidades. Empieza escribiendo versos. Sensible al despliegue vanguardista en el arranque, pronto se instala en sus gustos tradicionales: Charles d Orleans, Ronsard, Du Bellay... Tradicionalismo en el que persistirá, con los naturales influjos de la época, al escribir sus dos sorprendentes novelas, descendientes reconocidas de La princesa de Cléves la creación ejemplar de madame de La Fayette. El diablo en el cuerpo posee la imantación de una instintiva sabiduría. Ingrediente capital de eso que denominamos inspiración más allá de las propuestas románticas. Radiguet, muerto de tifus a los veinte años, se mueve en sus ralatos con agilidad diabólica. La correspondiente al propósito de describir la rebelión satánica que bulle en el adolescente. Pero Radiguet, como novelista, no se Montecarlo Stephen Sheppard Editorial Planeta Colección Fábula. 316 páginas El piloto de la RAF Danny Morgan, que acaba de escaparse en la Costa Azul de un presidio custodiado por tropas italianas, consigue introducirse en el casino de Montecarlo, en la Salle Privée de Bacará. Allí es descubierto por la Gestapo después de ganar una fortuna en el juego. Espectacular huida y persecución. Es ayudado el piloto en la escapada hasta el mar por el protagonista de la novela, Harry Pilikian. Incomprensiblemente final. Año de 1 9 4 1 La segunda guerra mundial. Montecarlo: paraíso para algunos. Ocupación por alemanes de Hitrer e italianos de Mussolini. Estos, más benignos; aquéllos, muy tenebrosos en la venganza, en la represalia. No hemos relatado anteriormente el argumento de la narración. Mi mucho menos. Sólo rata de una escena aislada, minúscula, dentro de las innumerables que forman parte de tan inquietante novela, sorprendente en ocasiones, decorativamente documental a veces. Existe fantasía y se exponen hechos increíbles con una fuerza narrativa arrolladura. Y también el paisaje- preciosos lugares entristecidos por la lucha- cuenta en el libro que considerablemente desciende en el aspecto amoroso. Se descubren y describen a lo vivo en la obra de Stephen Sheppard, escritor británico de deslumbrante imaginación, intimidades incompatibles con el sentido de esta arriesgada obra. Se exterioriza, al respecto, una especial y agresiva desvergüenza. El libro, sin duda y sin el menor sectarismo, aquí literariamente desciende. Como en algunas grotescas expresiones. El contacto de sus dedos fue como una descarga eléctrica. Es muy atractiva la visión de Austria en Navidad con algún comentario de inquietante categoría. Pero el fundamento de libro es Montecarlo. Todo un mundo en el Principado que no, únicmanete, baila, bebe y juega, sino que también se introduce de lleno por las rendijas del odio ideológico. Se llega- fantasía o historia a un lado- a la descripción de momentos espeluznantes en esta intrigante, persistentemente intrigante, novela de espionaje y acción, de lujo y de abundante sangre. Misterio, materialidad y habilidad expositiva. Se ve, en ocasiones, el color de las cosas, se percibe el aroma de las personas, se adivinan pensamientos escondidos que, más tarde, salen a la superficie. El escritor es dueño de los personajes que crea, algunos tormentosos; otros, relampagueantes de frivola voracidad, glotones de la existencia cara, del placer. En el ambiente flota una tensión de dolor y gozo que contrasta con las leves horas de serenidad de las pocas almas tranquilas del relato; situaciones que el escritor analiza magistralmente. La técnica utilizada en la narración es desigual. Detalles conseguidos y detalles helados, sin trascendencia argumental alguna; es decir, la atípica canción de la ambigüedad. José Luis MARTIN ABRIL