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9 mayo- 1987 H, las mujeres en la vida de Rainer María Rilke! Algo más, mucho más que los fantasmas de mi corazón rubenianos. Lou Andreas Salomé, Clara Westhoff, la princesa von Thurn und Taxis, Baladine Klossowska (la Merline de estas cartas) Se habla de diez volúmenes de correspondencia, y en todos ellos esa enorme dedicación de Rilke a sus idilios, a sus amistades femeninas, a esos entusiasmos, donde el amor sigue el fatal camino de seguir y servir a su propia atormentada personalidad. La historia de estas mujeres es el fondo donde va a nacer- decimos sólo a nacer- el gran milagro de su más grande poesía. Sin ellas no hubiera existido Rilke, pero con ellas y en ellas solamente no se comprendería el enorme suceso rilkiano y lo que representa en la poesía su fuerza de atracción. Se ha dicho que con Rilke nace cada día un problema de naturaleza universalmente trascendida: Rilke y Dios, Rilke y Cristo, Rilke y el ángel, Rilke y la anémona, Rilke y la rosa... ¿Y Rilke y la mujer? No basta el simplismo de recurrir a un hombre enamorador y enamoradizo, ni a un instrumento para determinadas mujeres que se convertía al final en dueño inconsciente de cada amor, de cada misterio provocado. Cuando la esposa de su editor le vio, por primera vez, su mirada- confesó ella- -se detuvo bruscamente con una suerte de espanto asombrado... ¿Qué había ante ella? Un rostro hasta tal punto sobrecargado de sentimiento y como bendito por un apostolado, aparte del tal humildad que la dejó sin aliento... No se puede caminar con ese ser al lado, como no se puede dejar de acompañarle, hasta que algo disponga la determinante separación, la casi angélica ruptura, que provoca una y otra vez la celeste o demoniaca soledad. El lo ha escrito: El amor es un acrecentamiento de soledad y no hay matrimonio feliz sino aquel en que cada uno convierte al otro en guardián de su propia soledad. Y también en estas mismas cartas, que hoy leemos: Oh, procura comprenderlo, procura sentir una y otra vez que cuando uno sufre es también felicidad lo que sufre... Todo esto es difícil comprenderlo estando enfrente, como le pide a Merline, que en tan poco tiempo se siente arrebatada hacia algo que va más allá del amor, y eso es ya la misma renuncia. Escribe Rilke estas cartas a los cuarenta y cuatro años. Entre 1919 y 1922. Son años decisivos en la vida y en la obra del poeta; su libro capital, Las elegías de Duino, se termina en 1922. Es la culminación de una obra en la que Rilke había comprometido definitivamente la órbita de su existencia. Merline, la pintora rusa, había tenido la fortuna- -de brillar en ese tiempo estelar. Pero asistía, de nuevo, a una forma de soledad. En la carta XIX, y en uña frase desgarrada y patética, por la que más tarde pediría cortésmente perdón, le grita, porque es un grito esta línea que escribe a su corresponsal: Pero, por favor, ¡no me hable nunca de las Elegías Estoy muy lejos de esa tarea suprema. Y es que, indudablemente, Rilke, que le ha hablado a Merline de su gran obra, ha dicho cuanto ha querido, pero ni una palabra más. No puede decir nada más de ese trabajo ABC ÜTÍVSiVlQ ABC III lejos de lo que se pueda recibir de ella. Sólo en ocasiones corren parejas estas dos formas de fe. Así, en la carta X se leen estas líneas que concilian lo tan alejado habitualmente: ¿No constituye acaso el Amor, junto con el arte, la única licencia posible para superar las condiciones humanas, para ser más grandes y generosos de lo habitual, e incluso más tristes cuando no queda otro remedio? Seámoslo con heroísmo, mi dulce amiga, no renunciemos a ninguna de las ventajas que apareja nuestra condición de seres animados. Pero el poeta salva su altísimo compromiso de superación arrastrando sin piedad- a l menos sin piedad demasiado humana- a quien le acompaña. Habría que decir que el sacrificio merece la pena, y repetir que también cuando uno sufre es también felicidad lo que sufre Pero acaso fuera del poeta no es soportable ese privilegio de que Amiel hablaba. ¡Merline, estoy salvado! grita exultante. Pero Merline, como toda mujer, querría que esto fuera por ella. Y no es así. La paz del poeta, su salvación, es el silencio en el viento. Y, dentro de ese silencio, la culminación virtual de las Elegías, aún no terminadas. Muzot, como otros tantos lugares; Merline, como otras tantas mujeres, son totalidades que se complementan y tiene que perdonárseme la expresión. Su aprendizaje- palabra que ya hemos leído en otros poetas- es a la vez este ensayo de maestría. Rilke dice que los lugares son mejores cuando él los ha vivido- n o hay vanidad en este aserto- y él sabe también que proyecta una educación- sentimental sobre las personas que acepta, o que admira, o que ama, proceso que se produce indefectiblemente. En pocos de los libros del poeta- y no olvidemos los inefables Cuadernos de Maltese puede aspirar- respirar- como ocurre dentro de estas páginas. Sus víctimas -y bien podemos llamarlas así- es ahora cuando podrían cobrar conciencia de la parte que han tenido en esa obra, que para el mismo poeta era más importante que el hombre mis mo, y que la dormición de su tiempo- y no quiero ser irreverente con el término- Dice en una de las cartas: La aprensión de la despedida estaba presente, excepto durante aquellos momentos que pasamos al balcón uno junto a otro; aquellos sí que fueron buenos, largos y como a salvo de la amenaza del tiempo. Hemos leído uno de los libros más hermosos que nos ha sido dado conocer en los últimos años. Merline es eso que da a veces la literatura: un nombre inmortal, una memoria duradera para nuestro esperanzado corazón. (Como curiosidad, una nota marginal para poetas y para lectores de poesía. Le dice a Merline en su carta XXVI: No se meta nunca con la rima. Es una gran diosa, divinidad de coincidencias muy secretas y antiguas, y nunca podemos dejar que se apague el fuego ante sus altares. Es muy caprichosa, ni se la puede prever ni se la puede llamar, llega con la felicidad, con las manos llenas de una realización plenamente en flor. José GARCÍA NIETO de la Real Academia Española ¡A El libro de la semana RAINER MARÍA RILKE Alianza Editorial. Madrid, 1987 CARTAS FRANCESAS A MERLINE -que no quiere llamarlo así- porque es superior y hasta ajeno a todo esfuerzo, y, sin embargo, en él le va la vida. Más la vida que el amor, más la obra en marcha que él mismo, en trance de estar poseído por una sensibilidad que ya nadie puede comprender. Y dirá: No me juzgue mal, querida, si al exponerle estas cosas no le oculto un ápice de mi sensibilidad, tal vez excesiva y tai vez algo pedante, lo cual es peor... hace falta tal derroche de audacia dentro del arte mismo, que muchas veces fuera de él se muestra el artista como un grotesco pusilánime... Creemos ver en esta correspondencia- cuidadosamente elegida, y excelentemente traducida por Carmen Martín Gaite- un ciclo a la vez misterioso y evidente. Merline es fatalmente el apoyo amoroso que Rilke necesita para hacer su gran obra. Pero ésas elegías exceden todo impulso amoroso, todo motivo concreto, toda posibilidad de pureza en un idilio que al fin y al cabo tiene un sustrato terrenal y humano. Rilke se enamora de Merline en poquísimo tiempo, y ese amor crece meteóricamente, lúcidamente también. Pero todo amante es un ser enajenado, y Rilke, como nuestro sublime loco novelesco dice en un momento de suprema claridad, en el que se sabe y se conoce: Yo soy yo; yo sé quién soy, Más que el enamorado, que el inefable dueño de una palabra que le exprese, se sabe esa palabra misma, esa que no está dicha todavía. Esto no es obstáculo para que un hombre le haya dicho a una mujer, a alguien que existe realmente algunas de las palabras de amor- palabras entre criaturas mortalesmás hermosas que nunca se hayan pronunciado o escrito. ¡Cuídate, cuídate- l e dice a su amada en un momento de exaltación y de egoísmo sublime- quiérete para mf. No; no es menos amante el poeta, aún con el riesgo de que el amor a la poesía esté más allá de lo que se le pueda dar a toda criatura o más