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Gregorio Marañen Moya saluda al ministro de Cultura, Javier Solana, en presencia de Pedro Laín Entralgo. A la derecha, el ex director de la Real Academia Dámaso Alonso conversa con Alonso Zamora Vicente y Charles David Ley. Abajo, Elena Quiroga, Dalmiro de la Válgoma y Carmen Conde. En el centro, el ex ministro Raimundo Fernández- Cuesta. A la derecha, el marqués de Santo Floro El Rey: Maranón vivió comprometido con los mismos valores que son necesarios en todo tiempo: la libertad, el sentido trascendente de la vida, el amor a la patria propia y la vocación intelectual como servicio Negada de los Soberanos. Miembros de las distintas Academias acudían sin cesar: desde los médicos José Botella Llusiá o Francisco Vega Díaz hasta Luis Bru o Manuel Lora Tamayo. Con bastón y ánimo desenvuelto, Raimundo FernándezCuesta. Pepe García Nieto y su esposa conversan con Carmen Marañón. En el amplio recibidor que da a la calle de Felipe IV se había colocado, sobre un caballete cubierto de terciopelo rojo y artísticamente iluminado, una fotografía bellísima de Gyenes. Recoge uno dé aquellos almuerzos inolvidables que se hacían en la Academia. Se ve a Marañón, a Fernández Flórez, a Eijo y Garay y, de espaldas, a Menéndez Pidal escuchando todos, atentamente, a un poeta que recita. Ese poeta es José María Pemán. La escalera de mármol, en cuyo descansillo observa curioso don Francisco de Quevedo, está intransitable. médicos, catedráticos, escritores... Allí Carmen Conde, y evocamos a Dulce María Loynaz, la inalterable poetisa cubana, tan valiente, y Gonzalo Torrente Ballester y Carmen Castro de Zubiri. Antonio Garrigues y Díaz- Cañabate habla de Marañón con Pedro Laín y ahora llegan los condes de Motrico. Recuerda María Luisa Luca de Tena cuando ella fue alumna en 116 ABC Salamanca de Fernando Lázaro Carreter y José María Alfaro, Juan Antonio Cánovas del Castillo y Pedro Crespo de Lara consiguen sentarse juntos en unas de las últimas filas del salón de actos, repleto ya. Y eso que queda más de media hora para que empiece la sesión. La presencia de Miguel Delibes es cariñosamente comentada: no se prodiga el académico vallisoletano. Prefiere la soledad sonora de sus campos de Castilla. Guadalupe Ferchén arriba ahora con Ana Lámelas. Y Laureano López Rodó pasea por el saloncito de los ficheros, caviloso y serio. Josechu IsasiYsasmendi llega con su mujer Cristina Pemán y Dámaso Alonso, después de mucho tiempo sin salir de casa, ha aparecido por la Academia. ¡Qué sonrisa la suya cuando la Reina, luego, lo saludara cariñosa! Y el poeta Luis López Anglada recordando con Charles David Ley a aquel gran escritor militar que fue Diez- Alegría. En la última fila han encontrado acomodo los marqueses de Santo Floro. El estrado se ha llenado de académicos y han de disponer una fila de asientos libres para los hijos de don Gregorio. Allí, en el estrado, veo a Dalmiro de la Válgoma, escoltado por su mujer, la académica Elena Quiroga y por Carmen Conde. Y a Julián Marías con Joaquín Calvo- Sotelo. María Fouz y Luis Rosales acaban de llegar de Huelva, donde Luis ha inaugurado con una lectura de su obra un Congreso Iberoamericano de Cultura. Fina de Calderón ha cogido buen sitio. Igual que Soledad Ortega o la condesa de Yebes. No así los embajadores británicos, señores de Gordon Lennox, que han de contentarse con uno de los ultimes asientos. Ana María y Bartolomé de Sagrera han conseguido pasillo. El revuelo es grande. Se abren las puertas del estrado superior para que el público que abarrota la sala pueda ocupar los miradores. Y hacia allá se encaminan Isabel y Antonio Mingóte. Alguien le dice a Antonio que puede pasar al de académicos que él es electo, pero Antonio, tan tímido siempre, declina. Allá se va también el novelista José María Merino. En la presidencia han colocado seis banderas nacionales que escoltan los retratos de Felipe V y de Cervantes y el pendón real. Carlos Bousoño llega con su mujer, Ruth. Tienen ya dos niños. Carmen Castro se sitúa entre el doctor Zumel y Antonio Garrigues. Y Lili Alvarez, la inolvidable tenista, nos dice que no quería perderse por nada del mundo este acto. Veo ahora al director del Museo del Prado, Miguel Ángel Pérez Sánchez; a Mercedes de Entrecanales, a Rosita Moya, al almirante García Frías, a la marquesa de Santa Cruz, a la señora Gil de Biedma de Aguirre, a los marqueses de Goubea y de Vellisca, a Ramón Bertrán de Lis y al jovencísimo José Luis Lacasa Marañón. El estrado está al completo: llegan Ángel Martín Municio y Lapesa, Luis Diez del Corral, Carlos Ollero y Alonso Zamora Vicente. Y Miguel Ortega Spottorno y Eduardo Pérez de Ayala con su mujer Conchita. Y el alcalde de Madrid. Eran las once y cuarto. Por la claraboya del salón de sesiones entraba un sol radiante. Se hizo el silencio. A poco, aparecieron los Reyes. Todo el público, puesto en pie, tributó una salva de aplausos a los Soberanos. Inmediatamente se formó la presidencia. Junto a los Reyes se colocaron los ministros de Cultura y Educación y el director de la Academia. Abre el Rey la sesión y se da lectura a la orden de creación de la Comisión Organizadora del primer centenario del nacimiento de don Gregorio Marañón. Luego, Pedro Laín Entralgo, director de la Real Academia, pronuncia un largo, emocionado y bellísimo discurso de exaltación de la figura de don Gregorio. Laín analizó detenidamente, VIERNES 8- 5- 87