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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 8 DE MAYO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA CABA de aparecer un libro de tanta belleza como interés histórico. Se titula Ciudades del Siglo de Oro, y su subtítulo es: Las Vistas Españolas de Antón Van den Wyngaerde ¿De qué SB trata? Felipe II, cuyo interés por el arte fue extraordinario, pero no ha sido adecuadamente conocido, sino más bien ocultado, encargó al pintor flamenco Antón Van den Wyngaerde, probablemente de Amberes, a quien los españoles llamaron Antonio de las Viñas o Antonio de Bruselas, una larga serie de vistas de ciudades españolas, que realizó en el sexto decenio del siglo XVI, en varios recorridos que terminaron en 1570, un año antes de Lepanto. Estas pinturas, que Felipe II pensaba publicar, nunca alcanzaron ese destino y andan repartidas por diversos archivos y museos europeos. Ahora, al cabo de cuatro siglos cumplidos, han sido editadas. ABC tán desproporcionados respecto al resto del dibujo. Van den Wyngaerde, en cambio, era ante todo un topógrafo y su interés era dejar constancia, lo más fielmente posible, de lo que veía. Su correspondiente atención al detalle nos brinda una reconstrucción visual de numerosos monumentos particulares que han sido destruidos o bien se han conservado en una condición radicalmente alterada. REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID A LAS CIUDADES DE ANTONIO DE LAS VIÑAS Admirablemente y en todos sentidos. Las reproducciones son de extraña perfección, con una finura que descubre la calidad del pintor; están acompañadas de estudios eruditos y rigurosos, de Richard L. Kagan, Jonathan Brown, Egbert HaverkampBegemann y Fernando Marías, que exploran la figura de Felipe II como coleccionista y mecenas, su interés por la geografía, la personalidad y las obras de Antón Van den Wyngaerde, las ciudades del Siglo de Oro y el urbanismo renacentista, los diversos itinerarios del pintor y el detalle de cada una de las ciudades retratadas y las características de cada retrato. Ha publicado este libro Ediciones El Viso (que hace algún tiempo dio una espléndida colección de fotografías de Castillos de España, con larga e interesantísima introducción de Femando Chueca) Antonio de las Viñas escribió una vez: Entre todos los gozos que el deleitable e ingenioso arte de la pintura puede ofrecer, no hay otro que yo estime tanto como el de la representación de lugares. Era, en efecto, un retratista de ciudades y se tiene la impresión de que al hacerlo experimentaba un placer que nosotros ahora podemos compartir al contemplar sus retratos. A veces hacía dibujos rápidos y no muy detallados, apuntes que sin duda le servían para llevar a cabo después el retrato formal de la ciudad, una verdadera construcción llena de asombroso detalle, pero que nunca pierde su carácter de cuadro, su sentido de la belleza. Por los mismos años que Antón Van den Wyngaerde anduvo por España Joris Hoefnagel, también de Amberes, y cuyas vistas aparecieron en 1572 en el libro Civitates Orbis Terrarum. Richard L. Kagan los compara así: Los objetivos y métodos de los dos flamencos eran similares; ambos pretendían retratar del natural las ciudades españolas, pero los resultados difieren considerablemente. Hoefnagel era ante todo un escenógrafo y trataba sus vistas urbanas como composiciones paisajísticas, subordinando generalmente los detalles al conjunto e insertando a menudo en los primeros planos incidentes ilustradores de las costumbres y trajes locales que a menudo es- Esto es lo que da excepcional valor documental a estas vistas; pero son a la vez artísticas y se preocupan de retener la belleza de las ciudades. Si recordamos la insuficiente pero interesante y fecunda teoría de los valores, tan promisora desde hace unos setenta años, tan abandonada después, diríamos que la belleza es un valor que se encarna en diversas realidades o bienes una cualidad irreal que se añade a lo que es, por ejemplo, lienzo, madera, papel, pintura, colores, formas, pero que no menos efectiva, aunque le corresponda otro tipo de realidad que la de las cosas. El que percibe un valor lo estima; la belleza, en este caso, se impone al que la contempla, como algo objetivo aunque no se reduzca a cosa alguna. El artista, por serlo, percibe esa belleza y la conserva o recrea. Las vistas de Antonio de las Viñas trasladan la belleza real de las ciudades españolas del Renacimiento, la salva para los que no hemos podido verlas ni vivir en ellas. Siempre me ha asombrado la casi constante belleza de edificios y conjuntos urbanos de casi toda la Historia, hasta que empieza a decaer a mediados del siglo XIX y entra en gravísima crisis en el nuestro. Creo que la explicación de este hecho, nada fácil, es uno de los grandes problemas que tiene planteados la historia del arte, y sobre todo, la de la arquitectura, tan ligada al urbanismo. Sin salir de España, Fernando Chueca ha dado pasos decisivos en esa dirección, y en el volumen que comento se encuentran esfuerzos muy valiosos para enfrentarse con la cuestión; pero la mayor dificultad reside en que hay que ir más allá de la arquitectura y el propio urbanismo, hasta las formas de la vida EDICIOIST INTERNACIONAL Un medio publicitario único para transmisión de mensajes comerciales a ciento sesenta naciones histórica, tan problemáticas, tan elusivas si no se las mira con una óptica adecuada, rara vez usada por los historiadores; si no se las interpreta desde el proyecto de vida colectiva en que consiste una sociedad en una época determinada. Esto es lo que particularmente me interesa, lo que da este libro con amplitud e intensidad desusadas. Sesenta y dos ciudades y pueblos españoles quedan conservados, v i v o s a n t e n u e s t r o s o j o s con irradiación de belleza que descubre un estilo de vida, nos permite adivinar el sentido del verbo vivir en tiempo de Felipe II y de El Greco, de Santa Teresa y el Cervantes joven- e l pintor murió en Madrid el mismo año de Lepanto, en 1571. Algunas de las vistas son de especial atractivo, de belleza superior. Me conmueve la de Alcalá de Henares, la misma en que Cervantes nació y vivió sus primeros años. Me atraen también fuertemente Madrid, Toledo, Segovia, Zaragoza, Lérida, Barcelona, Murviedro (Sagunto) Valencia, Cuenca, Córdoba, Jerez, Granada, Antequera, Guadalupe, Avila, Salamanca... No está tan lograda Sevilla; faltan la costa Norte y el Noroeste. Le faltó tiempo a Antonio de las Viñas para completar el retrato urbano de España. Este libro, tan deleitoso de mirar, permite comprender mejor lo que fue España en el siglo XVI. Y lo primero que se ve es que fue más y mejor de lo que suele creerse. Las ciudades españolas eran tan bellas como las de los países más hermosos de Europa; tienen tanta dignidad, compostura, prestancia, como las más ilustres. Respondían, en suma, a lo que España era en uno de sus momentos más altos y creadores, aquel en que se levantaba el Escorial, con todo lo que Ijeva dentro. Ahora se insiste en la pobreza, la miseria, la picaresca- y la picardía- que existían también. ¿Y dónde no? ¿Y cuándo no? Esa imagen que circula de la España del Siglo de Oro, como si fuera plomo sobredorado, responde al ilimitado desconocimiento de lo que era entonces el resto de Europa, y a una considerable ignorancia de la realidad española en su conjunto. Las limitaciones y los vicios acechan a toda forma de realidad histórica, pero no deben ocultar el resto- que a veces, paradójicamente, es la mayor parte- ¿Cuándo se tiene en cuenta y se mide lo que fue la inverosímil eficacia de España desde un siglo antes de que Antonio de las Viñas pintara sus ciudades? Si se mide lo que los españoles hicieron hasta entonces- -y todavía siguieron haciendo durante mucho tiempo- si se compara con el rendimiento de cualquier otro país, hay que revisar las ideas recibidas; lo vengo haciendo hace mucho tiempo. Y hay que hacer constar la modestia arquitectónica y urbana de España en el Siglo de Oro. Quiero decir que las ciudades de Italia, Flandes o Francia reflejan más que lo que eran los países, mientras que en España, sin duda, sucede lo contrario. Si alguien hubiera pintado lo que latía debajo de estas vistas del flamenco, tendríamos que maravillarnos todavía más. Julián MARÍAS de la Real Academia Española