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9 mayo- 1987 ABC ÍITcrar lo ABC V ñanza de los maestros capaces de transmitir su saber como un fluido eléctrico Será en el contacto con el culto 583 pesetas de los muertos donde surgirá la salvación. En este punto de la novela aparece- ¿soñado? ¿imaginado? un misterioso personaje, designado con nombre de resonancias bíblicas, Phares, que no es el genio de la lámpara de Aladino. Esta figura de Las mil y una noche? es, para el KÚtor, la del auténtico poderoso en tanto que ingenuo según anota Conesa; pero Baroh sólo se parece a ella en su nihilismo erótico Aladino no tocó a la princesa Budür cuando yació a su lado. Sólo se le parece. En eso y en que la salvación va a llegarle de modo inesperado y gratuito. A diferencia de Aladino, su existencia ha estado dominada por el sufrimiento, que lo ha purificado. Aunque el significado preciso de Phares permanece hermético- y no es nuevo personaje en la obra jüngeriana- sus implicaciones trascendentes o sobrenaturales parecen claras. Es posible que este cierre resulte insatisfactorio para lectcx s que no compartan tales creencias. Pero el mundo de Jünger es así; los escritores son como son y no como quisiéramos que fuesen. Mi objeción reside en que aquí el relato pierde sustancia, encarnadura, se vuelve demasiado abstracto. El protagonista cambia súbitamente, comienza a sentirse feliz sin que el texto mismo ofrezca las necesarias justificaciones. Este tipo de elevaciones doctrinales en una novela- sobre todo cuando no ha sido concebida en el plano doctrinal desde el principio- es cada día menos convincente, aunque a algunos seguidores reaccionarios de Jünger se les antoje ejemplar. Un ángel puede ser un personaje novelesco; lo que no puede ser es una abstracción en la que haya de creerse porque el novelista así lo diga: deberá mostrarlo para hecerlo verosímil. La demiurgia literaria sí tiene estos límites. Es un problema estético, no ideológico. ¿Quién le reprochará a García Márquez que en Cien años de soledad Remedios la bella suba al Cielo? Ni los agnósticos, y quizá menos que los creyentes, serían capaces de hacerlo. Por eso, en última instancia el cortocircuito ideológico carece de interés: lo que es estéticamente válido consigue la adhesión del lector más allá de los sistemas de valores. Hechas estas salvedades, hay que señalar las calidades de El problema de Aladino, novela escrita con enorme sabiduría narrativa, sostenida por una gran cultura, abundante en pasajes felices y veteada por una ironía de maestro que la hace particularmente grata. El prólogo de Conesa contiene buena información y sitúa adecuadamente toda la producción de Jünger. Quizás hay un exceso de descriptivismo, pero en conjunto cumple adecuadamente su función. En medio del mare mágnum bibliográfico en que vivimos, dejar constancia de una nueva edición del eminente escritor alemán resulta confortador. Eso de que los ecos suenen más que las voces es característico de este momento cultural, y seguramente no sólo del español. En la medida de lo posible hay que procurar, si no invertir, al menos atenuar este estado de cosas. Miguel GARCÍA- POSADA HOMAS Mann lo acusó de haber c o m i d o en la misma mesa que los Ernst Jünger criminales nazis; Sartre Edición de Juan Conesa. Cátedra. Madrid, 1987. 183 páginas, decía que lo odiaba por aristócrata, no por alemán. Unos han visto en él al metafísico de la guerra y precursor vertebra momentos deliciosos: así la estancia espiritual del hitlerismo; otros lo han exaltado del protagonista en el Ejército Popular. De las como el fundador de un humanismo nuevo. realidades sociales, dice Jünger, el individuo De lo que nadie duda ya a estas alturas es tiene poco que esperar. Sólo hay dos posibilide que Ernst Jünger es un gran escritor, una dades para él si es inteligente: o hacer el de las figuras imprescindibles de la literatura hatillo o ascender a la clase rectora Baroh alemana de este siglo. Y que en su ancianidad prodigiosa- cuenta ahora ya noventa y dos años- ha publicado varias novelas en los últimos diez años, además de ensayos y volúmenes de su diario. El título que ahora ve la luz en castellano data de 1983. Con su edición prosigue la buena fortuna reciente de Jünger entre nosotros. Sólo en 1985 se publicaron tres obras suyas, y fundamentales: Abejas de cristal, Un encuentro peligroso y El reloj de arena. En el 81 se había editado Heliópolis, tal vez su mejor novela. El problema de Aladino es un excelente relato, que tiene todas las características usuales del escritor: densidad conceptual, siste a muy rico de referencias culturales, escritura tersa y de notable economía en estilo y construcción. La carga de pensamiento que alberga ha llevado a la crítica a considerarlo un ensayo bajo forma de novela. No debe olvidarse en ningún caso que se trata de un texto narrativo, en el que los temas y elementos de la cosmovisión del escritor se hallan articulados según pautas estructurales muy precisas. Jünger no superpone los materiales discursivos sobre la andadura específica de la obra; se engendran en su propio desarrollo. Y digo esto al margen ahora de algunas salvedades de envergadura a que me referiré más adelante. El eje argumental gira en tomo a la peripecia existencial de Friedrich Baroh, un silesiano de treinta y siete años, enfermo de nihilismo. O de soledad profunda, ontológica, lo que viene a ser lo mismo: El problema es indivisible- dice el protagonista- el hombre está. solo. La sociedad puede ayudarlo, pero no salvarlo. El relato es la historia del reconocimiento que de su propia coyuntura aborda el personaje. El individuo puede proporcionarse consuelo reconociendo su situación. Y es la historia también de toda su peripecia vital y de las posibilidades de salvación que finalmente se le abren. Ese autorreconocimiento se expresa en una de las grandes imágenes arquetípicas jüngerianas, de tan larga descendencia: la del bosque, el lugar de la sabiduría y aquí metáfora de la introspección liberadora. En primera persona, Baroh relata su aventura, que en algunos aspectos puede ser la de un alemán nacido en el período de entreguerras, aunque en el personaje, como siempre ocurre en Jünger, se perciben rasgos autobiográficos, según anota el preparador de esta edición española, Juan Conesa. Es la de Baroh la vida de un hombre corriente de familia noble, y que se califica a sí mismo de conservador por nacimiento e inclinación, pero ante todo por comodidad Esta perspectiva conservadora es decisiva para entender el desarrollo y sentido de la obra. En ella se integra también el uso de la ironía, que T EL PROBLEMA DE ALADINO accederá a ésta mediante su participación en la empresa funeraria de unos familiares, que de la noche a la mañana se convierte en un fabuloso negocio, con la construcción de una necrópolis universal en Capadocia. Todo este episodio, central en la novela, es encantador por la cultura ae Jünger y la utilización de la ironía. Valga la descripción de las visitas que el protagonista, convertido en gerente de la funeraria, efectúa a las casas mortuorias para acordar las condiciones de los entierros. Pero el episodio posee otro alcance más profundo: según el narrador, que concuerda con las observaciones del autor en su diario, el culto de las necrópolis y de los muertos es el fundamento mismo de la cultura. Y, como apunta el editor, por aquí resulta posible la salida del protagonista de su crisis: una salida metafísica, que es un componente clásico, por lo demás, del pensamiento conservador. Pero en los suntuosos enterramientos cabe observar otro simbolismo: el rechazo de la civilización técnica, elemento éste que sólo en los últimos años ha sido incorporado a su ideología por la izquierda. Hasta desembocar en esa salida, el protagonista fracasa en otras tentativas: primera, ante la mujer, aunque por la vía de la amistad encuentra cierto apoyo- los personajes de los amigos, Jagello y Sigi, aunque trazados brevemente, son impecables- después, en eJ conocimiento intelectual, que le resulta estéril debido a la ausencia de lo que Baroh llama el eros pedagógico esto es, la ense-